El espejo de tinta es retórico. No lo podemos tocar más que como se escribe “tocar”. Y está negro, prieto, apretado, pleno. Negarse a verlo, renunciar a la ficción, es llevar a estas “almas infames” a un nuevo silencio, vaciar hacia el vacío el caldo negro que rezumaba en el cuerno mágico de Abderráhmen —crisol de la literatura— del cual podrían renacer estos infames, al fin libres…

Bodegón con Teclado

por Lilliana Ramos Collado

[La primera parte de este ensayo se publicó en Bodegón con Teclado bajo el título de “Proyectos infames. De Borges a Foucault… and back (Parte 1) https://bodegonconteclado.wordpress.com/2012/02/18/proyectos-infames-de-borges-a-foucault-and-back-parte-i/ “. Sugiero la lectura de la primera parte para que se comprenda mejor la culminación del argumento en esta segunda parte…]

B. Abderráhmen El Masmudi

“El espejo de tinta”[1], penúltimo relato de Historia universal de la infamia y parte de la nueva sección titulada “Etcétera” introducida en la edición de 1954, presenta una situación narrativa mucho más compleja, de consecuencias más graves para la teoría borgesiana de la escritura y la lectura. Mi labor de lectura se rigió por un sugerente pasaje del ensayo, también de Borges, titulado “Los traductores de las 1001 Noches” (Historia de la Eternidad, 1935):

“En Trieste, en 1872, en un palacio con estatuas húmedas y obras de salubridad deficientes, un caballero…

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