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por Lilliana Ramos Collado

Don Quijote ataca los molinos de viento, mientras Sancho le previene. Ilustración de Gustave Doré para El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.

Don Quijote ataca los molinos de viento mientras Sancho le previene. Ilustración de Gustave Doré para El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.

Uno de los hechos más llamativos del texto unamuniano Vida de Don Quijote y Sancho (1905) es la resistencia del noventayochista a la literaturidad. Deseo leer al Cervantes metanarrativo desde la construcción hagiográfica romántica de Unamuno. La taxonomía de contrastes entre El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y la reconstrucción que realiza Unamuno de las correrías de los dos personajes cervantinos puede ser rentable en el proceso de definición de las técnicas cervantinas de desfondamiento del proceso de enunciación, de los procesos paródicos, de la relación entre género literario y “temática”, y de la relación entre el género literario, el discurso del deseo y la figuración de lo masculino y lo femenino como propuestas discursivas.

He aprovechado las teorías de Miguel Bajtín sobre los géneros discursivos, las propuestas de Gérard Genette sobre el palimpsesto o la “literatura al segundo grado”, varios textos seminales de Ross Chambers sobre situacionalidad narrativa, géneros literarios y actos de habla; los textos teóricos de Riley, Gilman y Rodríguez Vecchini sobre Cervantes, ciertos textos de Lacán sobre la figuración del sujeto deseante y discursivo, y varios textos de teoría literaria del romanticismo.

Unamuno, al enfrentarse a Cervantes, elimina precisamente lo que distingue la estructura del Quijote y que fue pasto suculento de imitadores como Henry Fielding, Lawrence Sterne, Denis Diderot, el Padre Isla y Galdós mismo, entre muchos otros. Para estos autores, escribir “in the manner of Cervantes”, como escribió Fielding su Joseph Andrews, era, precisamente, emprender el cuestionamiento de los géneros y del estatuto mismo de la relación entre la literatura y la realidad. Otro es el caso de Miguel de Unamuno al elaborar su extenso comentario Vida de Don Quijote y Sancho.

Una de las muchas escenas en las cuales Don Quijote y Sancho conversan durante sus andanzas por La Mancha. Ilustración de Gustave Doré.

Una de las muchas escenas en las cuales Don Quijote y Sancho conversan durante sus andanzas por La Mancha. Ilustración de Gustave Doré.

Gérard Genette, al comentar la relación entre el hipotexto y el hipertexto, observa que cambiar las avenidas interpretativas de una obra puede violentar su pragmática discursiva[1]. El acto unamuniano de violencia textual es curioso. Pretendiendo redactar un comentario a la obra de Cervantes, en el que sigue puntualmente los sucesos de la trama principal, y alegando la primacía del lector sobre el autor del texto, Unamuno decide substituir los historiadores cervantinos porque los encuentra irónicos y crueles, pedantes, malos aspirantes a literatos, e incluso intima que Cervantes era un escritor mediocre, inferior en visión a sus propios personajes. Al convertirse en narrador de la vida de don Quijote y Sancho, Unamuno corrige los, según él, terribles errores hermenéuticos del texto cervantino para liberar a los personajes de un secuestro literario, formalista, alegadamente asfixiante. Es decir, la péñola cervantina sólo para la cual nació don Quijote, resulta ser ahora la péñola del comentarista unamuniano como tiránico lector.[2]

En Vida de don Quijote y Sancho, Unamuno elimina precisamente todo aquello que, en el texto cervantino, rezuma a metanarración, o que pone en entredicho la autoridad y hasta la verdadera existencia del autor. Unamuno da al traste con las marcas de la genialidad cervantina al construir, mediante su comentario, una hagiografía en la cual van a dilucidarse de nuevo las inquietudes románticas de la búsqueda de la autenticidad del texto, del texto como revelación puntual y sincera del alma del escritor. Unamuno sigue la vena de Friedrich Schelgel quien, luego de mencionar a Cervantes y a Shakespeare como genios románticos, expresa:

… éste es el comienzo de toda poesía, abolir el funcionamiento y las leyes de la razón que piensa razonablemente, y trasladarnos de nuevo a la bella confusión de la fantasía.[3]

Para los románticos, la alusión a los mecanismos literarios aleja el texto de lo “auténticamente humano”. El escritor empeñado en manifestar la literaturidad erige un muro entre la figura del autor y su lector, rompe la empatía que debe conformar este vínculo de coautoría que fundaría una comunidad utópica en la que el autor diga y el lector escuche, es decir, acate.[4] Unamuno, al querer producir el texto pasional de la autenticidad, asumirá para sí la figura heroica que propuso Thomas Carlyle en 1841: en el mundo moderno, el hombre de letras debe ser el líder de su comunidad, el maestro, el vate, el profeta, el rey, es decir, dios.[5] El modelo de este hombre de letras es Jean-Jacques Rousseau, cuyas Confesiones —recordemos aquello de “escribo no todo lo que viví, sino todo lo que sentí”— guían la construcción del sujeto narrativo y las principales polémicas autoriales de Cómo se hace una novela, cuyo texto unamuniano recalca y fortifica las diatribas antiliterarias expuestas en Vida de Don Quijote y Sancho. La ceguera de Unamuno ante la retoricidad de su propio texto no le permite percatarse de un hecho irrefutable: Cervantes aportó un género literario, con puntuales instrucciones para su construcción y desconstrucción, y no solamente un par de personajes a la mitología literaria. Si acaso, la literaturidad, el verse amenazado en su existencia misma y en su autoridad como autor, produce en Unamuno una horrorosa angustia de la ficción.[6]

Don Quijote lee a Sancho un soneto de un librillo hallado en una valija. Cap. 23, 1ra parte. Ilustración de Gustave Doré.

Don Quijote lee a Sancho un soneto de un librillo hallado en una valija. Cap. 23, 1ra parte. Ilustración de Gustave Doré.

Donde Cervantes atisbó la necesidad impostergable de cuestionar las estructuras opresoras de la autoridad ideológica hecha letra, libro sagrado; donde se decidió a proclamar la ficcionalidad de sus textos y su propia falibilidad como autor, Unamuno decidió agarrarse con uñas y dientes al papel de escritor ávido de mantener en su lector una clara conciencia de su existencia como autor, como origen del enunciado, como persona viva que habla al oído y al alma, como autoridad pura (“ujier a la entrada de España”, se llamó a sí mismo en Cómo se hace una novela).

Los conceptos literarios unamunianos fundan un texto que apela al discurso como verdad, la carne hecha verbo. Su actitud hacia el estatuto de la literatura como representación, si no fuera tan feroz, habría que clasificarla bajo las distinciones de Schiller, en su texto Poesía ingénua, poesía sentimental, como texto ideal del primer romanticismo europeo. Niebla, con todo el interés que puede suscitar como juego metanarrativo, no deja de ser un grito desgarrador del autor que se aterra de que alguien le robe el control de su creación, aunque él, Unamuno, estuvo dispuesto a robarlo a Cervantes mediante su comentario Vida de Don Quijote y Sancho.

[1995]


[1] Gérard Genette. Palimpsestes: La littérature au second degré. Paris (Éditions du Seuil: 1982) 449-457.

[2] Dice Unamuno al final de Vida de Don Quijote y Sancho: “‘Para mí sólo nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir’, hace decir el historiador a su pluma. Yo digo que para que Cervantes contara su vida y yo la explicara y comentara nacieron Don Quijote y Sancho, Cervantes nació para contarla y para explicarla y comentarla nací yo…” Vida de Don Quijote y Sancho. Alberto Navarro, ed. Madrid (Ediciones Cátedra: 1992) 527-528.

[3] Friedrich Schlegel. “Alocución sobre la mitología”. En Fragmentos para una teoría romántica del arte. Antología y edición de Javier Arnaldo. Madrid (Tecnos: 1994) 203.

[4] Dice Unamuno en Cómo se hace una novela, al reaccionar a unos comentarios de Azorín: “Una ficción de mecanismo, mecánica, no es ni puede ser novela. Una novela, pasa ser viva, para ser vida, tiene que ser como la vida misma organismo y no mecanismo. Y no me sirve levantar la tapa del reló [para ver el mecanismo de la novela, según Azorín]. Ante todo porque una verdadera novela, una novela viva, no tiene tapa, y luego, porque no es maquinaria lo que hay que mostrar, sino entrañas palpitantes, calientes de sangre… el novelista no tiene que levantar nada para que el lector sienta la palpitación de las entrañas del organismo vivo de la novela, que son las entrañas mismas del novelista, del autor. Y las del lector identificado con él por la lectura… [Los novelistas no son relojeros] los mejores novelistas no saben lo que han puesto en sus novelas. Y si se ponen a hacer un diario de cómo las han hecho es para descubrirse a sí mismos… el novelista que cuenta cómo se hace una novela cuenta cómo se hace un novelista, o sea, cómo se hace un hombre. Y muestra sus entrañas humanas, eternas y universales, sin tener que levantar alguna tapa de reló… ¿Para qué se hace un novelista? Para hacer al lector, para hacerse uno con el lector. Y sólo haciéndose uno el novelador y el lector se salvarán ambos de su soledad radical. En cuanto se hacen uno se actualizan y actualizándose, se eternizan.” Cómo se hace una novela. Buenos Aires (Editorial Alba: 1927) 147-158.

[5] Asevera Carlyle: “[T]his same Man-of-Letters Hero must be regarded as our most important modern person. He, such as he may be, is the soul of all. What he teaches, the whole world will do and make. The world’s manner of dealing with him is the most significant feature of the world’s general position. Looking well at his life, we may get a glance, as deep as is readily possible for us, into the life of those singular centuries which have produced him, in which we ourselves live and work.” Thomas Carlyle. “The Hero as Man of Letters: Johnson, Rousseau, Burns”. On Heroes, Heroworship and the Heroic in History. Lincoln (University of Nebraska Press: 1966) 155.

[6] He aquí al pobre Augusto Pérez tratando de sobrevivir la tiranía narratorial y sucumbiendo a una indigestión masiva. Unamuno no sólo mata a Agusto: lo humilla. Así, se preserva su autoridad indiscutible como autor. Miguel de Unamuno. Niebla. Madrid (Editorial Cátedra: 1994).

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