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por Lilliana Ramos Collado

[Nota bene: Amigos, estoy releyendo mis viejeras. Lamentablemente una búsqueda en Google no me dio imágenes de la violencia en la televisión. Intuyo una censura moralista o algo, pero no había nada de NYPD Blue, The French Connection, etc. Decidí, entonces, ir al pasado y usar imágenes anatómicas de Vesalius (De humani corporis fabrica, 1543), pues no encuentro nada más violento que la anatomización de cadáveres de criminales ahorcados durante el Renacimiento. Esta nota fue escrita en 1995 para el periódico Diálogo, de la Universidad de Puerto Rico.]

Hay que redefinir la violencia en la televisión.

Ya no basta condenar las series policiales como NYPD Blue, inspiradas en películas abrumadoramente taquilleras como The French Connection o Scarface. No basta tampoco con derramar amargas lágrimas liberales citando de sobremesa los pasajes más engagés de Para leer al Pato Donald, donde Ariel Dorfman propone que la violencia está en el corazón mismo de Disneylandia. “El asesinato, la violación y el engaño”, que ya el lector de Charles Baudelaire pedía a gritos en las novelas góticas y sentimentales del siglo XIX, todavía reinan absolutos en el proscenio de nuestra mente, ávida de trucos esplendentes, de sobresaltos sazonados con sociología de salón.

Esa violencia es fácil de reconocer, tan fácil que ahora, por cable-televisión, se nos avisa que “el próximo segmento de este programa tiene escenas de violencia y lenguaje adulto.” Se trata de la violencia típica que nos invita a hacer el conteo de muertos en un programa. Claro, si tenemos en cuenta que la violencia típica (sangre, muertos, mutilaciones, etc.) se produce mediante efectos especiales de camarografía y maquillaje que son costosísimos, tenemos que concluir que la misma es un lujo que los productores y directores de televisión exhibirán como parte del capital social y de su poder para convocar auspiciadores para un programa o una serie. Esa, la descarada, la palmaria, no me preocupa ya. Esa es ficción, máscara, props. Después de todo, los programas terminan advirtiéndonos que “cualquier semejanza con personas o hechos de la vida real es pura coincidencia”.

La violencia que ocupa mis insomnios hoy es aquélla que, al usar los mismos trucos y técnicas de la otra, se propone como realidad, ya que no como representación: noticiarios, docudramas, documentales, videotestimonios… todos ellos con el único fin de ser reales, de ser la realidad inmediata y tal cual. La prueba litmus de la realidad que son es, precisamente, la violencia: podemos confiar en que lo que se presenta en estos programas es real porque es violento.

En la cinta de dibujos animados El sastrecillo valiente, que frecuentemente se muestra en el Canal de Disney, el Ratón Miguelito se jacta de “haber matado siete de un golpe”. Él, claro, se refiere a moscas. Los habitantes del pueblecito, el Rey y la princesa piensan que se trata de temibles gigantes. Las moscas son la realidad (socorrida, estupefaciente); los gigantes son la violencia (insólita, fabulosa). La violencia de Popeye el Marino es lo mismo: un romance banal, amenazado por un enorme bruto, queda redimido gracias a la violencia que la espinaca puede producir en respuesta a la violencia infligida sobre los novios. Superman, Batman, Bonanza también tratan sobre la violencia como respuesta a la violencia que interrumpe el orden de una comunidad: aplauden la violencia de la ley y el orden, la violencia buena, cancelante.

El largo desarrollo de la técnica cinematográfica, el afinamiento en la composición de los materiales fotosensitivos y magnetofónicos, la vertiginosa capacidad electrónica de los “efectos especiales” desde Perdidos en el espacio hasta Star Trek, nos han legado algo que va mucho más allá de la ficción: la nostalgia por la realidad, pero con un giro inesperado: ahora la realidad es el gigante y la ficción, pues, la mosca.

Estamos de vuelta en el más burdo naturalismo, en el que la realidad se establece mediante todo aquello que irrita la superficie apacible (ergo, ficticia) de la cotidianidad para manifestar “los horrores que se agazapan en el corazón de [todos] los hombres”. En el cine fue Blue Velvet. En la tele, Twin Peaks y Picket Fences. La tranche de vie lo es porque lo que vemos es descomposición y lo que escuchamos es procacidad. Nada menos esperamos de los noticiarios, que ahora también son reportajes especiales o intrincadas series: el drama judicial de O.J. Simpson, el drama de intriga política y sexo de Paula Jones y Bill Clinton, el drama de corrupción gubernamental de Whitewater. Lo que consuela al televidente es que la verdad es más extraña que la ficción. Yo añadiría, la verdad es ficción y, por cuestión de simetría, la ficción es verdad… y la violencia juega su papel de gozne en ambas.

Esta nueva violencia que se impone sobre nosotros los televidentes es peor que las fábulas de sangre y que la mutilación porque reduce el universo que está fuera de la tele a un solo indicador existencial: la violencia. Irónicamente, ¿no fue éste el problema de la transmisión televisada de la Guerra del Golfo Pérsico? La violencia era enorme, era extraordinaria, pero era meros fuegos artificiales sobre siluetas de ciudades desconocidas que nada nos decían sobre nuestra cotidianidad. Nos fue tan foránea como la Guerra de las Galaxias, tal vez más. No era violencia real. Esta también era un lujo. Nunca antes habían hablado tanto los noticiarios de lo que les costó mandar corresponsales de guerra a ese otro planeta que fue Kuwait.

La sofisticación de los noticiarios, que cada día se ocupan más y más de la realidad como violencia; la naturaleza cada vez más epaté de los talk shows en los cuales los protagonistas ya no son personalidades de Hollywood sino, literalmente, cualquiera que haya deseado violar a su madre, ser novia de su tío drogadicto, tener un hijo con un caballo, etc., (o sea, cualquiera); y la insistencia en hacer docudramas con vidas ejemplares (¡!) como la de Amy Fisher, me llevan a preguntar: si primero fue la violencia como fábula y ahora es la violencia como realidad, ¿qué nos depara el futuro?

Acaso lo mejor que podría pasarnos es la violencia como violencia. Por lo menos sería una tautología verdadera.

[Este artículo se publicó originalmente como Lilliana Ramos Collado. “Mentiras verdaderas, verdades mentirosas” (sobre la violencia en la televisión), Diálogo, sept. 1995, pág. 53.]

 

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