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por Lilliana Ramos Collado

La ley contra el pantalón en la mujer es, según Bard, “una ley que no existe”, pero seguimos obedeciéndola. Parece que esta guerra por el pantalón no terminará.

Historia política del pantalón. Christine Bard. Barcelona: Tusquets (2012).

Historia política del pantalón. Christine Bard. Barcelona: Tusquets (2012).

El pantalón ha sido campo de batalla entre dos bandos. Y no porque provea abrigo individual a cada pierna por separado, pues nuestra extremidades inferiores trabajan mejor siempre en cooperación coordinada para no dejarnos caer. Al contrario, la guerra viene de la rivalidad eterna entre aquéll@s que reclaman como suyo el pantalón.

Bard nos explica que las historias del vestido no hablan del pantalón hasta el Renacimiento porque fue entonces que las clases opulentas lo asumieron como nueva prenda de vestir, copiándose de los pobres campesinos que vestían una versión antigua que les llegaba hasta la rodilla. La primera guerra del pantalón registra una temprana lucha de clases entre ricos y pobres, y entre lo nuevo y lo viejo.

Como nos recuerda Gilles Lipovetsky en “El imperio de lo efímero”, la moda, hija caprichosa del Renacimiento, utilizó el vestido más allá de la investidura, al convertirlo en signo de la individualidad del que lo vestía, evidencia de su ingenio y de su diferencia. Para los hombres renacentistas, el pantalón fue ostentación de riqueza, de ingenio, de juventud, de audacia y de una masculinidad erotizada encargada de revelar las maravillas de un cuerpo educado en el baile y en la esgrima, en la caza y en el amor. Así, la guerra que comenzó entre campesinos y terratenientes, y entre jóvenes y viejos, desembocó casi de inmediato en una guerra entre los géneros.

El hombre podía llevar pantalones y la mujer no, pues se volvía masculina y dejaba de ser apetecible al ojo masculino, interesado en las sorpresas femeninas del traje y los misterios del velo. Así, el pantalón adquirió, simbólicamente, el aura del poder social y del poder doméstico. No podemos olvidar esos cuadros de Diego Velázquez en que el aristócrata luce un ágil y estrecho pantalón, mientras la dama viste una falda irreal que más parece un podio que una prenda de vestir. Para el hombre, el pantalón era movimiento. Para la mujer, el traje rígido reforzado con varillas es un “arresto vestimentario”.

La tradición occidental designaba a la mujer como la perdedora en esta guerra por el pantalón. Así aconsejaba Ovidio a las mujeres en su famoso “Arte de amar”: “si eres bajita, espera a tu amante recostada en el triclinio y esconde tus piernas extendidas bajo una manta, para que parezcan más largas y hermosas”. La pierna fea de la mujer debía ocultarse para “parecer” bella, mientras el pantalón ajustado del hombre moldeaba una linda pantorrilla. Gracias a la diferencia del pantalón, el hombre renacentista era un cuerpo atractivo, mientras la mujer era un traje abultado que ocultaba un misterio.

Fue la Revolución Francesa la que dio pantalones a la mujer pues la guerra contra la opresión monárquica juntó hombres y mujeres con un mismo atuendo. La mujer volvió a perder los pantalones en la era romántica: en 1880 en Francia, a la mujer se le prohibió vestir pantalón. Las primeras feministas “empantalonadas” fueron duramente atacadas y lo usaban por la noche para recorrer la ciudad a sus anchas. Poco a poco, la guerra de la mujer por vestir pantalón a plena luz del día se convirtió en una batalla política por la equidad. Serían el deporte y el teatro de variedades los espacios  del progreso democrático del pantalón en el vertiginoso mundo de la moda del siglo XX.

Nuestra época sigue padeciendo la batalla por el pantalón. Cada cierto tiempo regresa con bríos la idea de una feminidad exhibicionista, como la que aconsejaba Ovidio hace 2,000 años: la voluntad insistente de la mujer de conquistar del deseo masculino mediante los atractivos de su cuerpo. En esos períodos intermitentes, el pantalón se vuelve anatema, y la mujer regresa al traje ceñido y a los descotes. Como dice Bard, sigue la guerra entre “atuendo, pudor, protección” y “libertad, igualdad, fraternidad”. La ley contra el pantalón en la mujer es, según Bard, una “ley que no existe”, pero seguimos obedeciéndola. Parece que esta guerra por el pantalón no terminará.

[Publicado originalmente en la sección de reseñas de El Nuevo Día]