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por Lilliana Ramos Collado

La cultura debe ser siempre joven, no en años ni en ingenuidad, sino en la soltura de poder apropiársela de maneras diversas creando  nuevos modos de reflexión y de disfrute de lo viejo y de lo nuevo.

Una vieja voz nos dice algo nuevo, o quizás nos recuerda una intuición fundamental: la cultura, para serlo, debe ser vital. Su urgente pertinencia debe saltar a la vista. Su fuerza debe halarnos sin que podamos resistirla. Así describe Georg Simmel la cultura en su conferencia titulada El conflicto de la cultura moderna, que ofreció por primera vez en 1918, y que fue publicada ese mismo año, poco antes de morir el autor. El canto de cisne de Simmel fue un elocuente llamado a la vitalidad de la vida… y valga la redundancia.

Simmel fue un famoso sociólogo que, por sus diversas inquietudes, produjo infinitud de escritos breves sobre diversos aspectos de la cultura —desde la moda femenina, pasando por la comida y los paisajes, hasta llegar a las formas culturales y la vida urbana del individuo en sociedad.

Me dirán ustedes, ¿qué puede decirnos un sociólogo alemán del entresiglo europeo —cuya obra más importante se tituló Filosofía del dinero—acerca de la vitalidad de la cultura? ¿Cómo, después de un siglo XX turbulento, y llegando al contundente multiculturalismo de hoy, pudiéramos hablar, todavía, de “una cultura” y añadirle ese extraño apellido de “vital”?

EL CONFLICTO DE LA CULTURA MODERNA. Georg Simmel. Trad. Carlos Astrada. Argentina: Universidad Nacional de Córdoba (2011).

EL CONFLICTO DE LA CULTURA MODERNA. Georg Simmel. Trad. Carlos Astrada. Argentina: Universidad Nacional de Córdoba (2011).

Su conferencia recorre la andadura de su vida, y a ella viene a parar la pertinencia del presente como espacio para hacer y pensar. Sé que mucho se ha teorizado acerca de la cultura después de Simmel —pensadores importantes como Néstor García Canclini, George Yúdice, Peter Burke, Clifford Geertz, Pierre Bourdieu…— pero esa vitalidad que reclama la teoría de Simmel va a la médula misma de toda otra teoría posterior.

Según Simmel, cada ser humano consume objetos culturales que él llama “cultura objetiva”: la que podemos ver y tocar. Cada individuo se la apropia y la transforma, ya sea mediante la creación de nuevas obras o mediante la reflexión y el disfrute de ellas, para hacer una “cultura subjetiva”. La vitalidad de la cultura reside, pues, en esa constante apropiación individual, en la puesta en pertinencia personal de la cultura objetiva.

Nos advierte Simmel que abrazar irreflexivamente las formas heredadas implica la muerte de la cultura: las academias, los historicismos y el apego servil a los clásicos desembocan en una cultura de los objetos que trae consigo una pérdida del “alma”, pues los objetos culturales —que una vez surgieron a la vitalidad de la vida misma— se van sometiendo, con el tiempo, a las lógicas de la historia y a las leyes del mercado. La formalización y la cosificación de la cultura provocan una separación entre el sujeto y la cultura. Ante la imposibilidad de subjetivar la cultura convertida en cosa, puede hablarse de “la tragedia de la cultura”.

De ahí la necesidad de recuperar el pasado devolviéndole su vitalidad, propiciar una cultura pertinente a los tiempos, cónsona con el presente, que dialogue abiertamente con nosotros, incluso si no la podemos comprender a cabalidad, pues, a fin de cuentas,  no siempre comprendemos los acontecimientos de nuestro momento.

Señales de la vitalidad cultural son el hecho mismo de que los contenidos y los soportes de la cultura cambian continuamente, retan constantemente las formas pasadas y asumen las tradiciones dinámicamente, dando nueva vida a modos de hacer que se han vuelto pura forma vacía. Quizás haya entonces que vivir la contradicción de una “tradición viva” —ésa que seguimos preservando y a la vez modificando con el pulso de la vida—, e incluso de una “cultura subjetiva colectiva”, en la cual una comunidad entera se apropie intencionalmente de las viejas formas y les devuelva su espacio y el placer que una vez produjeron.

En fin, para Simmel, la cultura debe ser siempre joven, no en años ni en ingenuidad, sino en la soltura de poder apropiársela de maneras diversas, en la creación de nuevos motivos de reflexión y modos de disfrute de lo viejo y de lo nuevo, en el riesgo de asumir asuntos inéditos, y, sobre todo, en el entusiasmo del que la ve por primera vez, aunque ya conociéndola a plenitud, como debe ser.

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Cultura e hibridez

HIBRIDISMO CULTURAL. Peter Burke. Trad. Sandra Chaparro Martínez. Madrid: Akal (2013).

HIBRIDISMO CULTURAL. Peter Burke. Trad. Sandra Chaparro Martínez. Madrid: Akal (2013).

Por años, el establishment cultural ha defendido la pureza de la cultura, buscando historiarla y explicarla como una forma sólida, cuyos creadores y cuyas obras se juzgan desde principios de unidad y de coherencia. Esta idea de cultura deja de lado comunidades que no se han avenido a la cultura hegemónica, influencias extranjeras exitosas, y creaciones que ocurren fuera de los paradigmas culturales prevalecientes. Mientras avanzan los estudios culturales y radiografían la realidad de los diversos momentos históricos, más se descubre lo divergente, lo anómalo, lo extraño, es decir, todo aquello que, en una época, quedó acallado sin querer, o queriendo.

Lo más acallado ha sido siempre lo “híbrido”, pues era considerado debilitante o empobrecedor. Sean híbridos los artefactos, los textos, las prácticas y hasta los pueblos, la hibridez parece haber sido siempre lo contrario: fuente inequívoca de riqueza cultural, con frecuencia problemática, presente en los más reconocidos creadores, pero desatendida para salvaguardar la cultura “distintiva” de un “pueblo” siempre uniforme.

Sea por diferencias de clase o de raza, de edades o de momentos, de definición o de teorización dentro de una misma cultura, la hibridación parece ser el nuevo estándar, y por eso reclama nuevos modos de pensarnos como agentes y creadores culturales, y nuevas formas de mirar la cultura. En tiempos de extrema comunicación mediante la red, en los cuales se habla de lo “glocal” como mezcla de lo local y lo global, nada en la cultura quedará exento de lo híbrido. El resultado será una cultura más rica y siempre renovada.

[Publicado originalmente en el Suplemento ¡Ea! de El Nuevo Día el 22 de septiembre de 2013]

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