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por Lilliana Ramos Collado

“… detente / oye todo el rumor que no reconociste…”
—Víctor Fragoso

“… tu bendita eternidad.”
—David Caleb Acevedo

 

Víctor Fragoso y David Caleb Acevedo

Víctor Fragoso y David Caleb Acevedo

Hace un par de semanas, en noche de casa llena, estábamos en Ciudadela, un elegante desarrollo de vivienda en Santurce, erguido en medio de las ruinas de la tardomodernidad criolla. Edificios flamantes, suspendidos en un entretiempos — la década de los ’30 (“tránsito y trauma”_, y nuestra destartalada actualidad— y en un in-between espacial —el mugriento deterioro santurcino y la lentamente renaciente pujanza de nuestros bienes raíces.

En ese no-lugar urbano, nos dimos cita poetas y amigos: el who’s who de la ternura y la solidaridad, del entusiasmo y del aplauso. Celebrábamos a dos de los nuestros: al veterano y aún llorado poeta Víctor Fragoso, con su Poesía reunida, y al joven poeta David Caleb Acevedo, con su Empírea, ambos libros publicados bajo el sello de la Editorial Erizo, capitaneada por Ángel Antonio Ruiz. La oficiante del acto, la poeta Karen Sevilla, espació esa noche la cadena de acontecimientos: Rubén, y luego Angélica Díaz leyendo a Víctor, y después Mayda Colón, David Caleb, y Amárilys Tavárez como ventrílocua de Caleb.

Me conmovió este junte: Fragoso, poeta de los ‘70s, fallecido de SIDA en 1982, y Acevedo, vivo y casi casi casi recién nacido. Fragoso, transportado a NY, actor, dramaturgo y poeta excepcional, publicó Ser Islas y El reino de la espiga, agotados hace años. David Caleb, por su parte,  ya había publicado hacía dos años su Bestiario de nomenclatura binomial, en la editorial de otro poeta nuestro, Jorge David Capiello, poemario que tuve la dicha de presentar en la Librería Mágica hace dos años.

Víctor Fragoso, "Poesía reunida" (2012)

Víctor Fragoso, “Poesía reunida” (2012)

Para la noche de Ciudadela, Rubén Ríos Ávila produjo una aguda y hermosa presentación sobre eso que significaba para Víctor ser isla en la metrópolis, sin quedar a la deriva política ni quedarse mudo ante el idioma del otro. Y Mayda Colón nos habló de las aviesas utopías poéticas de David Caleb, aquellas que nos vienen de lejos, como un “rumor que no reconocemos” fácilmente, pero que nos invitan a una vida otra que se anticipa como nuestra. Fragoso, desde su singularidad de homosexual puertorriqueño en la gran metrópolis neoyorquina, recupera su vigencia al mostrarnos un sujeto en construcción en busca de una genealogía universal —Whitman, Lorca—, en que solventar sus búsquedas precisamente en esa gran ciudad. David Caleb hace otro tanto, con su Madre de Arena, y con los ciclos que narran aventuras de los personajes que pueblan esa ciudad prometida. Ambos, Víctor y David Caleb, son poetas de ciudad. Por eso me conmovió el junte en Ciudadela, amurallada de ruina y de vacío. Buen lugar para celebrar.

David Caleb Acevedo, "Empírea" (2012)

David Caleb Acevedo, “Empírea” (Editorial Erizo: 2012)

Sí, me expreso en descarada autobiografía. En nuestro medio celebramos —nunca lo suficiente— esas conexiones y esos objetos y esos proyectos que conocemos como cultura. Hay que entenderlo. Si, como dice Platón, el conocimiento acontece en el diálogo, a ese conocimiento hay que añadir la memoria, el tracto de lo hecho y de los hechos, pues de lo contrario, todos iremos a parar al cementerio de las virtualidades perdidas. Los libros son huella y dejan huella. En una de esas huellas late y seguirá latiendo Víctor Fragoso. Y en la otra, David Caleb seguirá cimentando las ciudades que vendrán. Serán ciudades de nuevas luchas, pues si algo debemos hacer en la comunidad LGBTTQ es adelantarnos a la necesidad y proactivarnos con la forma y el contenido de las necesidades futuras. Nuestra cultura debe, pues, adelantarse a la necesidad. Habrá que hacer mucho trabajo que nos rinda muchas celebraciones. El gozo que viene de lo hecho es indispensable para seguir laborando.

Como lo hacen otros amigos entrañables y visionarios promotores de nuestra cultura —Yolanda Arroyo Pizarro, Jorge David Capiello, Samuel Medina, entre los más jóvenes—, Ángel Antonio Ruiz, con su grupo Homoerótica y con su editorial, maneja con reciedumbre, sagacidad y buen tino un reacio timón sobre el proceloso y profundo mar de nuestro presente. Dime, capitán, ¿qué otras sorpresas extraordinarias nos dejará la Editorial Erizo sobre la arena de nuestra “bendita eternidad”?

Mayo de 2012, Ciudadela

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