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por Lilliana Ramos Collado

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PROSAC. Mayda Colón. San Juan (2013). Fotografías por Zayra Taranto.

Todo es propaganda
los carteles en la marginal difunden
el rumor de una depresión promovida.
El Doctor del milenio receta Prozac.
Ambien para dormir las penas
porque la verdad es un dolor espantado
con déficit de atención
—Mayda Colón, Prosac

Un libro de andaduras que sirve de buena compañía al caminante: eso es Prosac, el más reciente poemario de Mayda Colón. Distinto al hermoso libro de Henry David Thoreau —Walking (1862)— que detalla las sosegadas caminatas del pensador estadounidense por los campos y los bosques, pero similar a Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge (1910), de Rainer Maria Rilke, que trabaja la ciudad como vórtice del desarraigo y la locura, y adonde, de Eduardo Lalo, otro libro urbano que también contiene textos y fotografías de su autor, el poemario de Colón registra su deambular por una ciudad que derrama sobre ella la droga dura de lo prosaico.

La ciudad —representada como lo cotidiano de la pobreza, de la exclusión, de la invisibilidad y de lo efímero— es el telón de fondo de su autobiografía literaria. La escritora sonsaca la ciudad para hacerla delatar sus memorias fundadas en los momentos epifánicos que, a lo largo de su vida, legitimaron la duda como primer motor del conocimiento de sí y del mundo.

La memoria de Colón progresa por ráfagas: reclamos, sinsentidos y paradojas de un cerebro que escruta su coyuntura vital. Para apuntalar esa memoria voraz de sí y de los otros, asume cuerpos y voces del margen —prostitutas, deambulantes, su madre y su abuela, gente de la calle, todos entumecidos por el frío de la soledad. Esta memoria golosa amarra el tomo con detalladas descripciones de gentes y lugares que juntos suman mucho más que la ciudad. Y si bien el todo es más ficticio que cada una de sus partes, la autora busca lo imposible —un cosmos ordenado— sabiendo que sólo si nunca lo encuentra podrá escribir, no sobre el orden, sino sobre el caos. El poemario satisfará ese deseo de orden.

Hay un elemento esencial en la escritura: como la ciudad es un espacio cotidiano y a la vez ajeno, esa brecha entre estar y no estar en lo conocido convierte el espacio en algo extraño, donde aquello que define la ciudad —ruido, asfalto, cemento, transeúntes, multitud, incluso el día y la noche (y lo que atañe a ambos), devienen elementos que la voz observa con sorpresa, cuya sorpresa trasmite al lector quien comienza a ver la ciudad como por vez primera. La prosa urbana —su broza— se vuelve poema, y es el lenguaje poético el instrumento para operar esta transubstanciación.

Prosac mezcla poemas con prosas cortas: promesas de cuentos o cuentos que relatan la imposibilidad misma de contar. La descripción detallada de gestos, lugares urbanos, rostros, actos sexuales, escapadas, ambientes imposibles e inéditos, son vistos a través del lente urgentemente escéptico de la voz. La descripción detiene el tiempo y permite que la autora enfoque la mirada en aquello que rara vez tenemos la oportunidad de mirar. Se nos invita a ser mirones, a violar la intimidad de la catástrofe. Sin hablar por boca de estas gentes la voz no tendría qué decir, qué odiar, qué amar. La buena poesía vocea a los otros.

Los textos están interlineados con fotografías de Zayra Taranto que contrapuntean el gesto afirmativo de Colón al carearnos con sujetos crudos, en blanco y negro. Son cuerpos borrosos adheridos al suelo de la ciudad, o a sus muros, o a sus ruidos, o a sus desconciertos, o a la intimidad de sus casas. Las fotos nos invitan a abrazar los cuerpos de estos muertos, de estos sin-hogar, de estas mujeres rotas y Pinochos desorientados.

La fotografía nació en el seno de las grandes ciudades del siglo XIX. Funcionó al principio como la condensación de una descripción detallada de la urbe, como evidencia de la diversidad urbana, como celebración de una arquitectura y una tecnología nacientes que daban orgullo a sus habitantes.

Muy distintas son las fotos que acompañan los textos de Prosac. Son imágenes que miramos con renuencia pues nos confrontan con los vestigios de esta agónica ciudad que no acaba de morirse, y de esta oscuridad puertas pa’dentro donde se sofríen morosamente las penas de tantos en el aceite de una poesía espectacular cuyos versos se elevan sobre el escarnio y la basura para invitar al lector a una experiencia extraña y hermosa.

[Publicado en el Suplemento ¡Ea! de El Nuevo Día el 21 de abril de 2013]

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