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Carlos Ruiz Valarino, “Paradisus Project 1” (2009), detalle.

por Lilliana Ramos Collado

 “Qual é [il luogo] in cui si segna il confine tra il giorno prima e il giorno dopo?” —Umberto Eco, L’isola del giorno prima

No hay nombre más alentador que “Isla de Puerto Rico”. Por un lado, se habita la isla como quien habita una de las metáforas fundantes del concepto occidental de felicidad: la isla afortunada. Situada justo en el borde del mundo conocido, la isla afortunada de leyenda es un más allá espléndido que traza el contorno metafórico de un pensamiento auroral: se trata del espacio que posibilita una vida mejor. Las islas se encuentran, mecidas por el mar, siempre y exactamente en el lugar de la aurora. El propio Juan Ramón Jiménez, en su bello manuscrito dedicado a Puerto Rico, titulado Isla de la simpatía, fundió en un solo gesto, para describir nuestro país, aurora e isla:

“La mañana con su sol horizontal me despierta. Salgo en el acto a ver la luz de Puerto Rico, esa luz nueva de un sol viejo que nadie ha pisado todavía en la yerba del campo. Mis flores están de todo su color de aurora.”

Como si la intuición presciente, al pie del alba, fuera el punto de partida de cada gesto vital, expresado con rotunda redundancia en esta mítica conjunción.  Y el descubridor de islas, el náufrago desamparado, el explorador curioso, el exiliado anhelante, el cast away, están siempre, ante esa isla, al atisbo del horizonte, en la espera de salvación, mirando con alma y corazón el contorno del horizonte donde finalmente se eleve ese montículo propicio. Siempre a punto de llegar, siempre a punto de salvarse. A punto de, finalmente, disfrutar de la primera aurora en esa isla afortunada el día después de la llegada.

Tanto Marxz Rosado, en su proyecto El hombre de Islote, como Carlos Ruiz-Valarino, en su Proyecto Paradiso, se instalan, mediante sus proyectos de claro corte conceptual, en una venerable tradición de islas mañaneras, con toda su pesantez simbólica. Y nuestro rico puerto isleño probablemente cobra para ellos la solidez espléndida, proustiana, de los topónimos: Puerto Rico no es un mero nombre, sino la descripción del lugar de arribo del exiliado deseoso. Sólo un exiliado, aquél que se siente raptado o desterrado de su origen, busca este buen puerto, o simplemente espera ser rescatado de su desamparo, de su naufragio, y ser devuelto a la tierra prometida del origen, ya borrosa en la memoria. Y no sólo exploran estos dos artistas esa isla del deseo, este buen puerto entrañable, sino que reflexionan sobre esos y esas que se lanzan en su busca, o que, simplemente, otean los cielos y los mares en un reiterado gesto de espera.

Vale decir que estos mitos de la isla afortunada y del buen puerto, y las tramas y personajes que estas narrativas ponen en juego, son, para Rosado y para Ruiz-Valarino, eso mismo: mitos. Instigados por una inteligencia crítica aguda, descarnada, estos artistas se lanzan a indagar la validez de lo que en el imaginario político puertorriqueño podemos llamar “la búsqueda del paraíso perdido”.  O, también, el momento en que seremos salvados de nuestro naufragio. El mito se desdobla así en propuestas de talante contrario. A la isla afortunada le corresponde la isla desolada que acoge al náufrago y le obliga a reinventar la civilización. Al buen puerto le corresponde el puerto ingrato, hostil, que se resiste a la mano diligente, a la laboriosidad del viajero extraviado.

Presente en nuestra literatura desde los primeros cancioneros que le cantaban a nuestra bella isla doncella, y enredado en el afán de nuestros primeros novelistas naturalistas que querían curar los males de la patria para devolverle su salud y belleza virginales, el Edén puertorriqueño sigue vivito y coleando en la Alabanza en la Torre de Ciales de Juan Antonio Corretjer y en la empresa educativa de la DIVEDCO durante la década de 1950, en los paisajes espléndidos de Myrna Báez en los 70s y 80s, en nuestra música neojíbara o neocriollista, y en la creación de las “Comunidades Especiales” bajo la gobernación de Sila Calderón en la década del 2000.

Las luchas recientes por el rescate del litoral al pie del complejo millonario de viviendas de Paseo Caribe en la zona turística del Condado buscan eso mismo: regresar al grado cero de nuestro paisaje, a ese tiempo anterior a la pisada del conquistador: volver a esa originaria isla afortunada. Comenzar a fundar, finalmente, la Nación Puertorriqueña con mayúsculas. Esta idea nacional de que nos encontramos “a punto de llegar” a buen puerto nos coloca en el extraño umbral que con tan buen tino exploró Umberto Eco en su novela L’isola del giorno prima (La isla del día antes), en la que, varado en un barco semihundido, un navegante atisba a lo lejos lo que parece ser una isla —hermosa, salvadora—, pero nunca logra llegar a ella. Eco se pregunta: ¿Cuál es lugar que señala el confín entre el día antes y el día después?” El navegante siempre se queda “a punto de”, en el día antes de llegar a su ansiado destino.

Tanto El hombre de Islote como Proyecto Paradiso cuestionan la sencillez y la inevitabilidad de ese regreso al origen del buen puerto en la isla afortunada, y por lo tanto parecen reflexionar sobre la posibilidad misma de fundar (finalmente) la postergada Nación. Estos proyectos —parcos en su materialidad, contundentes en sus hallazgos y llanos en su expresión— exploran la trama metafórica de nuestros mitos rectores: por un lado ese “catar a lo lejos, más allá del horizonte” que define al buscador de paraísos; y por otro, la idea misma de “conquistador” y “habitante” de la isla, que aquí se convierte en un cast away que se ve obligado a redescubrir el fuego. En manos de Rosado y de Ruiz-Valarino, los mitos conformantes de nuestro imaginario colectivo como “nación” se aprovechan ya sea para caricaturizar el gesto del “avistamiento del paraíso”, o para reflexionar sobre la complejidad inenarrable de volver a fundar la civilización en una isla nueva, recién descubierta, que se resiste a la ocupación humana. Si en el caso de Ruiz-Valarino, su discurso visual se centra en cuestionar la mirada perdida en el horizonte, la indagación de Rosado busca destacar el desamparo intrínseco de toda gesta fundacional. En fin, el “paraíso” no es cosa fácil porque no es nada más que ideología.  Se trata de un territorio que no es de este mundo.

Marxz Rosado, “Hombre de Islote” (2009), secuencia de vistas fijas del vídeo.

El proyecto El hombre de Islote, de Marxz Rosado, explora un caso concreto: sigue de cerca los trabajos de un hombre “real” que ha ocupado un “islote” donde se encuentra totalmente solo. Sus recursos de labor mezclan los desperdicios que llegan desde una civilización “al otro lado del mar” —aparatos electrodomésticos, herramientas, instrumentos musicales— con pencas de palma, troncos, hojas, tierra, que el islote brinda. El oscurecimiento selectivo que lleva a cabo el ojo del artista, la des-estetización del lugar —presentado en su desaliño—, las tomas de cámara deliberadamente torpes, casuales, erráticas, o deliberadamente fijas, sosegadas y hermosas, la presentación del “habitante” como un náufrago desarrapado y ensombrecido, pero a la vez curioso, talentoso e intencionado (canta, escribe poesía, compone canciones, demarca territorios…) que pretende fundar su propia y mínima civilización en torno a un fuego poco heroico y amenazado por las aguas turbias que poco recuerdan la limpidez cristalina de las aguas virginales de la isla ideal, ayudan a construir la imagen de este precario y poco deseable habitat, que acaba siendo una inversión casi sistemática de las ideas de “rico puerto” y de “isla afortunada”. Rodeado de caos por todas partes, el habitante elabora, descubre o elige sus objetos memoriosos, aventando, para poder “habitar”, un fuego precario. La idea romántica de que abandonar la civilización nos permitirá alcanzar la felicidad perdida precisamente por culpa de la civilización, resulta ser, en las manos de este artista, el objeto de la crítica. Puerto Rico ni es puerto, ni es rico.

Marxz Rosado, “Hombre de Islote” (2009), vista fija del vídeo.

En el vídeo, el artista sigue al hombre de Islote en su “arte de la marcha”[1], mientras con aparatos heteróclitos va trazando un contorno cierto, aunque misterioso, del territorio “habitable”. Al perseguir sus actividades demarcadoras, Rosado va dialogando con el hombre: mientras éste declama, interpreta canciones, traza fronteras, Rosado decide las tomas, selecciona los escenarios, le insta a escribir. La marcha del hombre de Islote se ve ripostada por la mirada rastreadora de Rosado. A los puntos limítrofes que el hombre de Islote impone sobre esta tierra despoblada, corresponden los encuadres fílmicos de Rosado; a los aparatos electrodomésticos que usa el hombre de Islote para fundar su “nación”, corresponden las tecnologías del vídeo que usa Rosado para crear una trama y demarcar el territorio semántico de su acción de arte.

Marxz Rosado, “Hombre de Islote” (2009). El hombre va escribiendo sus discursos con palabras desencajadas pero abundantes.

Resulta así que el “hombre de Islote” no está sólo, y que juntos, Rosado y él, van fundando, en su diálogo “tecnológico”, en la similitud de sus empresas territoriales, una sociedad apuntalada en la creatividad misma que se ve propiciada en el espacio semánticamente baldío que es Islote. Aislados —privilegio extraordinario en este Puerto Rico tan lleno de gente—, ensayan la ocasión del origen. Por eso es importante  notar que la máscara que viste el hombre de Islote a solicitud del artista, y que parece eliminar toda referencia de identidad individual y así elevar el personaje a la esfera de lo meramente “humano”, corresponde a la invisibilidad del artista, quien usa de máscara la cámara de vídeo misma. Aquí no estamos ante el “buen salvaje” cuya única oportunidad de salvación, según Jean-Jacques Rousseau, es mantenerse completamente al margen de la civilización esquivando toda “perfectibilidad” (para Rousseau, la tecnología es inmoral y signa “la caída del ser humano”[2]…). Al contrario, en su marcha compartida, el hombre de Islote y Rosado van “perfeccionando” su manejo del territorio al “malversar” las tecnologías de las que disponen. Un hombre solo no hace la civilización. Así, la narración que hilvana este proyecto se propone como un argumento ideológico cuidadosamente trabado en el cual esta civilización “islótica”, “marxzista” (¡!), ciertamente estrafalaria, acontece en el diálogo literalmente creador.

Carlos Ruiz Valarino, “Paradisus Project 3” (2009).

La propuesta de Ruiz-Valarino en Proyecto Paradiso es la cara lavada de este mismo desconcierto. Fotografía tras fotografía, un grupo de personas, que dan la espalda al espectador, “miran hacia lo lejos”. Elevados sobre el paisaje en montículos, grúas, azoteas, acantilados, dunas playeras, la canastilla del mástil de un barco que se hunde, o en una gigante tapa de botella que sobrenada un mar embravecido, a pleno sol, empequeñecidos por su entorno, juntos pero indiferentes entre sí, estos “avistadores de paraísos” se pierden en su propia mirada, usualmente dando la espalda al lugar donde se encuentran y a nosotros. Colocados en la cumbre de un paisaje soleado, justo al medio día (los cuerpos no echan sombra…), ellos miran el horizonte, que está oculto a la mirada nuestra, la mirada del espectador de las fotos. Nosotros apenas los miramos mirar, sintiendo que, o no vemos lo que ellos ven, o que ni nosotros ni ellos vemos algo.

Carlos Ruiz Valarino, “Paradisus Project 11” (2009)

Es el esfuerzo inútil de la mirada lo que se retrata aquí. La futilidad misma de la empresa de estos personajes lo que nos indica la banalidad de su búsqueda y de su espera. Como el pobre Rantés en el excelente film Hombre mirando al sureste (Eliseo Subiela, 1985), estos personajes esperan ser “recogidos”, rescatados por fuerzas inconmensurables, por los del más allá, por los… dioses, representados en su versión cómica por pequeñas avionetas donde ciertamente no cabrán todos los que hacia arriba miran. Mirar, en ellos, revela que no están, ya, en el paraíso, sino que esperan ser levantados y sacados de este lugar en que se encuentran atrapados, pospuestos: un lugar terso y bien manicurado, y a la vez ominoso y terrible en su artificiosa banalidad de césped verde y cielo azul.

Carlos Ruiz Valarino, “Paradisus Project 22” (2009).

Ruiz-Valarino convierte la isla auroral de la esperanza en la “isla al medio día”, que pertenece no sólo a la imaginación de Julio Cortázar, sino a una larga tradición que Giorgio Agamben  ha llamado “el demonio meridiano”[3]: esa sensación de desarraigo y desapego del lugar que asocia la hora del medio día con conceptos como pereza, tristeza, hastío del mundo y desidia. Ese demonio nos rapta, literalmente nos “disloca” (nos saca de quicio, del “lugar”) justo al medio día, a la hora en que el sopor del sol bravío nos abruma, nos marea, nos vuelve extraños a nosotros mismos. A esa hora equívoca, deslumbrante, nos sobreviene el caos mental, la alucinación, el espejismo. A esa hora, según Agamben, nos horroriza nuestro lugar, nos surge el sueño, el deseo de evasión, y nos rapta la imagen del paraíso como el no-lugar del deseo, como lo inaccesible anhelado. Al medio día, como nos dice Platón en su Fedro[4], la ninfa del sueño nos “aloca”, nos arrebata el “locus”, el “lugar”. Locura y desarraigo van de la mano al medio día.

Mientras los personajes de Ruiz-Valarino se “alocan”, se elevan, se quedan suspensos oteando el horizonte de su deseo, a nosotros, mirarlos mirar nos vuelve voyeristas, igualmente “alocados”, raptados por la escena de deseo que avistamos. Y bien lo sabemos: mirar el deseo nos da deseos de mirar. El deseo nos contagia. Se intima así la obscenidad de esta búsqueda…  la falsificación cultural del mito mismo del encuentro con el paraíso. Posando cada uno en el papel improbable de Rodrigo de Triana (quien avistó antes que nadie las tierras de América desde el palo mayor de La Pinta, una de las carabelas de Cristóbal Colón), los mirones de Ruiz-Valarino —y nosotros los espectadores, que nos hemos vuelto mirones—, sólo pueden descubrir “castillos en el aire” en la forma de las nubes que flotan sobre un complejo de walk-ups. En el encierro urbano, mirar al cielo es el gesto caricaturizado de la búsqueda de la isla afortunada. El paraíso nunca es “éste donde estamos”, sino ese que tiene la forma caprichosa, indefinible, de las nubes. Es decir: la forma equívoca, impredecible, de nuestro deseo.

Fotos vacuas de composición simple, casi snapshots de veraneo inocente, las de Ruiz-Valarino capturan los gestos de la búsqueda y de la espera que apuntalan la idea de paraíso. Así van deshilvanando la trama esperanzadora de aquellos que los buscan. Su falta de elocuencia es elocuente. La facilidad con la cual damos con la trama es desesperante. El horrible descubrimiento de la banalidad de la empresa nos abruma. En el confín de la mirada, no hay más que nubes: un horizonte que retrocede detrás de los montes y de los mares que encubren ese “más allá”. ¿Acaso estamos ante una reflexión profunda acerca de la inteligibilidad misma de la imagen fotográfica? ¿Acaso estas tabulae rasae que nos brinda Ruiz-Valarino revelan que es el delirio hermenéutico del observador de fotos el que funda su significado como el “paraíso perdido” del sentido? ¿Acaso estas fotos tan desnudas nos advierten esa falta de horizonte ante la regresión infinita del imaginario en el momento tangible del acontecimiento?

Destrenzar las tramas de la ideología que apuntalan los mitos de nuestro paraíso puertorriqueño parece ser la meta de Marxz Rosado y de Carlos Ruiz-Valarino. En estos proyectos, Puerto Rico se va desvaneciendo entre las nubes y se pierde detrás del horizonte, y los habitantes de este “islote”, alienados, sobrecogidos por la ingente barbarie del origen, van tropezando con los vestigios de su deseo, con la basura que nos trae la corriente marina que rodea nuestra esperanza por todas partes, para reconstruir el sentido de su marcha. Esa corriente infinita e implacable y ese hermoso páramo donde verde césped y cielo azul conjugan una temporalidad suspendida por la espera, nos hacen recordar esas  extrañas palabras de Eco en su novela citada en el epígrafe: “¿Cuál es [el lugar] que marca el confín entre el día antes y el día después?” La respuesta —esperamos todos— llegará… ¡mañana!

[Publicado originalmente como ensayo del catálogo de arte para la participación de Puerto Rico en la Bienal de Cuenca, Ecuador, como “Lilliana Ramos Collado. ‘En busca del paraíso… perdido’. Bienal de Cuenca 2009. San Juan: Ediciones del Museo de Arte Contemporáneo, 2009, pp. 2-11.]

[1] Me refiero al “arte de caminar” que se desarrolló en varias partes del mundo como corolario del llamado “Land Art” en los años ‘70s, 80s y 90s. Los artistas documentaban su trazo o la huella que dejaban al andar un territorio que demarcaban con su marcha misma, dejando a veces signos inequívocos de su paso por los lugares. Pienso, por ejemplo, en el caso de Christian Phillip Müller, con su Illegal Border Crossing between Austria and Czechoslovakia (Bienal de Venecia, Pabellón de Austria, 1993), examinado con atención en Miwon Kwon,  One Place After Another: Site-Specific Art and Locational Identity. Cambridge: The MIT Press, 2004). La acción de arte fundía así la huella, el trazo y el documento fotográfico o fílmico. El diálogo de Marxz Rosado con el “arte de la marcha” es evidente en El hombre de Islote.

[2] Jean-Jacques Rousseau. Diálogo acerca del origen de la desigualdad entre los hombres.  Madrid: Alianza Editorial, 1994.

[3] Giorgio Agamben. Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Valencia: Pre-Textos, 2001.

[4] Platón. Fedro. Madrid: Gredos, 1997, p. 313, 316-317.

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