por Lilliana Ramos Collado

“Io ritornai da la santissima onda
rifatta sì come piante novelle
rinovellate di novella fronda,
pura e disposta a salire a le stelle.”
—Dante, Purgatorio XXXIII, vv. 142 – 145

Fragmento de un poema de Safo.

Fue Italo Calvino quien formuló estas palabras, pero no como una pregunta, sino como el título de una explicación: “Por qué leer los clásicos”. Se trata de un artículo de 1981, publicado póstumamente en el libro homónimo. En él, Calvino propuso una lista anotada de definiciones de clásico, que contestarían la pregunta, “¿Qué es un clásico?” De modo que, para Calvino, las definiciones mismas de clásico —14 en total— constituirían las razones para dedicarse a la lectura de los llamados clásicos.

Por ejemplo, “Los clásicos  son los libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.” Nótese la preocupación de Calvino en cuanto a cómo llegan los clásicos a influenciarnos: ya sea que se nos impongan por decisión voluntaria de acercarnos a ellos leyéndolos; ya sea porque la cultura nos los remite incesantemente como actitudes, modos de conducta—pienso en el uso generalmente correcto de adjetivos como quijotesco o kafkiano— o paradigmas para entender nuestro entorno. Así, Calvino nos propone que “Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o, más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres)”.

Una de las páginas iluminadas de "La ciudad de las damas", novela de Cristina de Pizán.

Por lo tanto, “Los clásicos son esos libros de los cuales se suele decir: ‘Estoy releyendo…’ y nunca ‘estoy leyendo’ ”. Y esto por dos razones: por un lado, y así lo afirma Calvino, nadie admite no conocer un clásico, sobre todo, nadie cuya profesión implique el manejo diestro de un acervo cultural rico y complejo. Lo cierto es que no es necesario confesar que no hemos leído este u otro clásico: compartimos, a fin de cuentas, la tradición que los contiene como puntales, como paradigmas e incluso como ruido de fondo. Por eso, no puede más que afirmar que, “Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura”, y es que, como formadores de cultura, los clásicos se encuentran diseminados en la cultura, y desde ella nos llegan como un rumor, como lo que se aprende de oídas.

Y precisamente porque, para Calvino, el “clásico” es clave en nuestra actividad hermenéutica como comunidad frente al mundo, puede decir: “Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.” No puede escapársenos la cercanía de esta definición a la definición de epopeya que nos da Hegel en su Estética: “En cuanto a la epopeya, tiene por asunto una acción pasada, un acontecimiento que, en la vasta extensión de sus circunstancias y en la riqueza de sus relaciones, abraza todo un mundo, la vida de una nación y la historia de una época entera.” Ocurriría entonces que un clásico à la Calvino (así como una epopeya à la Hegel) sería algo así como el aleph borgeano, la obra en la cual todo se sume y que puede llegar a desplazar o a substituir el universo o, al menos, aquello que resulta paradigmático de éste. Claro está, y sigo a Hegel, el clásico surgiría pasada la vivencia, en una época en que aquello que constituía el universo y lo convertía en kosmos u orden carecía ya de inmediatez y era recuperado desde el espacio de la pérdida o de la nostalgia. De ahí que los clásicos nos remitan a un universo, pero a un universo perdido cuyas señas luchamos por retener, que aún nos abarca y nos explica.

Por esto, Calvino no puede más que proponer: “Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía”. Aunque siempre postlapsario, el clásico nos remite al origen, como si su producción fundara siempre una genealogía de clásicos, y como si los clásicos se ordenaran siempre para formar una tradición, un canon. Y como tradición, reverberan a través de los pliegues de la cultura, insidiosos, callados, pero firmemente presentes hasta en la más abyecta cotidianidad. Por eso, estos textos que se ubican en el origen resultan ser tan actuales e inesperados, y es por eso que, como indica Calvino, “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”: se trata de un texto que apela a públicos sucesivos y a culturas diferentes porque florece en el humus de nuestro entendimiento como una suerte de semiosis infinita, como una interpelación nunca clausurada. El texto del origen sigue vigente por plural y por parlero.

Y precisamente por su actualidad, por su semiosis desatada, el clásico nos interpela hoy  e interpela a cada cual como lector individual. Si bien los paradigmas de lectura son epocales como lo es la expectativa de lo que un buen libro puede ser, la peculiar apertura del texto clásico acomoda las más variadas idiosincrasias, y tolera los mayores dislates y desvíos en la actividad hermenéutica del lector. Ante los ojos de cada uno de nosotros, el clásico se esponja, se expande, pierde sus bordes, abole las definiciones duras, cancela todo intento de constitución cierta del autor como conciencia determinante y nos permite reposicionarlo ad infinitum. Por eso es fácil decir que el clásico es un texto en constante renovación: siempre insólito e inédito; siempre original, originario, originante. Como diría Umberto Eco (si se le hubiese ocurrido), el clásico es una opera aperta.

¿Y qué leemos en el texto clásico? Vale la pena echar mano de una hermosa y retante definición que nos da Borges: “Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo del tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término. Previsiblemente estas decisiones varían.” Por eso la pesantez del texto clásico, su naturaleza estatuaria, monumental; pero también por eso la frecuente intraducibilidad de los clásicos de una cultura a otra. Y por esa extraña intraducibilidad, queda siempre abierto, mutable, al ser transportado a la cultura Otra en la cual la mala lectura, la lectura incorrecta, habrá de enriquecerlo.

Cada comunidad realiza su expresión definitoria mediante el texto que ella determina como su clásico. Claro está, el texto se produce y circula, y es en esa azarosa circulación, necesariamente accidentada, que la comunidad de lectores —una de esas llamadas comunidades imaginadas— se reconoce en el texto que dicho reconocimiento convierte en clásico. Aunque, y así lo consigna Borges, los clásicos se apegan a su cultura y a su época, y tanto los textos como la idea misma de lo clásico sufren formidables sacudidas y transformaciones. Por eso la clásica explicación que nos da Borges de estos libros o autores paradigmáticos en su ya clásico ensayo sobre ese clásico autor del clásico siglo XX: Franz Kafka: “El hecho es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro.” Y esto vale sobre todo para los llamados autores o textos clásicos: se constituyen como encrucijadas, como hitos, como goznes que resignifican la relación entre lo pasado y lo futuro, entre la tradición y su ruptura.

Ahora bien, no hay paradigma sin transgresión. Por eso también afirma Borges: “Las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios pueden variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que los reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre.” Pero, pregunto yo, ¿acaso no basta la nueva lectura para renovar al clásico? Quizás incluso baste leerlo mal, apropiárselo, recrearlo retrospectivamente como “precursor”. Porque la denominación de un texto como clásico siempre ocurrirá en su vida futura. Rara vez puede anticiparse la categorización de un texto como clásico. Y aquellos que suelen venderse desde el principio como clásicos rara vez resisten la prueba del tiempo, rara vez retienen una inteligibilidad póstuma. Sí, los clásicos se agotan… ¿Qué hacer, entonces, para que el clásico no se nos “gaste”? Invocarlos, provocarlos, desbocarlos.

Quizás me desconcierte precisamente ese desgaste al que se enfrentan, tarde o temprano, los clásicos. ¿Debemos leer los clásicos? ¿Debemos releerlos, darles una enésima oportunidad de inteligibilidad, sacarlos por un rato de esa jaula de la tradición y devolverles su original precariedad, su falta de certidumbre de llegar a ser clásicos, negarnos a aceptar su carácter “deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”, como dice Borges? Lo que deseamos hacer es dinamizar los clásicos, reconsiderar su pertinencia, desnaturalizarlos para que cada vez más lectores puedan acceder a estas lecturas desde muchos contextos diferentes que enriquezcan nuestra experiencia personal y colectiva de la cultura.

Quizás el arte no sea otra cosa que el síntoma de nuestra perenne inconformidad con lo real, la manifestación de nuestro deseo de añadir algo que no estaba: nuestra versión propia de cosas, hechos y sensaciones. Dejar nuestra marca. Y dentro de esa insistente inconformidad, el clásico quizás sea una suerte de segunda naturaleza, un punto fijo y cierto desde donde observar y comentar “the everlasting universe of things”, según Percy B. Shelley (ese gran poeta del Romanticismo clásico) describió el mundo. El clásico —que pudiéramos considerar como el más natural (o naturalizado) de entre los textos del artificio— no hace más que manifestar nuestra búsqueda de un mundo ordenado, nuestra añoranza de un texto cabal y completo que dé cuenta del universo entero.

Quizás le exigimos demasiado al clásico. O quizás haya siempre una hermosa y profunda frivolidad en acercarnos a él, como recuerda Calvino uno de los pasajes más conmovedores del Fedón de Platón: “Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para la flauta. ‘¿De qué te ha de servir?’, le preguntaron. ‘Para saberla antes de morir.’ ” Quizás el clásico sea un antídoto contra la muerte. Y por eso quizás no debamos preguntarnos ¿por qué leerlos?, sino afirmar, como quien sabe una verdad sencilla y contundente, “por qué leer los clásicos”. Que con decir esto, baste.

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