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por Lilliana Ramos Collado

 “La menzonga non è nel discorso, è nelle cose.” —Italo Calvino, Le città invisibili

Ataque al Palacio de la Moneda, Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1973.

 0.  Embocadura: hacia el “monumento”

El mundo entero parece haber sido arropado por “la ola gigantesca de la memoria”, afirman Pierre Nora y otros estudiosos en trabajos recientes: surgen nuevos vínculos entre el respeto por el pasado —sea real o imaginario— y un sentido de pertenencia, de conciencia colectiva e individual, de memoria y de identidad. Países, sectores sociales, comunidades, y grupos familiares, étnicos o de género, están replanteando su relación con el pasado.[1] Este replanteamiento, no siempre sistemático o erudito, les ha invitado a criticar las versiones oficiales de la historia [2], a recuperar áreas de la historia reprimidas [3], a reclamar emblemas del pasado confiscados o suprimidos [4], a investigar su genealogía o sus raíces [5], y a instaurar eventos conmemorativos y museos [6], guiados por el interés en la conservación de documentos y archivos [7], y por el afán creciente de buscar, seleccionar, clasificar, preservar e historiar lo que solemos llamar “patrimonio”.

Los estudios recientes proponen que memoria e identidad son construcciones hermenéuticas abocadas tanto a la recuperación, como a la invención del pasado. [8] Régis Debray nos advierte que las formas de construcción de la memoria y las formas de su transmisión impactan decisivamente sus contenidos:

“Así como heredar no es recibir (sino seleccionar, reactivar, refundir), transmitir no es transferir (una cosa de un punto a otro). Es reinventar, por lo tanto, alterar. ¿Por qué? […]  El carácter substancial de la mediación es el que hace representar la transmisión como transustanciación, transmutación dinámica y no reproducción mecánica que agrega tanto como quita. Vale decir que no está por un lado la memoria y por otro el olvido: la pérdida está ligada al acto mismo de rememoración, la alteración es la otra cara de la conservación. Todo se conserva, si se quiere, y nada también; y es lo mismo.” [9]

Moai en Hanga Roa, Isla de Pascua (Chile).

No sólo la memoria y la identidad se “transustancian” gracias a su soporte o medio de transmisión. Los medios y artefactos para recordar el pasado y mantenerlo vivo nos permiten diferenciar entre o pasado y lo memorable, y comprender el papel de la memoria en la cultura, el valor asignado al pasado, cómo la memoria es clave para delinear la identidad como un continuo, y en qué medida el presente —no el pasado— es esencial en la determinación de lo memorable y de lo identitario. Cada época y cultura tienen su “monumento”, su tecnología y sus artefactos para transmitir los saberes que garantizan la subsistencia del individuo y de la comunidad como instauradora de sentido.

Según Françoise Choay [10], monumento y recordación son gestos sociales y políticos de rancia estirpe y de tracto complejo, que han ido de la mano con las transformaciones de conceptos tales como “pasado”, “historia”, “memoria” e “identidad”. La preocupación memorística tiene su origen en el apego renacentista al estudio de las ruinas grecolatinas y en la apropiación mimética de sus formas y conceptos arquitectónicos. Será con la Revolución Industrial que los meticulosos catálogos de anticuarios manifiesten desasosiego ante la erosión del tiempo y la necesidad de preservar sus vestigios, ahora importantes por derecho propio, y ya no como modelos “clásicos” a perpetuar en el presente. La cualidad artesanal de la reliquia y del monumento antiguos, contrapuesta a la producción industrial de los siglos XVIII y XIX, provocará la exaltación de la ruina y del pasado como topoi irrepetibles e irrecuperables salvo en sus fragmentos, ahora entregados a la hermenéutica febril de los nuevos estetas e historiadores del arte.

Paralela al culto a las ruinas, vemos surgir en Europa la idea de nación como propuesta que reordena conceptualmente los sistemas de poder. Los poderes antes atribuidos a la monarquía o a la iglesia pasan ahora a manos de un ente difuso, que urge la participación colectiva en un nuevo civismo cuyo pasado es a la vez reciente y antiguo, novedoso pero fundamentado en añejos rituales sociales que validan su existencia. Es con la nación que surge la necesidad de construir actos y objetos de unidad comunitaria, de hincar en el calendario fechas claves de recordación de eventos fundacionales (la toma de la Bastilla, la declaración de independencia de los diferentes estados latinoamericanos…), y la construcción de monumentos expresamente designados para servir de soporte a las nuevas (aunque viejas) memorias nacionales [11]. Estas memorias nacionales hoy preponderan sobre el ordenamiento, la producción y la puesta en valor del patrimonio.

La Victoria de Samotracia, en el Museo del Louvre, es uno de los monumentos no intencionados más visitados del mundo: saltó de mero mascarón de proa a símbolo de Grecia.

En El culto moderno a los monumentos (1903) [12], Alois Riegl distingue entre “monumento” y “monumento histórico”: “monumento” es una creación intencionada cuyo destino ha sido asumido a priori, mientras que el “monumento histórico” no fue inicialmente intencionado, sino constituido a posteriori por las miradas eruditas de historiadores, estetas y diletantes quienes, de entre la masa de edificios existentes, los declararon “memorables”. Ambos conceptos se sustentan en los edificios y la estatuaria conmemorativa: tumbas, templos, palacios, columnas, arcos de triunfo, estelas, obeliscos, tótems. [13] Se infiere de ellos que sólo los ricos y poderosos han podido costear la monumentalidad y que sólo éstos pueden tener “memoria”.

Choay usa la definición de Riegl de “monumento intencionado” [14] y llama monumento a todo artefacto edificado por una comunidad para recordar o transmitir a otras generaciones personas, eventos, sacrificios, ritos o creencias. El monumento invoca el pasado con el fin vital de preservar la identidad de una comunidad, sea étnica o religiosa, nacional, tribal o familiar. Paliativo contra el trauma de la existencia, garantiza los orígenes, y desafía la acción disolvente del tiempo y la angustia ante la muerte y la ruina. [15] Lo esencial del monumento es su función antropológica: el monumento aparece, bajo múltiples formas, en todos los continentes y en casi todas las sociedades, posean o no escritura, siempre en sustento de una identidad hegemónica, siempre como dispositivo de la memoria. Según Choay, “dorénavant, le monument s’impose à l’attention sans arrière-fond, interpelle dans l’instant, troquant son ancien statut de signe pour celui de signal.” [16] Habiendo perdido su función, Choay se pregunta si vale la pena seguir construyendo monumentos para el futuro [17] y cuál sería su papel con el aumento en el nomadismo social, y con la corta y desarraigada memoria alentada por el consumo global. [18]

Clara Sörnäs, Monumento a los esclavos” (1988), Zanzibar.

El pesimismo que delata la propuesta de Choay no nos releva de considerar el poder que evidentemente aún suscitan los monumentos, sean o no intencionados, cuyo poder se ve hoy reenergizado por la fiebre conmemorativa que nos arropa, si bien esa fiebre produce, en general, ritos mediáticos sin verdadero arraigo comunitario o tan efímeros como la moda. Es fundamental, entonces, en nuestra época de memorias convergentes aunque contestatarias, hacer la pregunta por la “retórica del monumento”, aceptando que los monumentos no son meras obras arquitectónicas, sino máquinas de sentido que inciden de múltiples formas en el espacio social:

“As things, they share their status with other objects: the term monumentality suggests qualities of inertness, opacity, permanence, remoteness, distance, preciosity, and grandeur. Yet monuments are prized because they are not merely cold, hard, and permanent.  […]  While the destruction of mere things is commonplace in our takeout and throwaway world, attacking a monument threatens a society’s sense of itself and its past.” [19]

Este poder representativo que ostenta y define al monumento es base para la reflexión actual en términos de protección y legislación del patrimonio.

1. La Convención de 1972 sobre “patrimonio de la humanidad”

La violencia extraordinaria que caracterizó el siglo XX en Europa y Asia desgarró, en muchas comunidades, los tejidos urbanos tradicionales. Grandes guerras y cataclismos naturales ayudaron a emborronar el perfil material y simbólico de las edificaciones institucionales y privadas. La reconstrucción de las zonas urbanas destruidas priorizó las necesidades inmediatas de habitación humana y soslayó la restauración de espacios simbólicos que la comunidad identificaba como axiales para establecer lo que Martin Heidegger llamó “sentido de lugar” [20]. Pero el “memorialismo” surgido en la década 1970 en las grandes ciudades europeas no tiene tanto que ver con el escándalo de la guerra y con la consecuente destrucción de objetos, lugares y monumentos de pesantez histórica y simbólica. Francia, punta de lanza de este nuevo memorialismo, descubrió, de cara al Bicentenario de su Revolución, que la destrucción sistemática de numerosos y valiosos enclaves medievales provinciales y la pérdida substancial del tejido histórico de la ciudad de París no fueron producto de la guerra, sino del avance inclemente de la arquitectura y el urbanismo modernistas durante la primera mitad del siglo XX  [21]. Coyunturalmente, justo en el momento en que Francia descubría horrorizada el hecho de que había destruido su propia herencia cultural, la UNESCO, el 21 de noviembre de 1972,  aprobó en París su importante Convención para la protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural. [22]

Esta Convención, dirigida a establecer paradigmas planetarios de conservación que ayudarían a la “humanidad” a asumir responsabilidad directa por la pervivencia y puesta en valor de su “patrimonio” [23], clasifica a éste bajo tres categorías:  monumentos, conjuntos y formaciones —conjuntos, en el caso del patrimonio cultural, y formaciones, en el caso del patrimonio natural—, y lugares.   Los firmantes deben identificar y asumir responsabilidad sobre el patrimonio “excepcional” localizado en su territorio y procurar su conservación según sus recursos, o buscarán ayuda internacional cuando sea necesario. Este patrimonio “excepcional” no es privativo de cada nación, sino de la humanidad entera. Así, la Convención une la protección del medio ambiente a la protección de la herencia cultural. Las naciones acuerdan tomar medidas para integrar la protección del patrimonio en sus políticas públicas, y para crear servicios de protección, conservación y puesta en valor del patrimonio. Se establece un sistema internacional de protección para colaborar con los esfuerzos propios de cada Estado firmante, y así apoyar a los países que carecen de los recursos financieros o del peritaje para proteger adecuadamente su patrimonio mundial.

La ciudadanía emprende la demolición del muro de Berlín, 1989.

Al momento de la firma inicial de la Convención en 1972, el ambiente político mundial estaba maduro para un cambio hacia una mayor democracia: la década de 1980 fue testigo de las luchas colectivas para superar las polarizaciones políticas en lugares como Alemania, Sudáfrica y varios países de América Latina. La demolición popular del muro de Berlín en 1989, la aprobación, en 1994, de una nueva constitución en Sudáfrica que abolía los mecanismos del Apartheid, y la salida de Augusto Pinochet de su puesto a la cabeza de la milicia chilena en 1998, son ejemplos de cómo el espacio político comenzó a abrirse para que sectores de la sociedad, postergados por sistemas de gobierno opresivos, pudieran ahora recuperar los espacios públicos y los signos de su identidad colectiva. Pero no nos llamemos a engaño: esta apertura ha ido de la mano con la creciente globalización que busca, en la ampliación de los mercados, una mayor uniformidad en la ritualidad cotidiana que permita pronosticar patrones de consumo en busca de una mayor rentabilidad de los productos gracias a economías de escala.

Curiosamente, este movimiento de inclusión social resultado de arduas luchas colectivas ha propiciado un memorialismo enfocado en lo local que, apuntalado en el surgimiento de todo tipo de iniciativa que, de una forma u otra, proponga encauzar un ajuste de cuentas con el pasado, ha tomado proporciones planetarias. El pasado, sobre todo para comunidades preteridas, se ha convertido en un bien fundamental que, al concebirse como depositario de los vestigios del origen y de las tradiciones que vertebran su continuidad, se plantea como irrenunciable y como objeto urgente de rescate y “puesta en valor”. Se trata de una paradoja señalada desde temprano por Régis Debray: la ubicuidad del consumo global ha impulsado un afán de lo local que, de pronto, puede transmitirse, en toda su singularidad, a través la red informática global [24]. Así, se ha acuñado el término “glocal”, es decir, lo local lanzado al proceloso mar de lo global. De pronto, las identidades nacionales particularizadas han encontrado un lugar prominente en una sociedad que, aturdida por la monotonía de su propio espectáculo, busca asomarse por las fisuras de la diferencia.

Era de esperarse que la UNESCO sirviera de foro para el nuevo “glocalismo” y respondiera con ajustes importantes a los lineamientos de la Convención de 1972.             Es importante señalar que, en 1994, atendiendo a reclamos internacionales de países cuyos bienes no podían clasificarse con claridad según los criterios generales establecidos en 1972, el Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO promulgó una Estrategia Global para Promover el Patrimonio Mundial (1994), cuya “nueva visión”:

“[…]  goes beyond the narrow definitions of heritage and strives to recognize and protect sites that are outstanding demonstrations of human coexistence with the land as well as human interactions, cultural coexistence, spirituality and creative expression.” [25]

Esta Estrategia estuvo seguida por una serie de Orientaciones para la Aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial, la primera de las cuales circuló en 1996 [26]. Este documento obedecía también al hecho de que la gran mayoría de los sitios patrimoniales incluidos en la Lista hasta ese momento eran predominantemente europeos o metropolitanos, y pertenecientes, con preferencia, a las tradiciones judeocristianas en versión occidental. Las Orientaciones buscaban nutrir el repertorio de bienes del patrimonio mundial alentando la inclusión de países asiáticos, latinoamericanos y africanos. Luego de la publicación de las Orientaciones, la actividad de postulación de bienes aumentó dramáticamente, sobre todo por parte de países de escaso desarrollo o de reciente formación nacional, que veían en la Lista de la UNESCO la oportunidad de aumentar sus ingresos con el creciente turismo cultural propiciado por la globalización rampante. [27]

En este contexto, el caso de Chile me parece de sumo interés.

2. Chile entra en la escena del patrimonio mundial

Chile ha reglamentado su “patrimonio nacional” al menos desde 1925 mediante la creación del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN), desde donde se lanzan los esfuerzos del Estado por conservar el patrimonio natural y cultural chileno. Entre 1925 y 1970, fecha de aprobación de la Ley de Monumentos Nacionales (N° 17.288), la actividad del Consejo se enfocó en la puesta en valor de monumentos históricos, monumentos públicos, y excavaciones arqueológicas, así como en la sistematización del registro de bienes arqueológicos museables, aunque la preferencia de este proceso se dirigió a iglesias, vestigios de fortificaciones coloniales y edificios institucionales [28]. Evidentemente, el concepto de patrimonio en estas gestiones aurorales calcaba el énfasis estetizante europeo que seguía de cerca eso que Riegl, en su texto citado, llamó, “monumentos intencionados”, aquellos que, “en el sentido más antiguo y primigenio, se entiende[n como] obra[s] realizada[s] por la mano humana y creada[s] con el fin específico de mantener hazañas o destinos individuales (o un conjunto de éstos) siempre vivos y presentes en la conciencia de generaciones venideras.” [29]

Estos “monumentos intencionados”, de profunda convicción propagandística, promueven ideologías hegemónicas al emblematizar tradiciones que encarnan los intereses de los sectores sociales que sufragan su costo, elaboran su diseño y designan su enclave [30]: las iglesias, las construcciones militares coloniales y los monumentos “históricos” cumplen ese cometido de despliegue ideológico estatal al realzar la fe católica, la hispanidad y la valentía de los próceres militares chilenos. Y aunque el Consejo dedicó esfuerzos a valorar el mundo prehistórico e indígena atendiendo yacimientos arqueológicos y el registro de esos bienes, que, en general, pueden considerarse “monumentos no intencionados”, la preferencia por lo “intencionado” señala que la aplicación del concepto de patrimonio ha tenido que ver con el tipo de historia que el Estado promueve como la “historia de los chilenos”: catolicismo, unidad hispánica y valor guerrero. El repertorio de monumentos protegidos hasta 1970 dividía la historia chilena entre un pasado sacado de la tierra (¡para volver a enterrarlo en museos!), y una historia comunitaria reciente cuya naturaleza “universal” demostraba la continuidad cultural [31] e ideológica de Chile desde tiempos coloniales hasta el presente.

Iglesia de Parinacota en el Altiplano chileno.

La Ley de 1970 amplió substancialmente el repertorio patrimonial en al menos dos sentidos: diversificó la aplicación del concepto de “monumento” y amplió los lugares donde deben buscarse y preservarse:

“Son monumentos nacionales y quedan bajo la tuición y protección del Estado, los lugares, ruinas, construcciones u objetos de carácter histórico o artístico; los enterratorios o cementerios u otros restos de los aborígenes, las piezas u objetos antropo-arqueológicos, paleontológicos o de formación natural, que existan bajo o sobre la superficie del territorio nacional o en la plataforma submarina de sus aguas jurisdiccionales y cuya conservación interesa a la historia, al arte o a la ciencia; los santuarios de la naturaleza; los monumentos, estatuas, columnas, pirámides, fuentes, placas, coronas, inscripciones y, en general, los objetos que estén destinados a permanecer en un sitio público, con carácter conmemorativo. Su tuición y protección se ejercerá por medio del Consejo de Monumentos Nacionales, en la forma que determina la presente ley.” (Título 1, Art 1ro, Ley Núm. 17.288 de 1970).

La nueva ley mantuvo los criterios de Riegl para lo “intencionado”, que aquí asumió términos como “conmemorativo”, “artístico” y “público”. Lo “no intencionado” se restringió a los hallazgos antropo-arqueológicos de la prehistoria aborigen y a los santuarios naturales: pareció fusionar “lo aborigen” con “lo natural” siguiendo, interesantemente, la pauta rousseauiana que rigió el imaginario europeo moderno sobre América. Esta inadvertida cita de Rousseau, implícita en la postergación de lo aborigen al espacio de lo natural, es una de las características del concepto chileno de lo patrimonial desde el punto de vista institucional, y esto a pesar de que la cultura chilena ha dado constantes muestras de apego a lo indígena y lo natural, según lo atestiguan obras magistrales como la Araucana, de Ercilla, la novela de Benjamín Subercaseaux, Chile o una loca geografía [32], y poemas claves de figuras como Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Curiosa dicotomía entre lo “intencionado” y lo “no intencionado” que ordena la pasión de los chilenos por su propio territorio. Con todo y estas paradojas, el propósito expreso de la Ley de 1970 fue “situar al patrimonio como una de las bases del desarrollo armónico de la sociedad.” [33] Es decir, la Ley de 1970 se proponía crear unidad nacional. [34]

En 1980, Chile firmó la Convención de la UNESCO sobre Patrimonio de la Humanidad. Surgen de inmediato algunas preguntas: ¿Buscaba el estado chileno atenuar las críticas internacionales al gobierno militar colocándose bajo el manto filantrópico y tolerante del conservacionismo patrimonial de las Naciones Unidas? ¿Trataba de consolidar, de cara al país y de cara al mundo, su propósito de aunar esfuerzos con la comunidad y con otras entidades locales e internacionales, públicas y privadas, para aprovechar los recursos y poner en valor objetos y lugares patrimoniales que le devolvieran al país al menos la apariencia de unidad, y la continuidad de valores y tradiciones beneméritos? ¿O buscaba el Estado chileno convertirse en narrador de la historia de Chile como texto dirigido privilegiadamente a un narratario internacional cuyos “horizontes de expectativa” [35] estaban delineados por el reglamento de inclusión en la Lista de UNESCO, haciendo dicho reglamento las veces de norma de verosimilitud [36] de ese relato “histórico”?

3. Procesos chilenos ante la UNESCO: tanteos, tentativas y tentaciones

No es hasta 1995—15 años después de entrar Chile en la convención—que la institución patrimonial internacional tiene ocasión de registrar, en la Lista de Lugares del Patrimonio Mundial, el primer bien “chileno”: el Parque Nacional Rapa Nui (Isla de Pascua), una civilización desaparecida de probable origen polinesio. La UNESCO aprobó [37] el registro con la siguiente decisión:

“The Committee concluded that Rapa Nui National Park contains one of the most remarkable cultural phenomena in the world. An artistic and architectural tradition of great power and imagination was developed by a society that was completely isolated from external cultural influences of any kind for over a millennium. The substantial remains of this culture blend with their natural surroundings to create an unparalleled cultural landscape.” [38]

Para los directivos del Consejo de Monumentos Nacionales, que apoyaban la iniciativa gubernamental de reinsertarse con credibilidad política y cultural en el ámbito internacional, era fundamental que Chile se presentara con una identidad fortalecida, con un “sello propio que lo diferenciara” en un mundo cada vez más globalizado. Es decir, Chile se lanzaba a la escena de lo “glocal”. Además, las autoridades chilenas captaron de inmediato que la gestión patrimonial podía aportar fuentes de empleo en todo lo que significa restauración y conservación de monumentos y lugares patrimoniales, pero sobre todo, ingresos del turismo que, como ya se comenzaba a documentar, aumentaba con el registro de un bien en la Lista de la UNESCO [39]. La convocatoria estatal resonó por todo el país: la recuperación patrimonial debía asumirse como una tarea nacional con la participación de todos los chilenos. Después del registro de Rapa Nui, Chile configuró en 1998 la mandatoria Lista Tentativa de Bienes Culturales de Chile a ser Postulados como Sitios del Patrimonio Mundial de UNESCO, revisada en 2003 al añadir dos sitios. Desde 1998, Chile ha logrado la inclusión en la Lista UNESCO de otros cuatro sitios o bienes culturales: las Iglesias de Chiloé (2000), la zona portuaria histórica de la Ciudad de Valparaíso (2003), las Operaciones Salitreras de Humberstone y Santa Laura (2005), y la Ciudad Minera de Sewell (2006).

Un examen del cuaderno oficial que contiene la Lista Tentativa chilena (edición de 2004), es revelador. Según el texto,

“[…e]sta Lista Tentativa incluía [en la versión de 1998] 18 bienes de nuestro patrimonio, los cuales representan a cabalidad la diversidad y riqueza del legado que nos han dejado nuestros antepasados, que tiene un indudable valor universal. En efecto, la lista se compone de bienes arqueológicos e históricos; prehispánicos, coloniales y republicanos; de valor arquitectónico, urbanístico y artístico; representativos de todas las zonas geográficas del país, y de todas sus etapas históricas, y representativos también de las diversas facetas del desarrollo económico de Chile –la minería del salitre y del cobre, la agricultura, y la expansión del ferrocarril–.” [40]

Esta Lista Tentativa pretende ser minuciosa en su exhaustividad: lo prehistórico y lo histórico; las diferentes oleadas de pobladores ordenadas, no por raza, sino por “época” de asentamiento (de indígenas a republicanos); el patrimonio construido y el estético; el patrimonio de cada región geográfica de Chile (y no de las comunidades chilenas); incomprensiblemente, de cada “etapa histórica”, a pesar de la falta de densidad histórica de Chile que consignan hoy gran parte de sus más señeros historiadores; y de las diferentes etapas económicas de Chile (agricultura, salitre, cobre), desde el desarrollo juicioso de una agricultura intensiva sobre la tierra como recurso renovable, hasta las economías del salitre y el cobre, que emblematizan tanto el progreso industrial de Chile como el dispendio intensivo de los recursos chilenos no renovables. El ferrocarril, mediante la inclusión del Viaducto del Malleco y de la Casa de Máquinas de Temuco, aparece aquí como hilo vinculante: el esfuerzo de Chile por constituirse en una unidad nacional.

Vale mencionar que, al elaborar la primera Lista Tentativa en 1998, que pretendía ser exhaustiva en su inclusividad cultural, el Consejo de Monumentos Nacionales decidió priorizar aquellos sitios que tenían “mayor probabilidad” de ser incluidos en la Lista de la UNESCO, y puso todo su entusiasmo en documentar minuciosamente las postulaciones de Chiloé, Valparaíso, las Oficinas Salitreras Humberstone y Santa Laura, y el campamento Sewell, todas las cuales, en efecto, fueron exitosas y culminaron con la inscripción de cada uno de esos bienes. Lo que sigue es un análisis conceptual de la Lista Tentativa preparada por Chile en 1998 y actualizada en 2004, al discutir algunos ejemplos que me parecen más reveladores de la ideología del gesto patrimonial chileno.

            a. Rapa Nui y la construcción del arquetipo patrimonial

Chile fue uno de los países que aprovechó el interés declarado de la UNESCO en América Latina. Lo interesante es ver cómo la deliberada búsqueda de diversificación de la Lista por parte de la UNESCO se relaciona con las prioridades chilenas a la hora de promover la inscripción de ciertos bienes antes que otros. Para dar este salto hermenéutico, me parece útil regresar la decisión de la UNESCO para Rapa Nui.

Los quince moai del Ahu Tongariki, Isla de Pascua (Chile).

“The Committee concluded that Rapa Nui National Park contains one of the most remarkable cultural phenomena in the world. An artistic and architectural tradition of great power and imagination was developed by a society that was completely isolated from external cultural influences of any kind for over a millennium. The substantial remains of this culture blend with their natural surroundings to create an unparalleled cultural landscape.”

Nótese que los expertos de la UNESCO no profundizan en las razones de cualificación de este bien, más allá de llamarlo remarkable. La tradición artística arquitectónica es descrita como “poderosa” e “imaginativa”, considerando que se trataba de una civilización completamente aislada de influencias externas por más de mil años.  Ante al arcano evidente que es Rapa Nui, una civilización de la que no se sabe prácticamente nada, de la que no quedan registros descifrables, y cuyos nuevos pobladores no guardan relación tradicional o ritual con ese pasado, la UNESCO simplemente, “se asombra por la superación del aislamiento”. Es difícil comprender en qué consiste lo imaginativo de repetir la misma imagen con las mismas tecnologías del tallado en piedra y, aparentemente, las mismas tecnologías de traslado e instalación de estos moai. El conjunto de los moai y sus altares es extremadamente regular y repetitivo y, si bien es sorprendente por su monumentalidad e indescifrabilidad, en realidad no puede cualificarse de “imaginativo”. Por poderoso, habría que entender aquí “grande y masivo”, heredando así adjetivos que suelen acompañar las descripciones de lugares tan diversos como Stonehenge y Abu Simbel. Pero Rapa Nui no fue una cultura lo suficientemente poderosa e imaginativa como para aplicar su creatividad a la elaboración de medios para su sobrevivencia o para su eventual memorialización.

Sin entrar en el hecho histórico de que Rapa Nui no tiene otro vínculo con Chile que su integración, por invasión militar, en 1888, esta isla es otredad pura, tan otra y arcana que no se ha podido dar el salto hermenéutico, al que nos invita Clifford Geertz, para lograr el acceso al mundo conceptual de esa civilización [41]. No tenemos idea de lo que significan los actos monumentales de estos sujetos, ya que carecemos de conocimiento sobre las estructuras conceptuales que los vehicularon. Es por esta radical otredad que Rapa Nui en realidad cumple con sólo uno de los criterios enunciados por la UNESCO para la designación de lugares del patrimonio mundial, el criterio iii: ser un testimonio excepcional de una civilización o tradición cultural viva o desaparecida. Para los demás criterios, que requieren contextualización conceptual o cultural, no existe prueba validante alguna.  [42]

Lo dicho asimila el ideario patrimonial de la UNESCO a la propuesta romántica, enunciada por Hegel en su estética, de que el gesto monumental, que él llama “épico”, es siempre un gesto tardío que busca convocar valores culturales periclitados [43], que ya no forman parte de una edad presente que hoy concebimos como “post-épica”. Esos signos flotantes que llamamos moai, y que todavía reclaman su significado, son, para la UNESCO, ejemplo de esa desesperada epopeya de los últimos tiempos, que aún hoy, gracias al ejemplo de la monumentalidad funeraria de Egipto y de la India, nos hace pensar en el vínculo de estos objetos con el presente de esas sociedades.

Moai abandonados a medio terminar al pie del volcán Rano Raraku, Isla de Pascua (Chile).

La pregunta surge: ¿Por qué proponer Rapa Nui como primera instancia chilena del patrimonio mundial? ¿Qué podemos leer en esta priorización? Un repaso de la Lista Tentativa de los lugares patrimoniales propuestos por Chile, y una lectura sosegada de las razones para la inclusión de cada uno, revela una predilección por espacios que cumplen con esa sucinta descripción que la UNESCO dio de Rapa Nui en el texto citado. Casi todos los lugares chilenos propuestos emblematizan la gesta del aislamiento, y cada caso representa la capacidad humana para superar la adversidad que las condiciones naturales proponen. Contrario a la afirmación que hacen los redactores de los documentos de postulación, de que existe armonía entre los lugares chilenos patrimoniables y su entorno natural, en cada caso, el hombre ha establecido su primacía “contra” la naturaleza, y no “en colaboración” con ella. En gran medida, el proyecto patrimonial chileno, según evidenciado en los textos de postulación de los lugares seleccionados, constituyen una versión épica de la historia de Chile, versión muy distinta de la de Ercilla en su Araucana: en vez de narrar cómo los indígenas y su tierra enfrentaron sin éxito la invasión occidental, y en cuyo fracaso alcanzaron una dignidad épica, la mayoría de los lugares chilenos patrimoniables por la UNESCO se proponen como lugares que, si bien funden en un solo esfuerzo diversas etnias o grupos nacionales, están marcados por una impronta netamente occidentalizante que siempre ilustra el triunfo de la civilización “a pesar” del territorio chileno, que se concibe como aislado, como el más remoto de toda la hispanidad, dotado de una “loca geografía” que sólo los héroes pueden vencer y domeñar.

En suma, la “isla” que es Rapa Nui emblematiza la “isla” que es Chile, asomado a la vasta nada del Pacífico, de espaldas a la civilización, avizorando un horizonte inescrutable cuyo dominio exige la valentía y constancia de los héroes verdaderos. Rapa Nui es el “ombligo” de Chile, el “architexto” del relato patrimonial heroico.

            b. De la ruina al museo

Las últimas dos postulaciones chilenas aprobadas por la UNESCO han sido las Oficinas Salitreras de Humberstone y Santa Laura (2005) y la Ciudad Industrial Minera de Sewell (2006). En ambas postulaciones se repite la hazaña de Rapa Nui: aislamiento y la capacidad humana—gracias al ingenio y a la industria— para vencer, literalmente, la “loca geografía”. Las salitreras son flor improbable del desierto, y las dos Oficinas declaradas patrimonio de la humanidad son aquellas cuyas ruinas están “más completas” [44]. Según el documento de postulación de las salitreras:

Oficina Salitrera de Humberstone, desierto de Atacama, Chile: patrimonio en peligro.

“Hablar de la Era del Salitre es dar cuenta de una epopeya en que el ser humano conquistó el desierto y fue conquistado por él, deviniendo en pampino. Ha sido el pampino el que con su fuerza señera ha luchado por la conservación de estos testimonios excepcionales de ese proceso.  Fueron ellos, también, quienes el año 2001 reunieron y entregaron en el Centro de Patrimonio Mundial de la UNESCO las 20.000 firmas que apoyan la presente nominación.” [45]

“La ocupación del desierto por parte del hombre, da cuenta de su ingenio y capacidad de adaptación. Medio hostil para el desarrollo de la vida, hubo en la apropiación de este espacio una epopeya singular. La industria del salitre es parte de la Revolución Industrial y como tal, todos los adelantos tecnológicos logrados para el mejoramiento de este proceso deben ser entendidos en una lógica de explotación intensiva de un recurso natural.” [46]

Sin duda, el documento de postulación de las salitreras ante la UNESCO, apoyado por miles de firmas de pampinos, se instala en el modus gravis de la epopeya: la épica del pampino en el desierto que, gracias a la industria del salitre, reveló su capacidad de adaptación, su creatividad y su empeño en luchar por un mejor nivel de vida. Este ideario idealizante —y valga la redundancia— del pampino, según se nos presenta en el documento de postulación, choca con la realidad ruinosa de Humberstone y Santa Laura, y con el hecho de que casi todas las salitreras han desaparecido devoradas por el desierto y por el vandalismo, abandonadas a la naturaleza adversa que ha vuelto a ganarles el terreno hasta casi borrarlas. En muchas, incluso los montes de ripio han desaparecido integrados al paisaje como nuevas colinas levantadas por la acción tectónica misma. Vale señalar que estas salitreras son bienes listados por la UNESCO como “patrimonio en peligro”, áreas desiertas, sin asentamientos cercanos mencionables. Sorprendentemente, el documento de postulación considera estas salitreras como la huella de una “cultura viva” [47], tratando estas ruinas casi amorfas como “lugares de memoria” [48] en el sentido que les atribuye Nora: aquellos lugares que, alimentados por una “voluntad de memoria”, se constituyen como una obligación corporativa, cívica y social, una memoria intencional, consciente, colectiva, habitual y, en suma, producto de una voluntad deliberada. ¿Por qué? Porque son escenario de la “epopeya pampina”. Irónicamente, la ruina delata, no la grandeza de un pasado, sino la crueldad y precariedad de la producción salitrera, su naturaleza inhumana, y el avance irreversible de su debacle. Para el pampino, las operaciones salitreras son rescatadas como lo fueron las ruinas durante el siglo romántico: por la nostalgia que se abreva del paso implacable del tiempo.

Resulta curioso que, si bien esta operación industrial, tan severa y cruel con los pampinos, impulsó el desarrollo de Iquique como ciudad portuaria europeizada en medio del desierto, los redactores de la postulación de las salitreras no incluyeron en ella esta ciudad, tan  idiosincrática y peculiar, como espacio de convergencia humana de tradiciones y considerada un hito histórico y eje del circuito cultural que constituye con Humberstone y Santa Laura. Al contrario: en la Lista Tentativa, Iquique aparece reducida a la Calle Baquedano como muestra de superación del aislamiento, de la singularidad arquitectónica acoplada al clima y a la geografía, y como sede de un extraordinario multiculturalismo:

La Calle Baquedano en Iquique ha sido nominada por Chile como patrimonializable bajo la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

“El que esta ciudad estuviese en medio del desierto, alejada de grandes  centros urbanos; que mantuviera contactos por mar con puertos de envergadura (San  Francisco, Hamburgo, Rotterdam, etc.); que albergara un porcentaje importante de  extranjeros entre su población (especialmente ingleses y norteamericanos), y la  propia peculiaridad de la explotación salitrera, fueron los elementos que explican que  Iquique haya sido un centro de intercambio cultural intenso, el cual creó una forma  de vida particular, además de una peculiar arquitectura.  Esta arquitectura, de la cual  la calle Baquedano es una excelente muestra, fue capaz de adaptarse sabiamente a  las condiciones climáticas imperantes en Iquique.  […] Los inmuebles poseen una tipología que se resume en tres elementos: el  material empleado para su construcción es el pino oregón, –el cual debió ser  importado desde lejanas zonas–, el método constructivo es el de armazón simple o  “Balloon Frame” y su estilo arquitectónico el “Americano” o alguno de sus derivados (Georgian, Revival griego, Adam).” [49]

En Iquique se identifican atributos similares a los de Valparaíso, y la Calle Baquedano sería postulada bajo criterios semejantes, con el plus de las salitreras como vestigio (más bien como “episodio superado”) de la historia industrial de Chile.

La ciudad minera de Sewell, hoy día una ciudad museo. Chile.

Por otra parte, tenemos la ciudad industrial minera de Sewell. Producto de la minería del cobre, tesoro de Chile, Sewell se describe en la postulación como una ciudad perfecta. Sewell se yergue, casi como una utopia comunal virtualmente inaccesible, en las peligrosas laderas de los Andes para explotar El Teniente, la “mina de cobre más extensa del mundo”.

“The modern and industrial property is the result of the labors and the tenacity of businessmen and workers mining the enormous reserves that lie beneath us, under extremely difficult conditions and with limited material and human means at their disposal. A huge challenge in a singular environment and a development associated with a universal and historic context belonging to the 20th century which gave life to a heritage of profound significance. […]

The property developed and reached its final size during the period when it belonged to foreign capital. If other cases of mining of this type had their ups and downs, in the case of El Teniente, prosperity was sustained, reserves are enormous and during the second half of the 20th century, the whole of the industry was nationalized, the reasons for which were both political as well as social and economic, something common among many dependent economies in the world at that time.” [50]

Se repite el ideario épico de la tenacidad de sus formadores, obreros y patronos. Espacio singular cuya forma proviene de estilos arquitectónicos norteamericanos financiados con dinero extranjero, y cuyos directivos fueron, en general, extranjeros también. Interesantemente, a diferencia de las salitreras, la ciudad fantasma de Sewell está en perfecto estado de conservación y, si bien está también desierta, puede recibir a los visitantes y turistas con el colorido y el buen estilo arquitectónico, estético y eficiente, que emblematizan su productividad. La postulación propone convertir a Sewell en una Ciudad Museo donde puedan observarse las operaciones industriales de la minería del cobre. La extensa galería de fotografías que acompaña el documento de postulación atestigua el carácter utópico de la regularidad arquitectónica, la zonificación según los usos, y una configuración edilicia “panóptica” en la cual las zonas de vivienda están dominadas por edificios oficiales y educativos, una estructura totalmente simbólica que se apoya en la visibilidad del ejercicio de las funciones comunitarias y laborables bajo el ojo de una buena administración fundamentada en la educación.

Es interesante confrontar la ruina de Humberstone y el museo de Sewell. Si comparamos la historia de cada una notamos elementos que delatan, de nuevo, ese acto de fabricación fundamentado en los momentos de la epopeya chilena. Iquique fue, en 1907, escenario de una catastrófica masacre de cientos de obreros y de sus familias, que protestaban para adquirir mejores condiciones de trabajo. La violenta respuesta del sector patronal, y la falta de respuesta positiva del gobierno chileno, contribuyeron a la decadencia de esta industria que exigía sacrificios exorbitantes de su trabajadores. Con la concienciación de los obreros en cuanto a su productividad y la asunción del riesgo de la protesta [51], los obreros, hasta entonces hundidos en el tiempo cíclico de una labor repetitiva y embrutecedora, literalmente, entraron en el tiempo vectorial de la historia, esa historia que suele ordenar la explotación y la ganancia de los patronos [52]. No es extraño, entonces, que se elija una ruina como “lieux de mémoire” de la industria del salitre y, separada de ésta, la Calle Baquedano de Iquique, con su arquitectura de fachadas regulares y estilo “Americano”: la ruina, que escenifica el paso inexorable del tiempo, y las vicisitudes de la historia, ha desahuciado a los obreros y absuelto a los patronos, quienes han emigrado a territorios más rentables. Iquique, como enclave urbano, no muestra las heridas infligidas por las luchas obreras en el tejido de la ciudad. Atrás han quedado los pampinos, recordando, entre las ruinas, los tiempos de su explotación, en una cultura signada por la lamentación y la protesta ante el atropello, que nada tiene que ver con  Iquique, la ciudad flamante que ostenta una arquitectura transplantada del extranjero.

Viviendas para obreros en Sewell, Chile.

Siguiendo el concepto de la diversidad de tiempos, Sewell está construido como un enclave que propicia ese tiempo cíclico del trabajador de la gleba medieval, encerrado en un calendario repetitivo, lejos de todo contacto con el resto del mundo. Y así se ha preservado, como lugar que no muestra las marcas del paso del tiempo. Emblema del vínculo de propósitos entre el Gobierno de Chile —que nacionalizó la producción del cobre— e inversionistas extranjeros, Sewell parece tan eterna como el poder político y económico, libre de los altibajos de la economía, al margen de toda posibilidad de agotamiento de ese recurso natural —el cobre— que es sustento casi mítico de la riqueza del país. Al lado de las ruinas casi primitivas de las oficinas salitreras, Sewell se levanta augusta, engastada en los montes escarpados que bien nos recuerdan el lema romano ad astra per aspera: hacia las estrellas por el camino difícil. El espacio de la protesta—cuya postulación fue solicitada por los pampinos— queda en el pasado signado por la ruina; el espacio de la industria laboriosa —cuya postulación fue solicitada por los industriales del cobre bajo el ala de CODELCO— queda suspendido en el eterno presente museal de una arquitectura aseada y colorida.

Camino del Inca, Chile.

Me parece importante mencionar, en este contexto, el último sitio añadido a la Lista Tentativa (2004) que, precisamente, subraya cómo Chile ostenta, como patrimonio, las huellas de los sucesivos gestos imperialistas que han ido controlando el país: el Camino Principal Andino Qhapaq-Ñan, o el “Camino del Inca”. Esta reciente inclusión también constituye una vía de acceso hacia Chile desde los poderes imperiales, y la explotación de los recursos chilenos por intereses extranjeros:

“En lo que concierne al territorio actual de Chile, el Inka se vio favorecido en su afán expansivo por las dominaciones y redes de influencia que lo habían precedido: Tiwanaku, a mediados del primer milenio de la era cristiana, y los señoríos aymara. Es así como en el siglo XV esta gran civilización se expande hacia la parte meridional del Imperio, el Kollasuyu, incorporando a su égida el sistema de relaciones y poderío aymara, sometiendo a las culturas Diaguita y Copiapó, e interactuando con la cultura Aconcagua.  Su bastión más austral (Pukara del Cerro Grande de la Compañía) fue establecido pocos kilómetros al sur del río Maipo, más allá del cual permaneció impenetrable el mundo mapuche.

“En la árida zona de Tarapacá (extremo norte), objetivo esencial del Inka fue el potencial agrícola de los valles que lo surcan, así como los recursos costeros.  En Atacama, donde la aridez se torna más extrema, el recurso esencial es la minería, si bien paralelamente es de importancia la agricultura de los oasis y, por cierto, las rutas caravaneras que surcan la zona.  Es también la riqueza minera, al parecer, la que impulsa al Inka a extenderse aún más al sur, hasta la zona central de Chile.

“Esta dominación implica un sincretismo estético, cultural y religioso que le da sustento espiritual e ideológico, y una infraestructura asociada al poder político, a la administración, a la vialidad, al culto y a la explotación de los recursos. naturales.” [53]

Nótese que lo importante de este bien patrimoniable es cómo Chile se ha visto “favorecido” con los sucesivos expolios que ha padecido gracias a potencias extranjeras, cómo las fronteras de Chile han estado siempre abiertas a estas invasiones y depredaciones que, en la descripción del bien, aparecen indistintamente como “dominaciones y redes”, como actos inocentes de un poder que le permitió a Chile prosperar dentro del circuito de intercambio de bienes materiales y culturales. Esta dominación implica un sincretismo estético, cultural y religioso que le da sustento espiritual e ideológico, “y una infraestructura asociada al poder político, a la administración, a la vialidad, al culto y a la explotación de los recursos naturales”. El texto descriptivo del bien patrimoniable prestidigita una notable ambigüedad con la cual se nubla la distinción entre el amo y el esclavo, el invasor y el invadido, el explotador y el explotado, como si los actos mismos de depredación constituyeran la validación del bien patrimoniable. Es como si el “Camino del Inca” fuera el prototipo de las sucesivas veces en que Chile ha subordinado sus recursos a la explotación extranjera. En vez de exaltarse la resistencia mapuche a la invasión Inca como distintivo local que ya Ercilla había resaltado en su Araucana, se resaltan los bienes que Chile adquirió gracias a dejarse invadir.

Otro tramo del Camino del Inca, Chile.

En suma, con la selección de estos tres bienes —Humberstone, Sewell y El Camino del Inca— para inscribir en la Lista de Patrimonio de la Humanidad, Chile propone una idea de nación como ente que cede siempre, y a su beneficio, ante la depredación extranjera. Según plantean estas postulaciones, la nación chilena es difusa, dispuesta a transformarse sin resistencia ante las fuerzas externas. Chile se propone así como el socio ideal para las empresas primermundistas que necesitan acceder, sin problemas, a materias primas para sustentar su propia primacía en el mundo. Así, los escenarios de la depredación económica extranjera en Chile tienen sus tres momentos UNESCO emblemáticos: el Camino del Inca, como primal scene de la violación y explotación del territorio chileno por una potencia extranjera; las operaciones salitreras como la ruina moderna que señala el fracaso de las demandas obreras ante la explotación extranjera [54], y Sewell como su utopía museable, testigo impecable de la dignificación de esta explotación enmarcada en el mismo gesto filantrópico de otros bienes UNESCO como las ciudades industriales inglesas del tipo de New Lanark [55]: la explotación como acto filantrópico y civilizador del explotador, y como acto de aceptación y maduración socioeconómica de parte del explotado.

            c. Las dos caras de La Moneda

El Palacio de la Moneda, sede del gobierno de Chile, en su estado actual.

Tan aseada y eterna cono Sewell es la imagen que la Lista Tentativa presenta del Palacio de La Moneda, otro de los bienes chilenos a ser eventualmente postulados ante la UNESCO. Luego de una prolija descripción de su estilo arquitectónico, de sus materiales de factura, de sus usos a través de la historia y del hecho de que es sede del gobierno chileno, se menciona de pasada y al final, como prueba de cumplimiento del criterio vi —pertinencia para la humanidad e impacto histórico—, lo siguiente:

“El bombardeo que sufrió el Palacio de La Moneda a raíz del golpe militar del 11 de septiembre de 1973 la han constituido en una imagen resonante de la historia universal del siglo XX.”

Destrucción del interior del Palacio de la Moneda en el golpe de estado de 1973.

Para añadir, como comentario al criterio de autenticidad, que:

“Más allá de la legislación, La Moneda es desde mediados del siglo XIX la sede  del Gobierno de Chile. Como tal, ha sido objeto de un especial cuidado, manteniéndose en un estado de conservación inmejorable.  Las remodelaciones de su entorno, es decir, del barrio cívico, no han buscado sino realzar el Palacio.  Las restauraciones y labores de mantención que se han efectuado en sus dependencias han sido en extremo respetuosas de la originalidad del inmueble;  ello incluye a la gran restauración que se realizó luego del bombardeo que el inmueble sufriera el 11 de septiembre de 1973. Por otra parte, el inmueble se mantiene alhajado con piezas de incalculable valor histórico.”

Es decir, gracias a la restauración requerida por la ley de monumentos nacionales y por la voluntad de la puesta en valor de este monumento, el edificio ha perdido la huella histórica del Golpe del 11 de septiembre de 1973, evento de resonancia universal que, precisamente, lo hizo notorio y patrimoniable a los ojos de la humanidad. Paradoja desconcertante en que la historicidad fáctica del edificio cede y desaparece ante el peso simbólico de una arquitectura oficial representativa de la “continuidad” del poder gubernamental. Este edificio, “alhajado con piezas de incalculable valor histórico”, ha perdido, como quien dice, la herida delatora, importantísima, de un golpe de estado que, literalmente, quebró la integridad de su emblema más notorio.

Al igual que Sewell, La Moneda es bien patrimoniable suspendido en el tiempo, impertérrito ante los embates e intermitencias de la historia, impermeable a los cambios de gobierno —sean “democráticos”, sean producidos por la violencia militar—. Como Sewell, La Moneda ha borrado u ocultado su otra cara, aquella que reflejaría las discontinuidades del poder y la fragilidad de la pujanza económica, y que pronosticaría tanto el agotamiento de los valores morales ancestrales de Chile como de sus recursos no renovables.

            d. Vivos y muertos

En la Araucanía, el Malleco fue, en su momento, la vía de tren más elevada del mundo.

Otras postulaciones de la Lista Tentativa merecen atención por su elocuencia en términos ideológicos,  ambas correspondientes a la Araucanía. Una, el Viaducto de Malleco, que sobrevuela una quebrada que se encuentra 102 metros más abajo, fue en su momento el tramo ferroviario más alto del mundo. Asimismo, la Casa de Máquinas de Temuco constituye “testimonio único” de la locomoción de vapor en Chile. El acero que caracteriza estas estructuras, y la iconografía modernizante que la locomotora constituye en el imaginario occidental [56], se contraponen dramáticamente a la ausencia de interés por el legado indígena araucano, que efectivamente invisibiliza. Vale notar que, en la página Web del Consejo de Monumentos Nacionales, existen algunos lugares mapuches en proceso de inscripción como monumentos nacionales. Interesantemente, todos son, fundamentalmente, cementerios. El vigor humano occidental y moderno representado por la pujante y audaz locomotora —vehículo de otro de los viajes extraordinarios de Julio Verne, La vuelta al mundo en ochenta días— se opone al cementerio mapuche.

Vista de un cementerio mapuche en la Araucanía, Chile.

El proyecto de unidad nacional, emblematizado por la audacia ingenieril de la locomotora, deja a su vera la cultura mapuche, arrinconada y sepultada, preterida aunque convenientemente recordada sólo en sus cementerios. La invisibilización mapuche que opera esta Lista Tentativa es recogida reiteradamente por los historiadores chilenos. Por ejemplo, en el tomo Historiadores chilenos frente al Bicentenario, editado recientemente por Luis Carlos Parentini [57], uno de los mayores lamentos es la falta de integración del pueblo mapuche al “proyecto nacional”. Interesantemente, entre los 87 historiadores que figuran en el tomo, los que han recibido el Premio Nacional de la Historia son, en su mayoría, los que menos énfasis ponen en esa inclusión, que muchos otros reclaman en plena justicia.

4. Final

Vemos así cómo el proyecto patrimonial chileno, expresado mediante la Lista Tentativa de bienes chilenos postulables ante UNESCO como patrimonio de la humanidad, propone una versión de la historia de Chile que presenta a un país multicultural, que abre sus brazos a gentes de todas partes, y que emprende proyectos audaces en que, con efectividad, creatividad y rentabilidad, se domeña el territorio chileno, cuya gesta moderna está demostrada en lugares concretos de la geografía patria. La épica moderna de la chilenidad tiene, pues, su mapa, donde con el dedo podemos tocar, y  —de cuerpo entero—  visitar, los lugares en que se dieron las gestas: las salitreras con su comunidad obrera multicultural, Sewell con su unión de capital extranjero y tecnología foránea, y mano de obra y recursos naturales locales, así como Valparaíso, con su comunidad portuaria también diversa y multicultural, Chiloé con la prevalencia de lo católico como proceso civilizador que convirtió a los indígenas a la fe occidentalizada y a la industriosidad europea, cuyos ejemplos no he podido comentar por falta de espacio.

Las pintorescas iglesias de Chiloé (Chile) son patrimonio de la humanidad bajo la UNESCO.

Nótese que las postulaciones y designaciones mencionadas, más que hacerse de cara a Chile, seleccionan bienes que se distinguen por su naturaleza extranjerizante: capital extranjero y metodologías industriales en las salitreras y en Sewell, religión extranjera en Chiloé, arquitectura europeizada o norteamericanizada en Valparaíso e Iquique, presencia posiblemente polinesia en Rapa Nui, ambición modernista europeizada en Malleco y Temuco con el tren y su viaducto, ejemplos todos cuya presencia extranjera es leída por los redactores de las postulaciones como multiculturalismo, pero cuya fuerte signatura foránea identifica los bienes como transplantes o prótesis primermundistas en Chile. Se transforma la actividad económica, cultural y religiosa chilena según paradigmas del ideario del progreso —como la ciudad industrial, el mito tecnológico de la modernidad, y la salvaguardia de tradiciones religiosas heredadas de Europa. Más que proponer a los chilenos las paradas del país en el vía crucis de su modernización por fuero propio, el relato presenta a Chile como el país más extranjero de América Latina, en tanto es espacio en el cual lo extranjero prima sobre el interés local. Es revelador comparar las postulaciones chilenas al patrimonio mundial con las listas de Brasil, de México, de Perú, donde hay una mayor fluidez y representatividad de las distintas manifestaciones de la identidad local. En su Lista Tentativa, con toda su aparente variedad, Chile trae una y otra vez a escena el arquetipo de Rapa Nui: no el arcano incomprensible, sino el reto superable mediante un esfuerzo épico que asimila a los chilenos al ideario de un héroe que doblega a la naturaleza.

La zona portuaria y las casas en las solinas circundantes de Valparaíso, Chile, son patrimonio de la humanidad bajo la UNESCO.

Si regresamos al repertorio de tecnologías que utilizan diversas comunidades para “ajustar cuentas con el pasado”, tendríamos que decir que, con sus postulaciones patrimoniables, Chile, como Estado, intenta, más bien, ajustar cuentas con su futuro, al proponer la continuidad de unas tradiciones que darán lugar a la identidad que vendrá desde afuera. La propuesta patrimonial chilena provee una versión de la historia y de la identidad que ha estado expuesta a la crítica de sectores que se vieron desplazados y perseguidos por la dictadura, por las leyes indígenas, y por otras ordenanzas estatales y municipales que restringen la actividad de ciertos grupos sociales marginados. Algunos grupos han intentado recuperar áreas de la historia chilena reprimidas hasta ahora, como los familiares de los “desaparecidos” durante la dictadura; han reclamado la restitución de emblemas del pasado que han sido confiscados o suprimidos y han manifestado un enorme interés en la investigación genealógica y en la búsqueda de las raíces, como los mapuches. Crece en Chile el interés de grupos concretos en la instauración de eventos conmemorativos y una proliferación de museos de diversos temas y para diversos públicos.

La bibliografía local que atestigua gran sensibilidad hacia la importancia de la conservación del patrimonio documental es cada vez mayor en Chile, como lo atestigua el insistente trabajo de los nuevos historiadores que traen a cuento fuentes cada vez más diversas a un discurso historiográfico más rico y problematizante. Aunque la “marejada memorística” a la que alude Pierre Nora ha cobrado en Chile la forma de un profundo deseo de revisar los paradigmas y los contenidos de la historiografía chilena, en especial de cara al Bicentenario, lo cierto es que no existen acuerdos multitudinarios sobre los vínculos significantes entre el pasado —real o imaginario— y el presente (y el futuro imaginado, deseado) en términos de un sentido de pertenencia, de conciencia colectiva e individual, de memoria y de identidad, todo esto a espaldas del tipo de “historia oficial” como la que inventa el Consejo de Monumentos Nacionales para presentar ante el mundo mediante la Lista de Patrimonio Mundial, según cuyas postulaciones, la identidad chilena vendrá de fuera, tal como hasta ahora el capital extranjero que ha potenciado la economía nacional. La historia de Chile, al ser replanteada bajo los paradigmas de la UNESCO como criterios que definen la verosimilitud de su relato, resulta un tanto irreconocible en su triunfalismo y en la contradictoriedad de sus reclamos, según he intimado.

Varias interrogantes surgen como secuela necesaria de esta investigación. ¿Qué consensuaciones existen en Chile sobre el pasado nacional? ¿Cuáles son los emblemas reconocibles que apuntalan ese pasado? ¿Qué es patrimonio en Chile? ¿Quién decide lo patrimoniable y quién “debe” decidirlo? ¿En qué medida concreta las comunidades chilenas han participado en la postulación de sus bienes? ¿Hasta dónde se ha centralizado la selección a integrar en la Lista tentativa? ¿Es esta centralización deseable, en el contexto de la UNESCO y en el contexto del impulso memorial hacia la “glocalización”? ¿En qué medida esta Lista Tentativa dice más sobre la historia (oficial) de Chile por sus exclusiones que por sus inclusiones? ¿Qué comunidades, además del pueblo mapuche, han quedado invisibilizadas en esta lista? ¿Cómo prestigiar aquellas instancias históricas o conmemorativas que carecen de su “lugar de memoria”, como lo llama Pierre Nora? ¿En qué medida esta selección obedece al interés de insertar a Chile en el mercado industrial global en una posición de ventaja? Y, a fin de cuentas, ¿qué tiene que decir “el pueblo chileno”—esa “comunidad imaginada”— sobre esta memoria obligada, que replantea su pasado en función del relato de la prosperidad futura de un Chile siempre triunfante de la adversidad impuesta por su propia “loca geografía”? ¿A quién le sirven estos monumentos, en general, no intencionados (realmente “intencionados” en tanto han sido “inventados” por el imaginario político hegemónico), que Chile utiliza para presentarle al mundo el rostro que el Estado estima más presentable? Ante los lugares que apuntalan el sueño patrimonial de Chile, habría que repetir aquí nuestro epígrafe tomado de Italo Calvino, “la mentira no está en el discurso, está en las cosas”.

Notas:

* La versión original de este ensayo fue realizada durante una pasantía postdoctoral en el Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) de la Universidad de Santiago de Chile. Agradezco al Dr. Christián Parker Gumucio, y a su grupo docente y de investigadores, su colaboración en la preparación de este ensayo. Una vez publicado en ensayo, se concedió el certificado postdoctoral correspondiente. El ensayo se publicó originalmente como: Lilliana Ramos Collado.  Sueños patrimoniales: Chile reinventa su historia ante la UNESCO”. Romanitas, Año 3, Núm. 1, noviembre de 2008. El enlace es:

http://humanidades.uprrp.edu/romanitas/espanol/volumen3/ramos.html

[1] Nora, Pierre. “Reasons for the current upsurge in memory”. Eurozine (2002), y  Pierre Nora, ed. Lieux de mémoire (3 vols.), Paris, Gallimard, 1997, especialmente la introducción al 1er volumen; Smith, Laurajane. The Uses of Heritage, London, Routledge, 2006; Choay. Françoise. L’Allégorie du patrimoine, Paris, Seuil, 1999; Lowenthal. David. The Past is a Foreign Country, Cambridge, Cambridge U Press, 2006; Gillis, John R., ed. Commemorations: The Politics of National Identity, Princeton, Princeton U Press, 1996; Bal, Mieke, Jonathan Crowe, y Leo Spitzer. Acts of Memory: Cultural Recall in the Present, Hanover, University Press of New England, 1999; Nelson, Robert y Margaret Olin. Monuments and Memory, Made and Unmade, Chicago, The U of Chicago Press, 2003; Hobsbawm, Eric y Terence Ranger. The Invention of Tradition, Cambridge, Cambridge U Press, 1996; Moore, Niamh e Yvonne Whelan. Heritage, Memory, and the Politics of Identity, Aldershot, Ashgate, 2007.

[2] “Narratives of heritage, and the domain that heritage covers, are contested because there is nothing intrinsically sacrosanct about any building, any part of nature, or any cultural practice. As social relations ebb and flow, as one class or pressure group takes ascendancy over another, new perceptions, new views on the past and what was of value in the past, also take over.” Harrison, David. “Introduction. Contested Narratives in the Domain of World Heritage.” En Harrison, David y Michael Hitchcock. The Politics of World Heritage: Negotiating Tourism and Conservation, London, Multilingual Matters, 1995, p. 7.

[3] “Workers, racial minorities, young people, and women gained admission to national memories at an even slower pace than they were admitted to national representative and educational institutions.” Gillis, op. cit., 10-11.

[4] Sin duda, el muerto o el cadáver es el signo más patente de lo pasado, emblema de preterición, de finitud y transitoriedad: “Cuando se les prohíbe a los vivos enterrar a sus muertos negándoles sus cuerpos o sus últimos relatos, pareciera que el espacio público y político, el pasado, la filiación, la sobrevivencia misma se encuentran devastados para siempre. Se les prohibió el cementerio [el acto “memorial” de clausura que da contorno a la memoria, según Lowenthal, op. cit.] y, por lo tanto, el duelo a las madres de Buenos Aires y a otras en América Latina y también hoy en Argelia y ellas, con gran sabiduría, se tomaron la plaza para reclamar justicia y verdad [virtudes sociales que “desaparecieron” junto con los “desaparecidos”]. Cada semana, dejan atrás la queja y las lágrimas para desplegar el litigio inadmisible e inscribirlo en un discurso argumentado [mantener vivo al desaparecido, exigir su cuerpo como vestigio memorioso, crear el relato de la memoria que mantiene vivo al muerto, que mantenga presente al desaparecido]. Deshacen las certidumbres [la “historia oficial”], rompen el secreto consensual [la amnesia o amnistía colectiva, según Peter Burke. “La historia como memoria colectiva”. Formas de historia cultural, Madrid, Alianza Editorial, 2000, p. 82], son sujetos políticos e inician una serie de actos de transformación que nadie quiere escuchar [hacen un llamado a no olvidar, a no permitir que se reprima la memoria de la injusticia, y así evitar que la historia se repita].” Déotte, Martine. “Desaparición y ausencia de duelo.” En Richard, Nelly, ed. Políticas y estéticas de la memoria, Chile, Editorial Cuarto Propio, 2006, p. 96. Las glosas entre corchetes son mías.

La importancia del vestigio emblemático para la construcción de la memoria reprimida por la injusticia o por el duelo manifiesta un apego humano a la materia como topos memorístico: “Comme dans tout deuil […], ce n’est pas ‘seulement’ la mort de l’autre qu’il s’agit d’accepter. […] Ce qu’il faut aussi intégrer, c’est sa disparition […] un ébranlement référentiel face à une mort invérifiable [… de] ces êtres gommés […], comme égarés en un non-lieu, un zone aveugle d’où éclosent tous les fantômes de la mémoire. Entre autres soutiens, les psychologues ont ramassé à l’intention des endeuillés des […] traces, des indices, des tombeaux portatifs en quelque sorte, […] conservés à domicile, à devenir les signes commemoratifs.” Urbain, Jean-Didier. “Le monument et la mort: deuil, trace et mémoire”. En Debray, Régis, ed. L’Abus monumental?, Paris, Fayard, 1999, p. 49.

[5] Lowenthal, op. cit,, pp. 52-63.

[6] “The relationship between memory and identity is historical; and the record of that relationship can be traced through various forms of commemoration… Commemorative activity is by definition social and political, for it involves the coordination of individual and group memories, whose results may appear consensual when they are in fact the product of processes of intense contest, struggle, and, in some instances, annihilation.” Gillis, op. cit., p. 5.

[7] Peter Burke afirma, junto con Pierre Nora, que la preservación de documentos es indispensable para poner en cuestión mitos y falacias de la memoria colectiva, y que es función de los historiadores ser “recordadores” (recorders). “La escritura y la imprenta favorecen así la resistencia a la manipulación.” Op. cit, p. 85.

[8] Lowenthal, op. cit. Jocelyn-Holt Letelier, Alfredo. “Balance historiográfico y una primera aproximación al canon”, en de Mussy, Luis G., ed., Balance historiográfico chileno. El orden del discurso y el giro crítico actual, Santiago de Chile, Ed. U de Finis Terrae, 2007, pp.  31-74.

[9] Debray, Régis. Transmitir, Buenos Aires, Manantial, 1997, pp. 46-47.

[10] En esta parte del ensayo, sigo de cerca las propuestas de Choay, op. cit.

[11] Anderson, Benedict. Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, London, Verso, 1993, pp.  37-46.

[12] Riegl, Alois. El culto moderno a los monumentos, Madrid, Visor, 1987.

[13] Choay., op. cit.

[14] Riegl, op. cit., p. 23.

[15] Ibid., pp. 14-15.

[16]  Ibid., p. 18. Ver también Gillis, op. cit., pp. 16-18; Lowenthal, op. cit., pp. 238-261.

[17] Albert Speer, arquitecto de Adolf Hitler, preocupado por la falta de estética y de majestuosidad de las ruinas de acero y ferroconcreto producto de los bombardeos en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, le propuso a Hitler construir los edificios tomando en cuenta su “valor de ruina”, es decir, la estética y majestad que seguirán teniendo, una vez ruinosos, y por eso le recomendó el uso de la piedra en vez del hierro en las construcciones futuras del Reich. Es decir, Speer proyectaba incluso cómo sería ruina de los edificios que diseñaría para el Führer. Ver Speer, Albert. Inside the Third Reich, New York, Simon & Schuster, 1997, pp. 54-69.

[18] Todo objeto del pasado puede convertirse en testimonio histórico sin haber tenido, en su origen, un destino memorístico. Y todo artefacto humano puede tomar, deliberadamente y en retrospectiva, una función memorística. De ahí, la variedad de objetos que inundan hoy el “mercado de la memoria”.

[19] Nelson & Olin, op. cit., pp. 3-4.

[20] Heidegger, Martin. “Building Dwelling Thinking”. Basic Writings, London, Routledge, 1972, pp. 338-339.

[21] Choay. “L’invention du patrimoine urbain”, ibid., pp. 130-151. Huyssen, Andreas. “Present Pasts. The Voids of Berlin”. En Present Pasts: Urban Palimpsests and the Politics of Memory, Stanford, Stanford U Press, 2003.

[22] http://whc.unesco.org/list.

[23]  Et passim, ibid.

[24] Debray, Régis. Transmitir, Buenos Aires, Manantial, 1997, pp. 40-52. En el caso de Chile, ver el incisivo opúsculo de Subercaseux, Bernardo. Nación y cultura en América Latina. Diversidad cultural y globalización, Santiago de Chile, LOM, 2002, pp.  21-23.

[25] http://whc.unesco.org/en/globalstrategy.

[26] UNESCO, World Heritage Centre. Operational Guidelines for the Implementation of the World Heritage Convention, 1996, 2008.

[27] Augé, Marc. “Turismo y viaje, paisaje y escritura”. El tiempo en ruinas, Barcelona, Gedisa, 2003, p. 60

[28] Departamento de Prensa Internacional de la Secretaría de Comunicación y Cultura, Gobierno de Chile. “El patrimonio chileno”. En Chile Reportajes, Núm. 20, 2 de agosto de 2005.

[29] Riegl. op. cit., 23-24.

[30] “En la mayoría de los casos, la selección de bienes y testimonios culturales es realizada por grupos sociales dominantes, de acuerdo con criterios y valores no generales, sino restrictivos o exclusivos. Por otra parte, cuando en el proceso histórico se manifiesta la presencia de un estado nacional con un proyecto histórico nacionalista, entonces la selección de los bienes y testimonios del patrimonio cultural es determinada pos los ‘intereses nacionales’ de ese Estado, que no siempre coinciden con los de la nación real. Es el caso de los Estados latinoamericanos, que son naciones multiétnicas, con patrimonios culturales diversos, parte de los cuales han sido históricamente marginados, olvidados o rechazados por la noción de patrimonio cultural dominante que sustenta el Estado nacional.” Florescano, Enrique. “El patrimonio cultural y la política de la cultura”. En Florescano, E., comp. El patrimonio cultural de México, México, FCE, 1993, p. 9.

[31] La cuestión de la continuidad es clave en los ejercicios de construcción del pasado. Ver, en especial, Lowenthal, op. cit., Gillis, op. cit., y, en general, Halbwachs, Maurice. On Collective Memory, Chicago, Chicago U Press, 1975.

[32] Vale comparar este texto extraordinario de Subercaseaux (publicado en 1940) con el extenso relato de Charles Darwin sobre su recorrido de Chile (1832-1835) en The Voyage of the Beagle. El relato geográfico de Darwin ciertamente le sirve de “architexto” al autor chileno, quien además recurre al gesto narrativo de Julio Verne de configurar sus novelas como “viajes extraordinarios” por parajes inusuales (“locas geografías”) que operan como obstáculos para el héroe novelesco (o para el joven naturalista, e.g. Darwin…), por ejemplo, en La vuelta al mundo en ochenta días (1873). Subercaseaux, Benjamín. Chile o una loca geografía, Buenos Aires, EUDEBA, 1964; Darwin, Charles. Darwin en Chile. Viaje de un naturalista alrededor del mundo, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1995; Verne, Jules. La Tour du monde en quatre vingt tours, Paris, Livre de Poche, 1971.

[33] Departamento de Prensa Internacional de la Secretaría de Comunicación y Cultura, Gobierno de Chile. “El patrimonio chileno”. En Chile Reportajes. Núm. 20, 2 de agosto de 2005, p. 2.

[34] Ver Florescano, op. cit.

[35] Jauss, Hans Robert. Experiencia estética y hermenéutica literaria, Taurus, Madrid, 1977, pp. 15-18.

[36] El ensayo fundamental sobre el asunto de lo verosímil es el de Gérard Genette, “Vraisemblance et motivation”, en Figures II, Paris, Seuil, 1969, pp. 71-97. Según Genette: “Lo que define la verosimilitud es el principio formal de respeto a la norma, es decir, la existencia de una relación de implicación entre la conducta particular atribuida a un cierto personaje, y una cierta máxima general implícita y consabida. Esa relación de implicación funciona también como un principio de explicación: lo general determina y, por lo tanto, explica lo particular; comprender la conducta de un personaje es poder referirla a una máxima admitida, y esa referencia se entiende como un regreso desde el efecto a la causa […] El relato verosímil es, pues, un relato cuyas acciones responden, como tantas otras aplicaciones o casos particulares, a un cuerpo de máximas aceptadas como verdaderas; pero estas máximas, por el hecho mismo de que son aceptadas, existen en la mayoría de los casos, implícitamente. La relación entre el relato verosímil y el sistema de verosimilitud al cual se adscribe, es, pues, esencialmente muda: las convenciones del género operan como un sistema de fuerzas y restricciones naturales, que son obedecidas por el discurso narrativo sin percibirlas y, a fortiori, sin nombrarlas. [Estas convenciones constituyen] el pacto tácito entre la obra y su público. Lo verosímil es, pues, un significante sin significado, o más bien, no tiene otro significado que la obra literaria misma.” (pp. 74-77) La bastardilla es del autor y la traducción es mía.

[37] http://whc.unesco.org/archive/advisory_body_evaluation/715.pdf.

[38]  Op. cit.

[39] Graeme Evans. “Mundo Maya: From Cancún to City of Culture. World Heritage in Post-colonial Mesoamerica”. En Harrison, David and Michael Hitchcock. The Politics of World Heritage: Negotiating Tourism and Conservation, London, Multilingual Matters, 1995, pp. 35-49

[40] Consejo de Monumentos Nacionales, Ministerio de Educación del Gobierno de Chile. Lista Tentativa de Bienes Culturales de Chile a ser Postulados como Sitios del Patrimonio Mundial de UNESCO (2004), p.  6. Esta edición añadió el Sitio Arqueológico de Monte Verde y el Camino Principal Andino o Qhapaq-Ñan.

[41] Geertz, Clifford. “Descripción densa: hacia una teoría interpretativa de la cultura.” La interpretación de las culturas, Barcelona, Gedisa, 2000, pp. 37-38.

[42] Los criterios al día de hoy son: “i. to represent a masterpiece of human creative genius; ii. to exhibit an important interchange of human values, over a span of time or within a cultural area of the world, on developments in architecture or technology, monumental arts, town-planning or landscape design; iii. to bear a unique or at least exceptional testimony to a cultural tradition or to a civilization which is living or which has disappeared; iv. to be an outstanding example of a type of building, architectural or technological ensemble or landscape which illustrates (a) significant stage(s) in human history; v. to be an outstanding example of a traditional human settlement, land-use, or sea-use which is representative of a culture (or cultures), or human interaction with the environment especially when it has become vulnerable under the impact of irreversible change; vi. to be directly or tangibly associated with events or living traditions, with ideas, or with beliefs, with artistic and literary works of outstanding universal significance. (The Committee considers that this criterion should preferably be used in conjunction with other criteria); vii. to contain superlative natural phenomena or areas of exceptional natural beauty and aesthetic importance; viii. to be outstanding examples representing major stages of earth’s history, including the record of life, significant on-going geological processes in the development of landforms, or significant geomorphic or physiographic features; ix. to be outstanding examples representing significant on-going ecological and biological processes in the evolution and development of terrestrial, fresh water, coastal and marine ecosystems and communities of plants and animals; x. to contain the most important and significant natural habitats for in-situ conservation of biological diversity, including those containing threatened species of outstanding universal value from the point of view of science or conservation.” http://whc.unesco.org/en/criteria/.

[43] Hegel, G.W.F. “La epopeya.” Estética (Vol. II), Madrid, Editorial Alta Fulla, 1991, p. 341.

[44] República de Chile. Oficinas Salitreras Humberstone y Santa Laura: Postulación para su inclusión en la lista del patrimonio mundial/UNESCO, 2003.

[45] Ibid., p. 3

[46]  Ibid., p. 19

[47]  Ibid.

[48] Según Pierre Nora, op. cit., son espacios materiales donde existen vestigios que ayudan a preservar la memoria de un grupo social.

[49] República de Chile. Consejo de Monumentos Nacionales, Ministerio de Educación del Gobierno de Chile. Lista Tentativa de Bienes Culturales de Chile a ser Postulados como Sitios del Patrimonio Mundial de UNESCO (2004), p. 21.

[50] Consejo de Monumentos Nacionales, Gobierno de Chile y CODELCO. Nomination of the Sewell Mining Town for its Inscription on the World Heritage List of the UNESCO, 2006, p. 15.

[51] Ver el pormenorizado análisis de este proceso de concienciación en Pinto Vallejos, Julio. Trabajos y rebeldías en la pampa salitrera, Chile, Editorial Universidad de Chile, 1998.

[52] Debord, Guy. La sociedad del espectáculo, Valencia, Pre-textos, 1999, p. 127-131. Ana Pizarro habla también de la pluralidad de tiempos en la cultura chilena, en este caso en los tiempos distintos de las culturas indígenas y las culturas dominantes. Pizarro, Ana. “De ostras y caníbales: Problemas de historiografía y biculturalismo”. De ostras y caníbales: Ensayos sobre cultura latinoamericana, Chile, Universidad de Santiago, 1994, pp.  71-80.

[53] Lista tentativa, op. cit, p. 70.

[54] Huyssen da una definición especial para las ruinas “modernas” (siglos XIX y XX): “La nostalgia está en juego cuando se observan los restos en decadencia de la edad industrial y sus ciudades empequeñecidas, en las pretéritas zonas industriales de Europa, de la ex Unión Soviética, los Estados Unidos: plantas automotrices abandonadas en Detroit, monstruosos hornos de fundición de acero en la cuenca del Rur integrados hoy a parques, gigantescos conglomerados industriales del carbón y del acero en Europa oriental rodeados de ciudades fantasmas, cifras del fin del socialismo. Tales ruinas y su representación en libros de fotografías, películas y exposiciones son un claro signo de nostalgia por los monumentos de una arquitectura industrial correspondiente a un pasado donde una cultura pública estuvo unida al trabajo y a su organización política.” Huyssen, Andreas. “La nostalgia por las ruinas”. Heterocronías. Tiempo, arte y arqueologías del presente, Murcia, CENDEAC, 2008, p. 37.

[55] La lista de la UNESCO describe a New Lanark así: “New Lanark is a small 18th- century village set in a sublime Scottish landscape where the philanthropist and Utopian idealist Robert Owen moulded a model industrial community in the early 19th century. The imposing cotton mill buildings, the spacious and well-designed workers’ housing, and the dignified educational institute and school still testify to Owen’s humanism. […] When Richard Arkwright’s new factory system for textile production was brought to New Lanark the need to provide housing and other facilities to the workers and managers was recognized. It was there that Robert Owen created a model for industrial communities that was to spread across the world in the 19th and 20th centuries. Criterion iv New Lanark saw the construction not only of well designed and equipped workers’ housing but also public buildings designed to improve their spiritual as well as their physical needs. Criterion vi The name of New Lanark is synonymous with that of Robert Owen and his social philosophy in matters such as progressive education, factory reform, humane working practices, international cooperation, and garden cities, which was to have a profound influence on social developments throughout the 19th century and beyond.” http://whc.unesco.org/en/list/429

[56] Sennet, Richard. Flesh and Stone: The Body and the City in Western Civilization, New York: W.W. Norton & Company, 1994, p. 15.

[57] Parentini, Luis Carlos. Historiadores chilenos frente al Bicentenario, Santiago de Chile, USACH, 2008.

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