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por Lilliana Ramos Collado

donde. Eduardo Lalo. San Juan: Editorial Tal Cual (2005).

Celebramos a Eduardo Lalo. El prestigioso premio Rómulo Gallegos ha sido adjudicado a su Simone (2011) y, de pronto, Lalo emerge de su proverbial aislamiento y acepta, con evidente sorpresa, la estima multitudinaria de su “país invisible”. El exilio radical de Lalo y la estima que hoy le brinda, desde esa invisibilidad, su país se dan cita en una especie de paisaje de Tlön, ese “tercer orbe” donde sólo ocurre lo imposible.

Pero Lalo es también el autor de En el Burger King de la Calle San Francisco (1986), Libro de textos (1992), Los pies de San Juan (2002); donde (2005) y Los países invisibles (2008). Estos libros, sepultados provisionalmente debajo de la súbita y merecida exaltación de Simone, proponen que el sujeto que escribe sea, ante todo, un “alguien” observador de su entorno y de sí mismo dentro de esa periferia; y que su escritura “rayada” sea su bitácora, no de observaciones, sino de las afirmaciones coyunturales que responden a preguntas, jamás enunciadas, acerca del “donde”. El texto de Lalo es a la vez, empírico y especulativo, filosofía compleja y ficción agravada que pregunta, autobiográficamente, por la razón de ser del escritor y de su oficio.

El exilio radical de Lalo y la estima que hoy le brinda, desde esa invisibilidad, su país se dan cita en una especie de paisaje de Tlön, ese “tercer orbe” donde sólo ocurre lo imposible.

Dos intuiciones son producto de su mirada indagadora: el sujeto que observa y escribe es un exiliado radical, absolutamente intocable. Esa distancia garantiza una integridad laboriosa a la hora de comunicarnos sus planteamientos. Al usar la palabra “donde” y tratar de definirla, Lalo elabora equívocos sintácticos y filológicos que dislocan el vocablo y le roban su lugar cierto en el trámite entre las palabras y las cosas. De momento ese “donde” no es adverbio relativo ni interrogativo, ni una preposición, sino el lugar de la fallida pregunta por el “donde” —así, sin acento— como si ese lugar hubiera desaparecido.

El aislamiento radical del “donde” provoca actos de lectura y escritura. Por eso, donde y el resto de sus libros son, antes que nada, diálogos entre los escritos de Lalo y los escritos de los Otros. “No hay nada fuera del texto”, nos advierte Jacques Derrida. Y Lalo parece estar de acuerdo. La precariedad de las palabras permite al escritor tocar su precaria, ilusoria, existencia.

donde se propone como una novela sin otra trama que no sea la especulación ante el magma indiferenciado del mundo, ese cuerpo que parece piedra —lápida— y que Lalo fotografía en blanco y negro para reducir la materia de su forma a una imagen, si bien siempre otra de la que busca atrapar. La mirada de Lalo es también especulativa, irremediablemente tanteadora y tentativa, como su escritura, contundentemente “fallida”. Como si la materia del mundo, en vez de asediarse con un discurso amoroso —como quería Roland Barthes—, se buscara desde el discurso odioso del que quiere asegurar la distancia para no caer en tentaciones o en olvidos o en confusiones.

Por eso, para Lalo, la fisicalidad del acto de escribir es esencial, pues ancla el cuerpo al menos en el “donde” de la página. Aquí, la página es el lugar firme desde donde —según quería Ludwig Wittgenstein— se puede asediar el mundo mediante lo que Lalo llama “letras inútiles y libres” que no sirven para hacer letreros, ni mapas, ni historias. Maurice Blanchot llamaría a esto una “escritura del desastre” que apenas describe o nombra, y que carece de significados legislados pues éstos se transforman durante el proceso mismo de enunciación escrita y, en realidad, nunca nos dan “la última palabra”.

Que no nos sorprenda que la escritura de Lalo sea escritura de ciudad: coyuntural, espesa como el detritus de la urbe, incierta como su basura desfigurada, movediza y escurridiza como quien nunca muestra el rostro. La ciudad de Lalo es extranjería pura, diversidad inmanejable, arcano que todo lo oculta bajo una superficie erosionada. La ciudad es el “donde” por antonomasia, el sitio semánticamente baldío a donde vienen los vocablos hambrientos en busca sentido para sólo encontrar el lugar equívoco de una autobiografía imposible.

[Publicado en el Suplemento ¡Ea! del periódio El Nuevo Día el 16 de junio de 2013.]

 

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