Si para Homero la tierra prometida era la tierra poseída por la tradición y narrada por el aedo en tanto detentor de la memoria colectiva en un mundo cuya uniformidad estructural era meta deliberada de la comunidad, en “La ignorancia”, de Milan Kundera, la tierra prometida es siempre el espejismo de lo otro. Sólo si se abandona el pasado puede el individuo adquirir su espacio. Sólo si se resiste uno al Gran Regreso puede la vida asumir la forma vectorial de la flecha y sólo para alejarse cada vez más del punto de origen. La circularidad del mundo homérico, esa comunidad de acomodarse en lo conocido, nos está vedada. Y sobre esa condena a la desmemoria trata “La ignorancia”, dirigida a desmentir —sin duda con cierta nostalgia— ese falso afán de origen. En este contexto en el cual ya no hay identidad de propósito entre los que detentan la memoria histórica y los que detentan el discurso tradicional de la ley, ya no puede haber memoria. Kundera es pesimista, pero no importa. Esto también terminará por olvidarlo. La cultura de la memoria devendrá (siempre) la cultura de la desmemoria.

Bodegón con Teclado

por Lilliana Ramos Collado

“Y nuestros gestos imbéciles y locos para hacer revivir la salpicadura del oro de los instantes favorecidos, el cordón umbilical restituido a su frágil esplendor, el pan, el vino de la complicidad, la sangre de los esponsales verídicos.”

 —Aimé Cesaire. Cuaderno de retorno al país natal

Casi al comienzo de su Teogonía, Hesíodo enumera los nombres y los atributos de cada una de las nueve Musas y nos advierte cuán importante para la labor del gobernante es el don de una de ellas, Calíope, diosa de la épica:

“Esta es la más importante de todas, pues ella asiste a los venerables reyes. Al que honran las hijas del poderoso Zeus, y le miran al nacer, de los reyes vástagos de Zeus, a éste le derraman sobre la lengua una dulce gota de miel y de su boca fluyen melifluas palabras. Todos fijan en él su…

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