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Estamos hablando, no de rescatar, sino de devolverle a la vida su derecho al espacio y, a nosotros, el derecho de habitarlo.

TOWARD A MINOR ARCHITECTURE. Jill Stoner. Cambridge: The MIT Press (2012).

TOWARD A MINOR ARCHITECTURE. Jill Stoner. Cambridge: The MIT Press (2012).

por Lilliana Ramos Collado

Como hubiera dicho Rubén Darío de haber leído El castillo, “¿quién es que no es kafkiano?” Y debo decir que el obstáculo mayor  para mantener al autor de La metamorfosis dentro del canon literario ha sido lo “menor” que luce su escritura: su esfuerzo por escatimar la trama y los recursos literarios, la ausencia de heroísmo, las escasez de situaciones flamantes, la falta de bravura, sus finales anticlimáticos y, en general, su prosa irremediablemente desinflada. ¿Por qué, pues, aún somos fervorosos lectores de Kafka?

La respuesta está, quizás, en la búsqueda de personajes y de tramas similares a nuestras vidas grises. Estamos a punto de ser lo que Robert Musil llamó “el hombre sin atributos” cuyo papel social siempre está vacante, disponible para ser ocupado por cualquiera. Hay un pesimismo entre nosotros que nos acorta la visión, que desata nuestro egoísmo. Vivimos vidas “menores” pero no todos sabemos lo que sabía Kafka: convertir “lo menor” en gran literatura.

¿Y qué es una literatura “menor”? En su famoso Kafka: Hacia una literatura menor (publicado originalmente en 1975), Gilles Deleuze y Felix Guattari la definen como literatura escrita en una “lengua mayor” —incluso en la lengua del colonizador— desde una posición minoritaria o marginal que tiene el efecto de apropiarse de esa lengua para sus propios fines. La lengua mayor queda “desterritorializada”, se le roba su espacio. Es “menor” también porque todo en ella está predicado en lo social y es, por lo tanto, “política”. Además, es una literatura “colectiva” y, sobre todo, activamente solidaria. Se escribe desde los márgenes para expresar que “otra” comunidad es posible.

Es desarrollando las consecuencias de esta “minoridad” que Jill Stoner propone una “arquitectura menor” que oscurece la figura del arquitecto, replantea la función y la materialidad del edificio, y recodifica los espacios vacíos, subvirtiendo así los grandes mitos de la arquitectura: solidez, permanencia, carácter patrimonial innato y su atávica relación con el poder. La “arquitectura menor” tendería a desmaterializar el mundo construido, a dirigirse —mediante una estética de la substracción— a la vida, y no a las cosas.

La “arquitectura menor” elimina el exceso aplicando “mecanismos substractivos” para desmantelar  los objetos culturales hinchados de simbolismo y recargados de falsas funciones que no atienden las necesidades concretas de sus usuarios. La consigna de esta arquitectura “destructiva” sería “hacer espacio”. Así, lo “destructivo” se volvería “constructivo”. La “arquitectura menor” operaría desde fuera de la profesión y de los paradigmas críticos, para trabajar dentro del cuerpo mismo de los edificios.

Para lograr esto, Stoner busca desmitificar la barrera entre interior y exterior afirmando que ningún edificio está cerrado y completo, y que en ellos la puerta es el síntoma de un espacio que podemos mantener continuo o interrumpido a voluntad. Se insinúa que, si la puerta fuera el elemento primario de la arquitectura, abrir la puerta sería, literalmente, destruir el edificio en aras de un espacio más inclusivo, es decir, menos “edificado”. Quién sabe si, en este contexto, habría que darle un nuevo significado al “vandalismo”…

Una vez la puerta atente contra el privilegio alegadamente protector del muro, se habrá puesto en cuestión también el mito del objeto, pues ya el edificio consistiría en más vanos y huecos en su superficie, y menos en “objeto” cerrado lleno de su propio significado. Desaparecido el objeto arquitectónico, esta “arquitectura menor” se volvería invisible, pura multifuncionalidad.

Con el objeto se iría también el mito del sujeto, y se resignificaría nuestra relación con el mundo de lo natural, pues abriría las puertas —literalmente— a que interior y exterior operaran como una continuidad y no como mutua exclusión. Transformar edificios abandonados en espacios de vida, y dar oportunidad a la materia arquitectónica para que nos vuelva a servir de hogar, replantear las funciones de tantos y tantos edificios dilapidados, va más allá del mero reuso. Estamos hablando de nuevas políticas —necesarias, colectivistas—, no de rescatar, sino de devolverle a la vida su derecho al espacio y, a nosotros, el derecho de habitarlo.

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CITIZENS OF NOWHERE. AN ARCHITECTURAL GRAPHIC NOVEL. Jimenez Lai. New York: Princeton Architectural Press (2012).

CITIZENS OF NO PLACE. AN ARCHITECTURAL GRAPHIC NOVEL. Jimenez Lai. New York: Princeton Architectural Press (2012).

“Mangar” la arquitectura…

El “formato cómic” ha tomado por asalto el espacio del libro tradicional. He visto cualquier cosa convertida en cómic, y creo que eso es bueno. No sólo se replantea el acto de leer, sino que el cómic atrae otros temas de otra forma para lectores que buscan pensar de otra manera, es decir, más allá de la letra, y asumir otros lenguajes que la saquen de quicio: me refiero al lenguaje visual. Eso, amig@s, es ya es un montón de cambio.

El tour de force de Jimenez Lai en su Citizens of No Place, es convertir en una aventura visual y narrativa el proceso arquitectónico y urbanístico mediante historias gráficas basadas en imágenes que conciertan las técnicas del “manga”, el dibujo mecánico y la ilustración científica. La mezcla de dibujo lineal — espolvoreado con fotocopias— con técnicas de collage, y el uso del blanco y negro para dar a los relatos un airecillo medio “gótico”, nos ofrece una arquitectura y una urbe que nos resultan ajenas, extrañas, necesitadas de nuestra urgente intervención.

Los juegos de escala son aquí esenciales porque, al lado de un edificio o de una ciudad, nosotros —quienes construimos esos edificios y ordenamos esas ciudades— somos apenas laboriosas hormigas. De muchas formas, somos llamados a aceptar nuestra modesta existencia y a cuestionar nuestro afán de grandeza. Las diez partes que componen esta novela están muy atadas a nuestra relación real con edificio y ciudad pero, gracias a la forma de expresión, nos desfamiliariza lo familiar y terminamos viendo nuestro entorno de otra forma.

[Estas dos reseñas fueron publicadas originalmente en el Suplemento ¡Ea! de El Nuevo Día el 11 de agosto de 2013]