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por Lilliana Ramos Collado

Escritora celebra fin de siglo con falsa foto historica... Foto por Neysa Jordán (2012).

La escritora que esto escribe celebra el fin de siglo con falsa foto historica… Foto por Neysa Jordán (2012).

[Nota bene: A finales de 1998, Roberto Ramos Perea me invitó a participar en un foro sobre los escritores puertorriqueños ante el fin de siglo, parte de un ciclo de actividades que se tituló 1898-1998. Para mí fue una sorpresa la invitación, y tardé en escribir mi texto, aunque al fin lo redacté atropelladamente. El otro día, limpiando los almacenes arqueológicos de una de mis viejas computadoras, me tropecé con el texto que leí ese día en el Ateneo. Creo que lo que dije entonces todavía es válido —salvo por el surgimiento de una narrativa espléndida de la pluma de tales como Yolanda Arroyo Pizarro, Luis Negrón, Juan López Bauzá, Ana María Fuster…—  y por eso se los lanzo de nuevo. Le añadí, le quité, y le cambié de lugar alguna que otra coma, y perdoné alguna que otra errata conceptual. Y que con esa aclaración baste.]

¿Cuál es el papel del escritor puertorriqueño ante el fin de siglo?

La pregunta que rige este panel es difícil de contestar. ¿Inquiere por la existencia del escritor puertorriqueño a fin de siglo? ¿Lo hace por sus problemas —de existencia, presumo yo? ¿Existe duda sobre la “puertorriqueñidad” de nuestra literatura? ¿Existe nuestra literatura? ¿Escribimos desde una conciencia finisecular? ¿Nos importa el fin de siglo? ¿Qué tiene que ver el fin de siglo con nuestra existencia, nuestro oficio, o el resultado del mismo?

No hay duda de una cosa, las efemérides que marcan esta actividad fetichizan el finisecularismo de este siglo y del anterior y casi nos obligan a contestar una sola pregunta: ¿Cómo recogemos los escritores de este fin de siglo los cambios culturales que comenzaron a correr en 1898?

La respuesta a esta pregunta tan cargada es relativamente sencilla: en la medida que escribimos, pues, seguimos escribiendo. Yo diría que  nuestros problemas no tienen nada que ver con una identidad nacional porque, según puedo observar, el problema identitario aparece apenas como un tema, cada vez menos urgente, en nuestras letras. Y cabe añadir que aparece vestido de formas literarias y de sistemas metafóricos cada vez más anquilosados. Diría también que nuestros problemas no tienen nada que ver con el finisecularismo, que en nuestro caso puertorriqueño es una moda metropolitana que sólo sirve para organizar y clasificar la producción como marcada por un interés finisecular.

Es curioso que el finisecularismo que rodeaba el 1898 fuera un movimiento internacional abiertamente decadentista que en el lar patrio y retrospectivamente desde las aulas universitarias tomó la forma del “nacimiento” de una literatura. Confligen, por lo tanto, el decadentismo abierto de las novelas de Zeno Gandía y la actitud crepuscular de Alejandro Tapia, con el hecho corroborable del proceso formativo de la literatura puertorriqueña. Es una maravillosa contradicción: la nueva literatura hablaba de la decepción ante el entorno, del estancamiento de nuestra economía y de la petrificación de las costumbres. No olvidemos que para subsistir, Póstumo tuvo que morirse varias veces. Nada más crepuscular que escribir novelas sobre un personaje que se llamó Póstumo. De hecho, me parece aún bastante delirante que nuestras primeras novelas fueran acerca de la muerte y que el personaje novelesco más popular se llamara, precisamente “Póstumo”. [De hecho, no debe extrañar que nuestro texto más polémico de este nuevo fin de siglo tenga un título parecido: Nación postmortem (2001) de Carlos Pabón.]

Los problemas de nuestro “fin de siglo”, en tanto escritores que somos, poco tienen que ver con lo “político” en cuanto tema, o con los nacionalismos como proyecto. Más tienen que ver con los mercados de literatura y el acceso de los escritores a ese mercado. Sobre todo al hecho políticamente sospechoso de clasificar como escritor sólo a aquél que tiene, de facto, acceso a ese mercado. Nuestros problemas tienen que ver con la poca estratificación de ese mercado. Dado que nuestras ediciones son pequeñísimas porque el mercado local del libro lo es, el éxito —factor puramente comercial— es también pequeñísimo. Por algún azar arcano, la crítica literaria —sobre todo la periodística— parece fijarse en ese único factor, y termina dando preferencia a aquello que se vende y —como en un círculo vicioso— reseñándolo como literatura (es decir, lo que se vende es literatura, y lo que no se vende, no…). Esta no-literatura, hecha entonces para colocarse en el mercado, parte exclusivamente de lo que el mercado quiere. Nueva definición: sólo lo que “la gente” quiere leer es literatura.

No hay que dejar de lado el hecho de que este nuevo mercado del libro compita con el mercado de otros objetos culturales que también sirven como símbolos de status para el que los adquiere. De ahí la importancia de vender a los autores junto con sus libros, y la insinuación constantemente autobiográfica de mucha de la nueva no-literatura. Por un giro irónico, el elemento más mercadeable del libro no-literario es la falacia confesional, y lo que termina vendiéndose es el potencial de celebridad del autor del libro. Tener el no-libro de estos autores encima de la mesa de la sala opera como una especie de reliquia: antes los fieles poseían una uña o un girón del manto del santo; ahora, el no-libro constituye una tajada del alma del autor.

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No se me escapa la situación performativa que asume una literatura que vive y se vende por la capacidad que tenga el autor para mantener su persona o su rostro en la palestra del mercado. Cada una de sus apariciones está planificada como un media event. Por lo que, al igual que las celebridades de toda índole, tendrán, como decía sabiamente Andy Warhol, sus quince minutos de fama. Los media necesitan renovarse constantemente y muy pocos tienen la facultad de la eterna reinvención que famosamente tiene Madonna. El dandismo se ha convertido en expresión última del escritor. Se invierte más tiempo en fabricar la personalidad pública que en construir el texto que es apenas su excusa para lanzarse desbocadamente hacia la fama.

Un libro para un mercado amplio tiene que ser igual de amplio. Tiene que construirse con las palabras adecuadas y tratar sobre los temas que puedan ser absorbidos por ese mercado. Es una literatura de la demanda, no de la oferta. No crea espacios nuevos, no cuestiona, no tiene la inquietud que caracteriza a lo que conocemos como literatura. De hecho, son textos de la consolación que le devuelven al lector sus propios pensamientos. El libro mercadeable le dice al lector lo que éste ya sabe. Y así, la medida de su saber se mantiene imperturbable. Un ejemplo reciente de este tipo de novela monológica de fin de siglo: The House on the Lagoon, de Rosario Ferré, cuyo estilo y cuya voluntad literaria nada tienen que ver con textos anteriores de calidad contundente como Papeles de Pandora y Fábulas de la garza desangrada.

Claro, habría que preguntarse si los escritores deseamos estar en ese mercado literario. Posiblemente la marginalidad a que ese mercado fuerza a lo diferente sea la garantía de la pervivencia de la literatura. Quizás esta marginalidad sea ese microespacio desde donde oponer nuestra resistencia a la banalización. Quizás el no tener rostro público sea la manera de mantener la literatura como literatura y no como un star vehicle, como una extensión del cuerpo de la celebridad cuya importancia es secundaria a la presencia pública, al rostro del escritor famoso.

Vale señalar otro elemento interesante. Puerto Rico siempre se ha distinguido por su poesía. La no-literatura tiende a ser prosística, sobre todo cuento y novela. La intensidad de trabajo que tiene que aportar el lector a la poesía dista mucho en cantidad y calidad de la que el lector de novelas tiene que aportar. La poesía además supone una voluntad de literariedad de parte del lector, mientras que la no-novela y el no-cuento apelan a un sentido de mimetismo que hace olvidar el hecho literario. De ahí la fácil masificación de la prosa, que puede leerse en la guagua o en el tren, para pasar el rato. Por esto, se ha creado en Puerto Rico una falsa memoria de nuestras letras, como si sólo contara la prosa, que suele ser políticamente tenue y aquiescente, con raras excepciones. Por lo que los escritores luchamos también contra el olvido histórico de nuestro elenco de poetas y nuestro repertorio de poesía extraordinaria.

Bien mirados, no sé si éstos son problemas y si acaso vivamos los escritores para ser pasto de los arqueólogos del futuro. Como si cada uno de nuestros libros debiera ser, simplemente, y como decía Maurice Blanchot, “el libro que vendrá”. Quizás valga saber que, si acaso, es el libro que permanece, el que no pasará de moda, el que no quiso decir lo que todos ya sabían.

No escribimos, entonces, para los fines de siglo, o por los fines de siglo. No escribimos para afirmar nuestra identidad. No escribimos para fabricar una identidad. Las palabras son demasiado inquietas y traicioneras. Nunca serán domadas, nunca permanecerán en su lugar. Y cada libro nuestro apenas podrá afirmar ese constante nomadismo de la verdadera literatura.

Otra foto 2

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