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por Lilliana Ramos Collado

Pintura rupestre africana.

Cazador. Pintura rupestre africana.

“La hondura del deseo no va por el secuestro del fruto…
El deseoso es el huidizo.”
José Lezama Lima, Llamado del deseoso

1.0 El tropo

En[1] las paredes de un cálido escondite rodeado de charcos y pantanos, el cazador Palés escribe su profecía: “Yo te maté, Filí Melé”. La escribe, imagino yo, junto a ocres bisontes paleolíticos, mientras “un tufo malsano / de cosa descompuesta en la marisma”[2] llena sus narices. La escribe como magia homeopática para asegurar el éxito de su empresa. La escribe como apertura al rito feroz del sacrificio. Porque la suya será una búsqueda asesina.

Esa búsqueda frenética se presenta en tres poemas que parecen mutuos invariantes: “Puerta al tiempo en tres voces”, de 1949, “La búsqueda asesina”, de 1954, y “La caza inútil”, de 1957. Los tres, pertenecientes al ciclo tardío y, según muchos críticos, lírico, de Palés, se hablan y se contestan, se miran uno en el otro y le dan forma a lo que veo como el tropo que estructura la obra palesiana: la cacería. Palés mismo la postuló así: “fundido tu huir a mi buscar”.[3]

Según apunta Mercedes López Baralt en una de las notas a su espléndida edición crítica de la poesía de Palés, la cacería tiene un gozne que la une, en infinidad de ángulos posibles de cierre o apertura, a su “autobiographia litteraria”[4], Litoral.

La introducción de esta novela inconclusa consiste, precisamente, en la narración de un sueño, del “sueño de siempre, el sueño que, desde niño, se repite invariable a lo largo de [su] vida.” El cazador Palés, agazapado detrás de las eneas, avista una bandada de aves posadas en “sincronizado movimiento” sobre charcas, que se le revela al narrador “con la fuerza inefable y mágica de un deslumbramiento”; les dispara y con el ruido “levanta una nube graznante y atropellada” de pájaros. Oye una voz sin cuerpo que lo felicita por su botín y, al echar a correr para “cobrar las piezas logradas en el cinegético bureo”, se queda “varado, hundido en esta tierra esponjosa”, sumido en una desesperada inmovilidad, mientras las aves huyen, inaprensibles, hacia el “espacio límpido”.

Varios elementos de este sueño emblemático son llamativos: la escena deslumbradora del movimiento sincronizado de los pájaros que luego se convierten en nube atropellada; el disparo que no se sabe si dio en el blanco; la voz “desde allá”, que lo llama y lo invita a recoger el botín de la caza, la inmovilidad frustrante del cazador hundido en la ciénaga; pantano versus cielo; humedad versus sequedad límpida; inmovilidad versus fuga.

Estas son las maclas significantes de la cacería palesiana. Procede que ahora hagamos lo que sugiere Palés, que:

[b]oguemos hacia los orígenes para hallarle sentido al sueño del abortado lance cinegético. Será un viaje incómodo y aburrido —incitación al sopor y al bostezo bajo un sol de canícula— por meandros accidentados de tedio, monotonía y miseria, con un fondo de paisaje fijo, achaparrado, constante[5]

Se trata de un viaje de cabeza al mundo poético de las Canciones de la vida media.

Arte rupestre levantino.

Cacería del alce. Arte rupestre levantino.

2.0 … del trasfondo de un sueño

          2.1. La ciénaga

Conocemos bien la topografía abismal, de melcocha fermentada y coagulada linfa, con la que dota Palés a su isla: “pozos de agua sorda y profunda”, “paisaje dormido turbiamente”, “mundo de sombras e instintos espesos”, “playa inmóvil”, “ciénaga”, “cavernas llenas de tenebrosos aposentos”, “tierras de soledad y agonía”, “un cielo fijo, inalterable y mudo”, “Miedo. Desolación. Asfixia”, “tierra estéril y madrastra”.

La fauna de la isla son ranas que sueñan en pozos, alcaldes adiposos, un “rebaño tedioso”, “gentes honorables y mansas”, náufragos que gritan a lo lejos en un barco que se hunde. Y el tiempo no es más que la eternidad atrapada en un marasmo oscuro y sofocante: “Como una gota densa y profunda, en la noche, la hora, remota, cae.”[6] Todo es presa del “delicado monstruo” baudelaireano: el hastío.

La huella de Baudelaire en Palés es obvia y no ha sido suficientemente estudiada. Leemos en el poeta francés: “Pero… entre los monstruos chillones… en el zoológico infame de nuestros vicios, hay uno más atroz, más malvado, más inmundo… que en un boztezo se tragaría el mundo. ¡Es es Hastío!”[7] Y en Palés leemos: “Abajo, en las cavernas / llenas de tenebrosos aposentos, los monstruos del hastío, los monstruos del hastío están durmiendo”. (“Lullaby”).

La voz quebrada del poeta francés, su alma de campana hendida (la cloche felée), se convierten en el croar afónico y profundo de la rana palesiana, esa rana que sueña hace mil años, como hace mil años sueña el sujeto poético baudelaireano del segundo “Spleen”. Y “el agua verde del Leteo” del tercer “Spleen” halla eco firme en “el gran silencio verde” palesiano (“Lullaby”). El “dolor desconocido” palesiano, probablemente vio su origen en dicho tercer “Spleen”, “Soy como el rey de un país lluvioso”.

Se preguntarán ustedes, ¿por qué este excursus a Baudelaire? La cantidad de citas baudelairenas en Canciones de la vida media es impresionante. Y me parece evidente que el arquetipo de la ciénaga palesiana como propuesta de hastío e inmovilidad está ya figurado en Las flores del mal, libro cuya edición castellana “no se le caía a Palés de las manos”.[8]

Escena rupestre en el Abrigo Grande de Minateda.

Cacería de cabras. Escena rupestre en el Abrigo Grande de Minateda.

          2.2. La escena deslumbrante del movimiento sincronizado

Paralela a la imagen de la ciénaga está la imagen plácida y esplendente del dolce far niente: la noche cómoda y hermosa de “Claro de luna” (“la noche de luna clara y tersa” del tiempo detenido), de la hora lenta y alargada. Es la imagen de la bienhechora monotonía del Capítulo XVIII de Litoral: la hora crepuscular de la tristitia rerum, del “tedium vitae que fluye del ocaso y se derrama en el espíritu….” Dice el narrador:

Si esta hora crepuscular durara para siempre, como isla dorada por el sol que agoniza, entre sus dos océanos de sombra. ¡Quedar así, hebetados, imbuidos en la dicha del minuto! ¡Y todo fijo, estancado, inmóvil¡ !Parar el tiempo; eso es; parar el tiempo para siempre alrededor de estos pinos melancólicos! ¡Y que allá, distante, continúe el tumulto con su áspero rumor![9]

Claramente, hay una correspondencia entre ese movimiento sincronizado que marca el estar-fuera-del-tiempo y que signa la complacida hebetude (la palabra que usa Palés viene directamente de Baudelaire), y la monotonía dura, amarilla y cruel que se presenta en poemas como “Topografía” y “Pueblo”, y que ya he tocado al hablar del hastío baudelaireano en Palés.

Escena rupestre africana.

Cazadores al acecho. Escena rupestre africana.

          2.3. El disparo que espolea el movimiento

Dos talantes contrarios suscita la ciénaga crepuscular en el sujeto poético palesiano de Canciones de la vida media, y cito de “Nocturno”:

Hay que estar quieto, quieto, pues cualquier ademán
tendría una alargada repercusión unánime[10]

y de “Pueblo”:

¡Piedad, señor, piedad para mi pobre pueblo!
Sobre estas almas simples, desata algún canalla
que contra el agua muerta de sus vidas arroje
la piedra redentora de una insólita hazaña…
Algún ladrón que asalte ese Banco en la noche,
algún Don Juan que viole esa doncella casta,
algún tahur de oficio que se meta en el pueblo
y revuelva estas gentes honorables y mansas![11]

Ocurre que la plácida rana palesiana, al igual que el sujeto poético de Baudelaire, “sueña con cadalsos mientras fuma su pipa”[12] en una aburridísima plaza de Guayama, escindida su conciencia batracia entre estarse muy quieta o producir la “alargada repercusión unánime” que arme el revuelo en el pueblo, lo saque del tiempo mítico, circular, repetitivo, y lo introduzca en el tiempo histórico del acontecer. Ese sueño de violencia es el que opera como mecanismo de cambio en el tropo de la cacería: revolcado el deslumbrante paisaje de aves, el sujeto poético desea lanzarse al movimiento delirante de la persecución.

Escena rupestre africana.

Ataque de los cazadores. Escena rupestre africana.

3.0 … la escapada Filí-Melé           

          3.1 Construcción de Filí-Melé

Que el cuerpo textual de Filí-Melé sea un rico y complejo corpus intertextual lo han establecido firmemente varios críticos de la talla de Margot Arce de Vázquez, María Teresa Babín, Mercedes López-Baralt, Eduardo Forastieri-Braschi, Rubén Ríos Avila, y Alfredo Villanueva Collado[13], entre otros. El nombre, inventado por Palés, está surcado por resonancias clásicas como Filomela (amante del canto), un testimonio de Palés según el cual Filí se refiere a la delicadeza y Melé a su sangre mezclada o mulata, hasta alcanzar sugerencias más vagorosas tales como la amante oscura (Forastieri) y el hilo de miel (López-Baralt). Habría que respaldar el sabio comentario de López Baralt, que ya se hace patente en la profunda caja de resonancia de este nombre:

La transformación —en el sentido del mito ovidiano— es una constante en la construcción de la heroína palesiana.[14]

Aportan a esta construcción textos de Ovidio (la mujer-árbol), Lope y Baudelaire, a quien veo mucho más cercano a Palés que el latino o el español. No sólo se nutre Filí-Melé del bello navío baudelaireano, lo cual atinadamente menciona López Baralt, sino de “La giganta”, “La belleza”, la “extraña deidad morena” de “Sed non satiata”, “La antorcha viviente”, la morena cruel de “Canción de la tarde”, y la morena hechicera de “A una dama criolla”, entre muchos otros poemas “morenos” de Baudelaire.

Como bien señala Forastieri Braschi en su erudito ensayo “Nigra sum sed formosa: una interpolación del Cantar de los cantares en la poesía del último Palés Matos”, hay una estrecha relación entre “Mulata-Antilla” y “Puerta al tiempo en tres voces”, ambos poemas de 1949. Es decir, entre los materiales de trabajo para la construcción de Filí-Melé, obran textos palesianos que el poeta deja conversar entre sí y que, para el lector avisado, forman un denso entramado intertextual.

Propongo que otro material que también pasa a formar parte de este constructo poético es la virgen, la mujer inmaculada que conserva su himen intacto, ya sea por su calidad remota, como la virgen princesita dariana de los Versos para María, o las agresivas y cachondas “Majestad negra”, y la protagonista de la “Plena del menéalo”, que, simplemente, recurren al ritmo como profilaxis para no dejarse coger. Creo que a esta virgen debe sumarse la imagen de la madrastra, la tierra dura e infecunda, cerrada a la inseminación, y por lo mismo, cerrada a cambio y al tiempo. Madrastras y vírgenes, horti conclusi. Diría Paracelso en el siglo XVI: “el cuerpo de la mujer es un recipiente cerrado”[15]. Oxímoron encantador: la mujer-receptáculo… sin orificios.

Propongo, además, que la suma de estos elementos —madrastra y virgen— va a ser crucial para la plena operación del tropo de la cacería. Sin la mujer cerrada no hay sacrificio.

Arte rupestre africano.

La caza de la jirafa. Arte rupestre africano.

          3.2. El sacrificio

En un texto seminal sobre el erotismo, Georges Bataille nos habla en detalle del sacrificio:

El desencadenamiento global del deseo de matar, que es la guerra, excede en su conjunto del terreno de la religión. El sacrificio que, por otra parte, es, como la guerra, una suspensión de la prohibición contra el asesinato, es el acto religioso por excelencia…. antes que nada, el sacrificio es tenido por una ofrenda[16]

El hombre primitivo, que vivía en una miasma originaria,  trazaba en la cueva el retrato del bisonte o del antílope muerto, para conjurarlo. Nombrar al animal en el cielo raso de la cueva era matarlo en el bosque, ruda transacción de la pintura rupestre que daba forma al tropo primitivo de la caza. El rito no era la caza física, verdadera, del animal, sino la inscripción del signo, del rasgo sobre la piedra: el instante detenido de la muerte del bisonte, prefigurada, profetizada. El cazador era, antes que nada, escritor.

Al avanzar la civilización, la cacería fue otra vez más allá de la mera necesidad alimentaria, y devino el rito civilizado de los caballeros: el deporte de la guerra en la paz (Ovidio). Y si a este deporte le sumamos la imagen occidental de la mujer como cuerpo animal, como carne por excelencia, tenemos el rito del amor cortés, en el que la guerra y la cacería amorosa se cruzan. Este amor cortés, de clara estirpe medieval, da pie a lo que llamamos “lírica”.

Ahora bien, ¿es la guerra-cacería del amor cortés lo que postula Palés como poética? Propongo que no.

4.0 La cacería palesiana: un ars poética

Habría que comenzar este último giro del ensayo citando a Lacan: “Todo acto fallido es un discurso logrado”. Lacán, claro está, se refiere al momento en que el niño, una vez transpuesto el umbral de la castración por la ley del padre, pasa del ser al tener, y se embarca en una misión imposible: recuperar (volver a tener) el objeto perdido de su deseo (el retorno a la madre), que no es otro que el deseo del deseo de otro (la madre), eternamente reflejado en sí como sujeto insertado en un lenguaje que lo rebasa. A la ruta de esa búsqueda llama Lacán el “desfiladero de las palabras” dado que el instante de la castración y de la inserción del niño en el lenguaje son el mismo. El niño sólo podrá regresar al seno materno con la muerte. Sembrado al morir, regresará a la madre (tierra) sobre la cual, en vida, no habrá cesado de correr, nómada,[17] de un significante al otro, porque alcanzar el signo completo, estable, es imposible. El significado, objeto perdido perennemente postpuesto, una y otra vez se le volverá significante en los labios.

Para Palés, la búsqueda es, como diría Vanessa Droz, tierra sin promisión: “acción frustrada”, “cacería inútil”, “íntima tensión”, “fundido tu huir en mi buscar, gracia del arte que a órbita amorosa nos ha uncido.” Y tras de todo esto resuenan dos versos-fulcros: “fiel fugada, Filí-Melé abolida” y el enfático “Yo te maté, Filí-Melé.” Se trata del asesinato ritual del significado. También aquí hay un fuerte eco de Baudelaire:

Te adoro igual que a la bóveda nocturna,
oh, vaso de tristeza, oh gran taciturna,
y te amo más, bella, cuanto más me huyes

¡Me lanzo al ataque y trepo a los asaltos
como tras de un cadáver un corro de gusanos...[18]

El tropo de la cacería como búsqueda asesina nos hace pensar en una frustración voluntaria que, al borrar el cuerpo de la mujer, lo cierra, lo dota de un “pubis angelical”, blanca pared que la pluma (penis/penna) dolorosamente erecta, tumefacta, del sujeto poético, no puede inseminar, sino apenas rocear con tinta en sacudidas espasmódicas, una inacabable eyaculación diseminada sobre la superficie vacía y tersa de la página blanca. Pared impenetrable que garantiza el deseo incesante, insatisfecho para siempre.

Construida con doloroso cuidado para ser borrada como signo y apenas ser significante que el sujeto poético empuja por el desfiladero sin fondo de la poesía, Filí-Melé es espejismo, otredad espectral, o como la llama Palés: “catedral de ceniza, árbol de niebla”.

Filí-Melé no es, pues, la bella cautiva en pie de fuga, sino la escena del cautiverio. Quedarse en el charco que es el cuerpo de Filí-Melé, quedarse varado en un barco-antilla que se hunde, quedarse adherido a la tierra con la melaza que exuda el cuerpo de la majestad negra y de la mulata antilla, quedarse uncido a los filí de melé, quedarse a fecundar a la madrastra, en suma, inseminar, es lo contrario de escribir, de diseminar. Palés ya lo presentía en “Humus”:

Estoy completamente solo frente a mi abismo…
¡Qué horror, que aroma rancio!
….
¿Y para qué seguir? Ya ni siquiera
tengo deseos de escribir…
escribir, escribir, sería la manera
de salir
a la luz de la inútil primavera[19]

versos que, en “El llamado” se instalan en el tropo de la cacería:

Miro esta dulce fábrica rendida
cuerpo de trampa y presa,
cuyo ritmo esencial como jugando
manufactura la caricia aérea,
el arrullo narcótico y el beso

Y me digo: Ya todo ha terminado.

Me llaman desde allá

Mi nave aparejada está dispuesta.[20]

Tierra, abismo, fábrica, trampa y presa narcótica se conjugan para insistir en el tropo. El monstruo del hastío y el menstruo de la mujer se corresponden. Ya lo decía Lezama Lima: “El deseoso es el que huye de la madre”. Palés no viene a buscar los frutos del cuerpo y de la tierra, los frutos de la madre, sino acaso los frutos de Onán: la máquina deseante sólo busca la palabra. A la hora del deseo desatado, Filí-Melé queda sacrificada, ex-voto del poeta en el altar del verso.

Pintura rupestre africana.

Cazadores en busca de su presa. Pintura rupestre africana.

5.0 Final

Distinto a los planteamientos de Arce de Vázquez, López-Baralt, Ríos Avila (“Al fin, no es el poeta el que se libera de Filí-Melé, sino Filí-Melé la que se libera del poeta”) y Forastieri Braschi, no estamos ante la culminación de la poesía palesiana bajo la guisa de la poesía lírica (elegíaca o cortesana) del amor frustrado, sino ante una cuidadosa ars poetica. Estamos, de hecho, ante una poesía de despedida del cuerpo, conmovida y desalmada. Ante el llamado, el poeta, el huidizo, parte, dejando atrás el significado cuyo pálpito se va perdiendo en la borrosa lejanía.

Cierto es que la borradura de Filí-Melé como significado de esta poesía elusiva, desbarrancada voluntariamente por el desfiladero de las palabras, no viene sin dolor y sin lágrimas (¿acaso no es elocuente el dolor que ocupa todo el territorio de la obra palesiana?), pero el “hilo de la estrella” puede más que el “hilo de la miel”. Por eso, en la caverna de su tierra estéril y madrastra, Palés escribe, “Yo te maté, Filí-Melé”, para comenzar.

Pintura rupestre sudamericana.

Cueva de las manos, Argentina. Pintura rupestre.


[1]Este ensayo fue originalmente una conferencia leída en el XVI Encuentro Caribeño: Fugas y reconfiguraciones, 26 de marzo de 1996, Departamento de Literatura Comparada, Facultad de Humanidades, UPR Río Piedras. Publicado luego en la revista Nómada: Creación, Teoría, Crítica, Núm. 3, nov. 1997, pp. 8-12.

[2]Luis Palés Matos. “Topografía”. Canciones de la vida media. La poesía de Luis Palés Matos. Edición crítica a cargo de Mercedes López-Baralt. Editorial de la Universidad de Puerto Rico (San Juan: 1995) 422. Este ensayo mío es un pequeño homenaje al trabajo editorial extraordinario de la López Baralt sobre la obra de Palés.

[3]Palés, “La caza inútil”. La poesía de Luis Palés Matos, op.cit. p. 645.

[4]Luis Palés Matos. Litoral, Reseña de una vida inútil, Novela. Luis Palés Matos: Obras 1914-1959, Tomo II: Prosa, Introducción, Bibliografía, Indices y Notas de Margot Arce de Vázquez. Editorial de la Universidad de Puerto Rico (Río Piedras: 1984) 19.

[5]Ibid., pág. 20.

[6]Para una breve antología de los versos del tiempo detenido en Palés, véase J.I. De Diego Padró, Luis Palés Matos y su trasmundo poético. Ediciones Puerto (Río Piedras: 1973) 63. Sobre el tedio palesiano, en general, el sugerente aunque muy incompleto ensayo de Susana Matos Freire, “Luis Palés Matos, poeta del tedio”. Mairena, Año I Núm. 1. (1970) [s.f.].  Ver la elaboración posterior de este tiempo sofocante y detenido en el capítulo XVIII de Litoral, “Regreso al pueblo: proyectos”, op. cit., pág. 95.

[7]Charles Baudelaire, “Al lector”. Las flores del mal y otros poemas. (Edición bilingüe) Traducción, prólogo y notas de Lilliana Ramos Collado y Maribel Pintado Espiet. Editorial de la Universidad de Puerto Rico (San Juan: En prensa) [4].

[8]Se trata de un recuerdo de Ana Mercedes Palés diligentemente recogido en una nota de Mercedes López-Baralt en su edición crítica ya citada.

[9]Litoral, op.cit, pág. 95.

[10]La poesía de Luis Palés Matos, op.cit., pág. 420.

[11]Ibid., pág. 424.

[12]Baudelaire, “Al lector”, op.cit.

[13] Margot Arce de Vázquez. “Puerta al tiempo en tres voces”. Revista de la Facultad de Humanidades. I, 1 (1972): 9-30; María Teresa Babín. “‘La búsqueda asesina’. Glosa de cinco poemas de Luis Palés Matos”. La Torre 29-30 (1960): 217-232; Mercedes López-Baralt. “Filí Melé abre la muralla: Ovidio y la coherencia de la poesía palesiana”. La Torre (NE) VII (27-28) Vol I (jul-dic, 1993): 529-550; Eduardo Forastieri-Braschi. “‘Nigra sum sed formosa’. Interpolación del Cantar de los cantares en la poesía del último Palés”. Confluencia IX (2) (Spring, 1994): 26-32; Rubén Ríos Avila. “La risa cómica de Palés: identidad y cuerpo”. La Torre (NE) VII (27-28) Vol I (jul-dic, 1993): 559-576; Alfredo Villanueva Collado. “Filí-Melé: símbolo y mujer en la poesía de Luis Palés Matos e Iván Silén”. RevCR (Fall, 1982): 4.

[14]Mercedes López-Baralt, “Filí-Melé abre la muralla”, op. cit., pág. 538.

[15]Paracelso. Textos esenciales. Ediciones Siruela (Madrid: 1995) 77.

[16]Georges Bataille. “El asesinato y el sacrificio”. El erotismo. Tusquets Editores (Barcelona: 1992) 114.

[17]Francisco José Ramos. “Del qué al cómo (a propósito del nomadismo)”. Nómada. Núm. 2, octubre (1995) 3-6.

[19]Baudelaire, [Poema] XVIV, op.cit.

[19]La poesía de Luis Palés Matos, op.cit., pág. 434.

[20]Ibid., pág. 635.