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por Lilliana Ramos Collado, Ph.D.

“Para descubrir a un burócrata
plantéale un problema ideológico.

El rostro del problema
no se reflejará en el burócrata.
El rostro del burócrata
no se reflejará en el problema.”

—Roque Dalton, Un libro levemente odioso

Pudiera decirse que la de Dalton es una buena definición para los lectores contemporáneos de la máquina satírica de Jonathan Swift en su texto The Battle of the Books [lector, para una sinopsis del texto, pulsa aquí: http://en.wikipedia.org/wiki/The_Battle_of_the_Books ] titulada en traducción española La batalla de los libros. [y si quieres leerlo completo, pues es un texto divertido y breve, pulsa aquí para obtener el pdf en inglés: http://pinkmonkey.com/dl/library1/digi482.pdf ].

Esta breve sátira de Swift narra la batalla —en la venerable biblioteca de St. James— de los libros antiguos contra los libros modernos. Así el autor se integró a la más famosa polémica de fines del siglo XVII en Europa, conocida como “la querella entre antiguos y modernos”. La batalla surgió en la Francia academicista entre los seguidores de Nicolas Boileau —que entendían que los autores “modernos” debían imitar a los autores “antiguos”, y apoyar la autoridad de esa autoría (y valga la redundancia)— y los seguidores de Charles Perrault (ahem, autor de La Caperucita Roja…) —que defendían la literatura “moderna” y que afirmaban que los verdaderos “antiguos” eran los modernos pues se encontraban en el final de los tiempos con las manos llenas de una enorme erudición acumulada por los siglos de los siglos. Sin duda, el de los modernos era el mejor argumento, en vista, precisamente, del enorme progreso en las ciencias, la mayor divulgación y discusión de los textos de todas las épocas, y la pertinencia inmediata de los textos modernos a los tiempos modernos. Swift decidió representar esta querella de forma literal, y puso los libros mismos a pelear a espaldas y en ausencia de los seres humanos.

¡¡¡Imagínense hoy, en la destartalada Biblioteca Carnegie a la entrada del Viejo San Juan, una lucha a muerte entre La Charca, de Manuel Zeno Gandía, y Barataria de Juan López Bauzá, o entre los poemas suspirosos de María Bibiana Benítez y la afirmativa poesía lesboerótica de Nemir Matos Cintrón o de Aixa Ardín!!! E imaginen, al final, los cadáveres de los libros derrotados —fragmentos de páginas arrancadas, letras destripadas, el lomo doblado— todos regados por el suelo, y los críticos literarios haciendo fiesta y, de una vez, reciclaje de papel… Ya Cervantes había quemado libros en su Quijote, y Bradbury en su Farenheit 451. Pero, créanme, ver libros tajeados, desgarrados o achicharrados no es nada alentador… pero vamos a Swift, el más cruel de los asesinos de libros…

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Ilustración de la batalla de los libros en la edición original de The Battle of the Books, the Jonathan Swift.

Ubicados necesariamente en el tiempo de los “modernos”, en su hoy de 1697 (supuesta fecha de redacción del texto) y de 1704 (fecha en la que se publicó anónimamente), los lectores de The Battle of the Books no se vieron —para usar la frase de Roque Dalton en mi epígrafe— en el manuscrito encontrado del historiador anónimo. Nos advierte el autor desde el comienzo:

La sátira es una clase de espejo en que quienes se miran ven reflejado el rostro de todos menos el suyo; esta es la razón principal por la que halla tan favorable acogida en el mundo, y la razón por la cual tan pocos se muestran ofendidos con ella.

Es así que este autor anónimo, desde el prefacio mismo de su texto, parece establecer el género al que su texto pertenece —la sátira— y el tipo de lector que el mismo reclama o define: se trata del segundo excluido, la víctima del chiste a costa de quien el chiste se enuncia y de quien se ríen el emisor y un tercero que no es otro que el público que asiste al acto de comunicación del emisor. Es decir, en su definición de sátira, el autor anónimo propone un lector virtual, ingenuo, que el lector empírico debe imaginar diciendo, cada dos oraciones, “I don’t get it. I don’t get it!!!”.

El lector empírico, testigo de esta comunicación —o más bien, falta de comunicación— virtual, entre el narrador anónimo y su lector imaginario, será también testigo de cómo el rostro de dicho lector no se refleja “en el problema”. Los apuros de este lector virtual serán el gatillo que dispare la risa de nosotros, los lectores hors du texte. Entre el narrador que pretende ser el autor anónimo, y nosotros los lectores empíricos, parece cruzarse, a través y a pesar del tiempo, una guiñada.

Luego del “Prefacio del Autor”, tenemos un segundo movimiento prologal, vestido con las galas de un híbrido entre sermón y discurso, en el cual el “autor” establece la tropología o thema de su texto, la sentencia o verdad irrefutable de la cual lo que sigue será la prueba retórica: “la guerra es hija de la soberbia, y la soberbia hija de la riqueza” (p.199). El autor parece tener la voluntad de imitar, de forma bastante sistemática, los parámetros del sermón letrado, que a su vez —y lo sabemos por la historia misma de la retórica— imita los esquemas de la retórica clásica, según estructurados y clasificados por rétores como Cicerón y Quintiliano. Nos choca, no obstante, el descubrir, casi de inmediato, que la amplificación del thema del discurso o sermón se deshace rápidamente en una serie de disparates ideológicos que parecen poner en tela de juicio precisamente el juicio y la sensatez de la sentencia o thema, y del “autor” mismo. El texto avanza tan torpe como su autor, y nos va sumiendo en la confusión. Bueno, en realidad, en la desesperación.

Derrotado por su falta de aptitud para el entimema o prueba intrínseca, nuestro “autor” finalmente se decide a continuar su exposición del thema mediante la prueba extrínseca bajo la guisa de exempla —narraciones, parábolas y fábulas—. Estos ejemplos narrativos no serán otros que los distintos relatos de la famosa disputa entre los antiguos y modernos, cuya disputa comenzó, valga decirlo, “hors du texte”, en 1689 en Francia y siguió empollándose —amarga, virulenta, bochinchera— en la Inglaterra de Swift.

Nuestro autor anónimo comienza su prolijo y supuestamente histórico recuento de la batalla entre los libros antiguos y los libros modernos con una disputa territorial:  se trata del derecho de propiedad sobre la más alta de las dos cumbres del Parnaso, hogar de los escritores de ingenio. Aunque, como lectores, no estamos seguros de si nos encontramos ante una imago retórica o ante un hecho histórico, es claro que el fracaso de los modernos en su asalto a la cima del Parnaso desata una “larga y porfiada” guerra en la que antiguos y modernos medirán sus armas naturales: la tinta, las plumas… y el excremento.

Grabado que representa el proceso de preparar plumillas. Siglo XVII.

Grabado que representa el proceso de preparar plumillas. Siglo XVII.

Este trasfondo histórico o primera gran imago retórica que nos ubica en el problema originario —el reclamo de un territorio— está seguido a su vez por otro episodio que también se propone como la puesta en escena de imagines retóricas: la abeja y la araña, y la discusión entre ellas. No debe extrañarnos que, después del acalorado ejercicio de disputatio en esta augusta biblioteca —templo, o almacén, o cementerio, o prisión del saber (depende desde en qué nivel se la lea)—, sea Esopo el que la recoja y la interprete para el público (¿los libros en guerra? ¿el lector virtual? ¿el lector empírico?). Está claro que Esopo, escritor de fábulas, ha tomado ésta —la de la araña y la abeja— del “natural”, adjudicándole a cada uno de estos animales un status emblemático: la horrible araña representa a los modernos y la industriosa abeja, of course, a los antiguos.

Como último paso preparatorio, nuestro anónimo historiador pasa a describir los ejércitos respectivos de antiguos y modernos: se trata de libros ubicados en la Biblioteca de Saint-James. Según el “autor”, cada libro es su autor y el alma de cada autor vive en su libro correspondiente.

Expuesto así el origen de la disputa, definidos los ejércitos, estipulados sus emblemas y enarbolados sus pendones, está listo el autor anónimo para entrar en materia: la batalla de los libros propiamente. La naturaleza burlesca de la misma, y la obvia parcialidad de este supuesto historiador imparcial ya la hemos leído y conocido. De hecho, una lectura literal de este texto nos lleva a concluir, con cierta alegría y desahogo, el triunfo de los antiguos, a pesar de la mutilación del manuscrito y del hecho de que el libro titulado The Battle of the Books no tiene final.

Pero una lectura un poco maliciosa arrojaría más pus, quiero decir luz, sobre el texto. Comencemos, pues, a escrutar sus marcos y niveles para medir la extrañeza, el relativismo, la confusión.

8729_35Porque podemos decir que el texto tiene varios niveles. Si vamos en cuenta regresiva, el nivel más profundo parece ser el nivel literal de la batalla física y tangible entre los libros de la biblioteca de Saint-James —de cuya veracidad da fe la “Nota del Librero al Lector” (“Debo advertir al lector que se guarde de aplicar a las personas lo que aquí se da a entender de los libros en el sentido más literal”). El segundo nivel —el alegórico— lo constituye la conexión que puede establecerse entre la prosopopeya de los libros, y los escritores antiguos y modernos que luchan por la cima del Parnaso. El tercer nivel, el tropológico o moral, nos ubica en la postulación del thema sobre los motivos y los resultados de la guerra. El cuatro nivel, el anagógico, aquél que nos promete el sentido de un final y que se ubica en la cima del eje paradigmático del esquema hermenéutico de este anónimo autor, es, precisamente, la voluntad de historia que le daría la victoria a los antiguos si el manuscrito de La batalla de los libros no se hubiera deshecho en el tiempo. Nos extraña, no obstante, que de batalla tan “decisiva” y ocurrida hace tan poco tiempo, no quede ya otra noticia que este crudo manuscrito mutilado. Cervantes aquí resuena por todas partes…

Los niveles de la interpretación tienen su correlato en la estructura de caja china en la que los géneros retóricos aquí convocados se presentan insertados (y hasta contaminados) unos en otros. En el nivel más profundo tenemos de nuevo el recuento histórico-literal de la batalla de los libros, es decir, la crónica o “verdadera narración”; en el nivel alegórico tenemos la parodia de la dicción la épica homérica —y aquí recojo la brillante exposición de Hugo Rodríguez Vecchini sobre la parodia como alegoría irónica—; en el nivel tropológico o moral se ubica la sátira —como género de naturaleza moralizante y didáctica; y el nivel anagógico está regido por el tópico del manuscrito encontrado cuya propia extinción constituye un comentario sobre el destino de la literatura y su especificidad temporal. Es decir, el libro en extinción nos da la idea de que cada libro está hecho para su tiempo, y si se saca fuera de su tiempo, simplemente, se muere.

Curiosamente, en cada nivel se libra una batalla y, en cada nivel, el vencedor es diferente.  En el nivel literal vemos a los modernos caer en el lodo de la ignominia desde caballos flacos y castrados. Sus numerosas huestes son diezmadas por escasos aunque valerosos antiguos. Uno a uno, los modernos son vencidos. No obstante, la parodia homérica, constituida por la incompetente imitación que el autor anónimo intenta hacer de Homero, desinfla el género antiguo por excelencia —la épica—. Con la ridiculización de la épica como modelo literario y como imaginario epocal, habría que apuntarle una victoria a los modernos.

Ilustración de un amanuense frente a su atril. Siglo XVII.

Ilustración de un lector frente a su atril. Siglo XVII.

No obstante, al llegar a la sátira, comprobamos que es el lector virtual, el moderno contemporáneo del autor anónimo, el tonto que no puede verse en el espejo textual. El autor anónimo, obvio partidario de lo antiguo, ridiculiza y vence a su lector al proponerlo como víctima de su chiste. El cuarto nivel, el del manuscrito en extinción, deja la puerta de la ambigüedad abierta de par en par: este texto moderno de un autor partidario de lo antiguo, este texto polémico, se va deshaciendo. ¿Se destruye porque es moderno o se destruye porque es partidario de los antiguos? Nunca lo sabremos. Los contrincantes parecen quedar empatados.

Ahora bien, la estructura de este texto no es tan nítida como la he postulado hasta aquí. La frontera entre los diferentes niveles tiene huecos por donde la substancia de un nivel se vacía en el otro, para contribuir a la contaminación y confusión generales. Por ejemplo, la destrucción del texto en el nivel más externo está pronosticada en el nivel más profundo, literal, de la batalla de los libros:

Un espíritu inquieto ronda cada libro hasta que el polvo o los gusanos se han adueñado del mismo, lo que a algunos puede sucederles en pocos días y a otros tras haber transcurrido largo tiempo.

Y en la lectura alegórica de la prosopopeya nos encontramos a Esopo en medio de un proceso de inventio: descubriendo, en la “naturaleza”, silvestre y lista para ser usada en la literatura, la fábula de la araña y la abeja. Descubrimos también que el lector virtual, imaginado por el autor anónimo como víctima de su contubernio con el lector empírico, parece ser el librero, que es supuestamente de carne y hueso: es él quien encuentra y publica el manuscrito encontrado y es quien nos invita a una lectura literal, no satírica, del mismo. Es decir, como marco de la narración entera tenemos el discurso del segundo excluído, de la víctima del chiste. What?

No cabe duda de que éstos y otros orificios comunicantes irritan al lector (empírico, es decir, a nosotros, que ya estamos hartos de tanta complicación) y suscitan en él (en nosotros, víctimas del fastidio) la nostalgia de una frontera clara. Acaso sea esta irritación una condición sine qua non para indicarnos, precisamente, la existencia necesaria del texto modélico como telón de fondo para ejercer la lectura paródica.

Porque, de hecho, si nos elevamos por encima de toda esta risa y confusión nos encontramos ante una profunda meditación sobre, si se quiere, las propiedades de la literatura, cuya meditación se desarrolla mediante la compleja máquina de la parodia. La parodia, en este caso, de aquel híbrido de que ya mencioné entre el sermón letrado y el discurso de la retórica clásica. La cadena hermenéutica que da forma a dichos modelos es, precisamente, el objeto de la parodia que busca demoler las vías principales por las cuales se va en busca de la “verdad” en Occidente. Incluso, el haber insertado la sátira moralizante dentro de un esquema más general de parodia, relativiza cualesquiera postulados morales que se hubiera querido tratar de exponer… y defender. La parodia trae constantemente ante nuestros ojos el rejuego de la alteridad de los discursos que sirven de pivote al texto del autor anónimo. Y para demoler estos modelos ha bastado la mera insinuación de dicha alteridad, el fracaso de la imitatio. En palabras de Hugo Rodríguez Vecchini en su sagaz ensayo sobre la sátira y la parodia,

No es tanto que la parodia no sea la expresión de cierta verdad general, sino antes bien que la naturaleza crítica de esa modalidad retórica, agenérica, es uno de los medios más efectivos de hacer que haga crisis la pretensión de la verdad universal. El conocimiento negativo que viabiliza la depravación paródica —ese llamar la atención sobre la retórica ciega del objeto de la desfiguración— es el resultado de una sustitución irónica y una ejecución autoreflexiva que, en lugar de pretender reemplazar las autoridades antiguas, solicita el entendimiento de su alteridad y de su crítica intertextual, a primera vista ilegibles.

Un libro antiguo carcomido por el comején. Museo del Libro, Roma.

Un libro antiguo carcomido por el comején. Museo del Libro, Roma.

Este texto se nos presenta, pues, como la historia del fracaso de una imitación que intentó hacer un torpe admirador de los antiguos. Su texto pretende representar a otro y termina siendo, supuestamente sin querer, su imitación crítica, su parodia, su espejo deformante. Pero como, irónicamente, él mismo advirtió, se trata de un espejo para el vampiro, el espejo para el otro texto, el autoritario, el modélico, el burocrático atento a las formas consagradas, el texto que cree que no se ve en el espejo levantado ante él. Al final de esta larga cadena de contradicciones y oscuridades, resulta ser que quien no se ve, y a costa de quien se hace el chiste, es dicho autor anónimo, perdido y solo en la arena circense y carnavalesca de la parodia. Su feroz ambigüedad nada deja en pie. Por eso, nunca sabremos quién ganó la batalla de los libros. Y, seguramente, no importa.

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