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Rafael Tufiño, Plena No. 11 “(Portafolio de Plenas)”

por Lilliana Ramos Collado

“Temporal, temporal, allá viene el temporal.

Temporal, temporal, allá viene el temporal.

Qué será de mi Borinquen, cuando llegue el temporal.

Qué será de Puerto Rico, cuando llegue el temporal.”
—Tradicional

La construcción imaginaria de los fenómenos climáticos a través de las culturas suele asumir la forma de relatos fantasiosos protagonizados por seres sobrenaturales y héroes semidivinos o humanos que afirman su valía ante la prueba que el desastre natural constituye para el individuo y su comunidad. Ante la claudicación de todo orden que el desastre implica, el héroe establece un discurso de estabilización que presupone la conversión de un mundo periclitado en un nuevo mundo que habrá de levantarse sobre los escombros dejados atrás por el cataclismo. Así, al decir de Heráclito, nada nace ni muere: todo se trasforma en aras de un constante reprocesamiento de materias y energías, de un perpetuo reciclaje de lenguajes simbólicos que siempre reclaman expresión narrativa mediante relatos del final.

El Apocalipsis o el relato del final, cede al impulso de imaginar ese momento inenarrable ante el cual el entendimiento humano pierde su arraigo y cede a la inhumanidad de una materialidad todopoderosa en su ajenidad e impersonalidad. Pero realmente no cede, sino que propone un relato cuya función es darnos siempre la esperanza de constituir sentido, incluso cuando todo sentido ha llegado a su final, o cuando sólo queda el sentido del final. Situación paradójica que da cuenta de la posibilidad de que el relato sobreviva a su narrador y sea dicho por nadie y por ninguna voz, pero a gritos a través de un paisaje desnudo de toda existencia humana. Como afirma Frank Kermode en su The Sense of an Ending, libro que fecundó grandes controversias en el ámbito de la teoría literaria mundial, nosotros los humanos recurrimos al relato ante la evidencia palmaria del caos y del sinsentido del mundo, porque la forma del relato nos devuelve al orden, al cosmos. Y si bien Kermode admite que recurrir al relato es nuestro triste destino, lo cierto es que el acto de configurar una narración es equiparable al acto de fundar un mundo. Quizás, pues, sea cierto el dictum de Jacques Derrida: “Rien hors du texte”… “Nada fuera del texto”. Habría que decir que no hay mundo sin discurso que lo exprese, pues ese discurso es su condición de inteligibilidad.

Desde la más remota antigüedad literaria, los autores clásicos de Occidente utilizaron los llamados “portentos climáticos” o “meteoros” –en especial, la tempestad—para significar pronunciamientos divinos que demarcaban momentos de umbral en la existencia humana. El Mar Mediterráneo, sede privilegiada de las tramas de la épica antigua, era continuo escenario de tempestades que resultaban sobrecogedoras para las débiles embarcaciones de estos navegantes primitivos, de modo que la tempestad devenía, necesariamente, un momento límite que implicaba la muerte. Las tempestades eran, pues, portentos, augurios del final y de la apertura a una vida otra, pronunciamientos de la divinidad cuya voz sobrehumana sólo podía concebirse como la voz elemental de los elementos.

Giorgione, “La tempestà” (1500-1505).

Así, estando Odiseo a corta distancia de Itaca con sus compañeros de viaje, éstos, recelosos de la avaricia de su rey y creyendo que los sacos que le había regalado Eolo, el Rey de los Vientos, contenían las riquezas que Odiseo no había querido compartir con sus súbditos, abrieron los sacos y dejaron escapar terribles vientos huracanados que los alejaron de Itaca para siempre, ya que sólo Odiseo lograría regresar con vida a su patria. Esa tempestad, literalmente metida en un saco a propósito por Eolo para favorecer el retorno de Odiseo a su patria, fue puesta en libertad por recelo e ignorancia, y le costaría la vida a todos menos a uno: el rey que estaba destinado por los diosas a regresar a su patria. La moral de la historia es obvia, y más obvia se hace por el uso de la tempestad como manifestación fenoménica de la ira de un dios que se ha visto desobedecido en su generosidad. La tormenta es un castigo a los tripulantes de las naves de Odiseo. De modo que ya Homero, hace casi tres mil años, había recurrido a la tempestad como instrumento higienizador moral contra la desobediencia y contra los actos de lesa majestad de los míseros humanos. Los transgresores no habrían de regresar a su patria.

Deseo comentar algunas escenas mucho más dramáticas de este uso de la tempestad –a la vez mítico y alegórico—en su función higienizante de lo social humano.

Existen varias escenas de tempestad en la literatura antigua, varias de ellas en La Odisea, una épica marítima, y muchas otras en los fragmentos que atestiguan el enorme repertorio de épicas del retorno de Troya, los llamados Nostoi o relatos del regreso. La literatura latina también ofrece varios ejemplos espléndidos de esta moralización higiénica de la tempestad, cuyas fuerzas feroces todo lo limpian: los dos autores más notables son Virgilio, con su Eneida, y Lucano con su Farsalia, en ambos la tempestad desplaza el hecho del desarraigo humano por la guerra y en ambos la flaqueza moral de los protagonistas se asume como la ocasión que dispara el mecanismo moral de la tempestad. Me dedicaré a comentar las de Virgilio, siendo el más conocido de los dos autores.  El pasaje pertinente del Libro I de la Eneida lee así:

[Eolo] golpeó con su lanza el costado
del hueco monte y los vientos, como ejército en formación de combate,
por donde se les abren las puertas se lanzan y soplan las tierras
con su torbellino.
Cayeron sobre el mar y lo revuelven desde lo más hondo,
a una el Euro y el Noto y el Ábrego lleno
de tempestades, y lanzan vastas olas a las playas.
Se oye a la vez el grito de los hombres y el crujir de las jarcias;
las nubes ocultan de pronto el cielo y el día
de los ojos de los teucros, una negra noche se acuesta sobre el ponto,
tronaron los polos y el éter reluce con frecuentes relámpagos
y todo se conjura para llevar la muerte a los hombres.
Se aflojan de pronto de frío las fuerzas de Eneas,
gime y lanzando hacia el cielo ambas palmas
dice: «Tres veces y cuatro veces, ay, bienaventurados
cuantos hallaron la muerte bajo las altas murallas de Troya,
a la vista de sus padres. ¡Oh, el más valiente de los dánaos,
Tidida! ¡Y no haber podido yo caer de Ilión en los campos
a tus manos y que hubieras librado con tu diestra esta alma mía
donde fue abatido el fiero Héctor por la lanza del Eácida,
donde el gran Sarpedón, donde el Simunte arrastra
en sus aguas tanto yelmo y escudo, y tantos cuerpos esforzados!»
Cuando así se quejaba un estridente golpe del Aquilón
sacude de frente la vela y lanza las olas a las estrellas.
Se quiebran los remos, se vuelve la proa y ofrece
el costado a las olas, viene después enorme un montón de agua;
unos quedan suspendidos en lo alto de la ola; a estos otros
se les abre el mar
y les deja ver la tierra entre las olas en agitado remolino de arena.
A tres las coge y las lanza el Noto contra escollos ocultos
[…], a tres el Euro las arrastra
de alta mar a los bajíos y a las Sirtes, triste espectáculo,
y las encalla en los vados y las cerca de un banco de arena.
A una que llevaba a los licios y al leal Orontes,
ante sus propios ojos la golpea en la popa una ola gigante
cayendo de lo alto: la sacudida arrastra de cabeza
al piloto, rodando; a aquélla tres veces la hace girar
la tromba en su sitio antes de que la trague veloz torbellino.
Desperdigados aparecen algunos nadando en la amplia boca,
las armas de los hombres, los tablones y el tesoro troyano entre las olas.
Ya la nave poderosa de Ilioneo, ya la del fuerte Acates
y la que lleva a Abante y la de Aletes el anciano
la tempestad las vence; por las maderas sueltas de los flancos
reciben todas el agua enemiga y se abren en rendijas.

Esta tormenta, que acontece al comienzo de la narración, tiene el efecto de servir de umbral a la nueva vida que espera al héroe que ha huido de Troya con su familia y su ejército a fundar una nueva ciudad. La violencia del meteoro signa la naturaleza radical del cambio en el destino del protagonista. Los dioses mismos se han involucrado en la configuración de ese destino, y lo hacen manifiesto mediante una naturaleza desbocada, un mar fuera de madre, un cielo inescrutable y un viento que barre las nubes e impide consultar los astros para determinar la posición geográfica de las naves. El ocultamiento de los astros hace que los navegantes se sientan, literalmente, perdidos en el espacio bajo el embate de un meteoro que incluso borra toda demarcación entre mar, cielo y tierra. Esa mezcla de ámbitos no es otra cosa que el caos.

Al final de la descripción de la tormenta, y luego de la desaparición de varias naves, Eneas, gracias a la intervención personal de Neptuno, dios del mar, alcanza el resguardo de tierra firme. Todos menos unos pocos se han salvado. Luego los sobrevivientes se enterarán que otros de sus compañeros también han resistido el embate de la muerte.

WMJ Turner, “Vapor a la entrada del puerto” (1842).

Nótese la importancia que da el texto al momento en que el timonel cae al agua y deja la nave sin gobierno. Esta escena, tomada de la Odisea, precisamente subraya el tópico recurrente de “la nave del estado” y la simbiosis simbólica entre el timonel y el gobernante, lo cual nos remite de inmediato a la naturaleza alegórica de la tormenta: lo que ha ocurrido en el espacio natural confirma lo que ha ocurrido en el espacio de circulación de los bienes simbólicos como la civilización, el gobierno, el estado, la ciudadanía y la patria. Lo que el viento se llevó, en este episodio, fue precisamente, todo asomo de historia pasada. Gracias al mar, Eneas se encuentra políticamente limpio como para comenzar una nueva vida y fundar un nuevo estado, con él al timon, y no en el mar —alegórico—, sino en el nuevo territorio del Latium —un espacio real.

El simbolismo palmario de esta escena de tempestad se confirma en una próxima escena, parte del relato que Eneas mismo cuenta en la sala del trono de la reina Dido en Cartago con motivo de la fiesta de recibimiento que ella celebra para sus nuevos huéspedes troyanos. Dido, curiosa de conocer cómo fue el final de Troya, pide a Eneas que le cuente lo que ocurrió durante las últimas horas de vida de esta ciudad tan rica y tan civilizada que tanto troyanos como aqueos consideraban “sagrada”. Eneas acomete un relato impresionante por su carácter visual y por la violencia de los eventos narrados.

Ya casi al final de la escena, justo después de que Eneas relata la horrible muerte de Príamo, rey de Troya, y mientras Eneas cuenta cómo trata de volver a su casa para constatar que su familia sigue viva en su casa en Troya, el héroe se topa con su madre Venus, quien descorre el velo que ciega sus ojos mortales de modo que Eneas pueda ver a los dioses y su papel protagónico en la catástrofe que destruye la ciudad hasta sus cimientos. Así describe Venus cómo los dioses son los responsables de la caída y destrucción física de Troya—el primer “urbicidio” (asesinato de una ciudad) en la historia de Occidente—e insta a su hijo Eneas a escapar de esta debacle donde cielo, tierra y mar se conjugan como potencias indomeñables en contra de los seres humanos, de sus estados, de sus leyes y de sus esperanzas de sobrevivencia:

“Hijo, ¿qué dolor tan grande provoca tu cólera indómita?
¿Por qué te enfureces? ¿A dónde se ha ido tu cuidado por mí?
¿No verás antes dónde has dejado a tu padre Anquises,
cansado por su edad, y si viven aún tu esposa Creúsa
y tu hijo Ascanio? Por todas partes a todos les rodean
las armas griegas, y, si no fuera constante mi providencia,
ya les tendrían las llamas y clavado se habría el puñal despiadado.
No eches la culpa a la odiada belleza de la espartana hija
de Tindáreo, ni aun a Paris: la inclemencia de los dioses,
la de los dioses, arruinó este poder y abatió a Troya de su cumbre.
Mira bien (que ahora retiraré toda la nube que tienes
delante y oscurece tu visión mortal, y, húmeda, se evapora
alrededor; no temas tú los mandatos de tu madre
ni rehúses obedecer sus órdenes):
aquí, donde ves las moles deshechas y las rocas arrancadas
de las rocas y el humo ondear mezclado con el polvo,
Neptuno con su enorme tridente es quien golpea los muros
y los removidos cimientos y la ciudad entera de su asiento
arranca. Aquí la muy cruel Juno ocupa la primera
las puertas Esceas y ceñida con la espada convoca
enloquecida de las naves al ejército aliado.
Mira ya en lo más alto del alcázar a Palas Tritonia
sentada, brillando con su nimbo y la cruel gorgona.
Mi propio padre da ánimo a los dánaos y favorece
sus fuerzas; él empuja a los dioses contra las armas de Troya.
Sálvate, hijo, y marca un final a tus fatigas;
nunca te faltaré, y te llevaré a salvo hasta el umbral de una patria.”
Así dijo, ocultándose en las espesas sombras de la noche.

En esta sobrecogedora escena, en la cual los dioses aparecen como personificaciones literales de las fuerzas naturales, se explica sin disimulo alguno la ideología moral detrás de esta guerra que, con el acto destructor de los dioses, deviene tempestad: son los dioses los que han destruido a Troya.

¿Qué elementos simbólicos rigen este escenario de la tormenta? Primero que nada el hecho contundente de una fuerza natural que empequeñece y anonada al ser humano, fuerza de enorme violencia destructora, de crasa y cruel imprevisibilidad. La característica principal de su violencia es que fragmenta y distorsiona las formas usuales de lo natural: borra el paisaje, desorganiza las divisiones que definen los ámbitos de los elementos, aturde el sensorio humano con sus ruidos ensordecedores, y se proyecta como un proceso de retorno al caos primigenio. La naturaleza, en la tormenta, deviene mostruosa: aúlla, se levanta en severos espasmos, se agita, se rompe y barre todo con ella. Al final, la superficie del mar parece una playa barrida de la cual se ha eliminado todo signo de vida. La tormenta es ingobernable y viene a significar el desgobierno y la catástrofe de todo orden y toda ley.

Es curioso que, a través de la historia de la filosofía, la tormenta haya desempeñado un papel notable en la simbología de ese evento inenarrable que suele denominarse “sublime”. Tanto en el opúsculo original de Longino, Acerca de lo sublime, como en los textos de sus sucesivos traductores y comentaristas, el perihupsos (lo elevado o sublime) recurre una y otra vez al tópico de la tormenta como locus privilegiado del evento que cae fuera del lenguaje en tanto sobrecoge y acalla el entendimiento humano por su prepotencia y su violencia. La ocasión sublime, a su vez, se caracteriza por el estado de indefensión a la que queda reducido el observador, enmudecido por el vértigo ante la acción de la naturaleza, completamente fuera del control humano. Así, el famoso “yo no sé qué”, de Boileau en su Arte poética del siglo XVII, aunque debilucho al lado de las poderosas escenas virgilianas, queda corregido y devuelto a la violencia en los artículos seminales de Joseph Addison titulados en conjunto The Pleasures of the Imagination (The Spectator), en el famosísimo y profundo clásico de Edmund Burke, Indagación acerca del origen de nuestras ideas acerca de lo bello y lo sublime, la importante “Analítica de lo sublime” que incluye Emmanuel Kant en su Crítica del juicio, el comentario de Friedrich Schiller acerca de lo sublime en sus Cartas acerca de la educación estética del hombre, el famoso y gigantesco cuadro de Gericault, La balsa de la Medusa, que rememora el naufragio famoso que indujo a los sobrevivientes a la inhumanidad del canibalismo, y ya más cerca de nosotros, El sublime objeto de la ideología, de Slavoj Zizek.

Hokusai, “La GRan Ola” (1831).

En todos estos autores, el suceso sublime impone el reto de la claudicación del lenguaje e invita a abrazar una especie de retórica del desastre: discurso que surge a la luz del desplazamiento de las realidades y de sus nombres y descripciones habituales. La tempestad es visión paradigmática del trastocamiento de lo real, y en general, la antesala a una nueva ordenación del mundo. De hecho, para todos los autores mencionados, poder figurar un discurso ante la tempestad señala al narrador como un ser capaz de emitir juicios estéticos (en el caso de Kant), de un pensador capaz de sobreponerse al terror que lo sublime infunde (Burke), al naufragio del sentido de estado, en el caso del triste destino de los amotinados de la fragata Medusa, el famosísimo cuadro de Gericault que ocupa un sitial tan destacado en el Museo del Louvre, o al avistamiento del objeto de la ideología, invisible para todos los que no puedan dislocar su pensamiento mediante una cruda crítica simbólica (Zizek).

Vale señalar que, en nuestro momento, ha sido el cine el medio favorito para representar el carácter suplibe de catástrofes en general, pero en especial de las tormentas. Un film como The Truman Show (Peter Weir, 1998) somete al protagonista Truman Burbank (Jim Carey) a una tormenta artificial como rito iniciático para abandonar el set de televisión donde se ha criado, y poder entrar limpio a la vida real. Su valentía al mantenerse en el catamarán y resistir el embate de las olas, su capacidad para timonear la nave, le hacen merecedor de pertenecer al mundo de los vivos. Un film anterior de Weir, The Last Wave (1977), presenta una serie de sucesos sobrenaturales que predicen el fin del mundo en tierra australiana, y termina con el protagonista (Richard Chamberlain) de rodillas en la playa observando cómo un gigantesco tsunami —representado como una enorme ola de tormenta) cae s (obre tierra y arropa la pantalla completa del cine. El cartel que anuncia la película representa esa ola fatal como la ola de Hokusai… Por otra parte, The Perfect Storm (Wolfgang Petersen, 2000), somete a la tripulación del barco pesquero Andrea Gail —interesantemente, el nombre del barco une el vocablo griego “andrea” (“de los hombres”), con “gail”, que en hebreo signica “júbilo”— a una tormenta de la cual no habrá escapatoria (ni quien cuente la aventura), y no nos explicamos por qué medio nostros podemos enterarnos de las últimas horas de vida de los valientes Pescadores.

En los tres films, la tormenta propone un cambio de vida, o un cambio de mundo mediante un Apocalipsis bajo agua, una especie de bautismo moral que cada victima padece para lección de los que quedamos vivos. En cada una abundan los presagios: pedazos del set de televisión de caen desde el (falso) cielo en Truman, fenómenos atmosféricos extraños son constantes en The Last Wave, y en The Perfect Storm, la situación personal de los pescadores protagonistas presagian un cambio de vida. La trama antigua se repite. El cine sigue interpretando la tormenta sobre el mismo trasfondo sobrenatural que hemos comentado.

Como atestiguan Homero, Virgilio y Lucano, existe una preferencia a recurrir a tempestades fatales especialmente en el caso de los viajes marítimos hacia territorios isleños. Los meteoros en tierra firme no suelen evocar estas disquisiciones tan inquietantes y pavorosas. Los relatos incluidos en las bitácoras de viajeros y comerciantes ingleses de los siglos XVII y XVII que surcaron los mares del Caribe son generosos en sus descripciones de los síntomas atmosféricos del huracán caribeño, del huracán caníbal que todo se lo traga, incluso las islas. Vale señalar aquí que, en la mitología, las islas eran consideradas por los navegantes como tierras a la deriva, libradas a los movimientos y al empuje del mar, nunca fijas en un sitio y constantemente fugadas de toda cartografía. De ahí que a los continentes se les llamara “tierra firme” y a las islas nunca se les hallara en el mismo sitio en los mapas realizados entre los siglos XV al VXIII, según nos indica el bello libro de Donald S. Johnson, Phantom Islands of the Atlantic: The Legends of Seven Islands that Never Were.

La isla es, aún hoy, lugar especial de sucesos maravillosos, tierra misteriosa colocada en el umbral del fin del mar, territorio de ensueño donde lograremos saciar los deseos insatisfechos. Así, la mayoría de los relatos de tempestad en el mar tienen que ver con relatos relacionados con las islas, sean del Mediterráneo, del Caribe o de los mares asiáticos. La tempestad amenaza con hundir la isla, en tanto la isla no es más que una barca a la deriva, frágil embarcación expuesta a fuerzas que la sobrecogen.

De hecho, en el caso de las islas del Caribe, desde las primeras crónicas y bitácoras de exploración de todas las naciones que recorrieron nuestros mares tras la ganancia de un mercantilismo incipiente, los navegantes mostraron gran preocupación por el comportamiento del clima, la manifestación de las estaciones y su impacto en la seguridad de la navegación, y, sobre todo, en la amenaza que “los vientos” constituían para la seguridad de vida y propiedad en el mar. Estas preocupaciones también se manifestarían eventualmente en los colonos que sentaron residencia en las islas, donde se habría de desarrollar un sistema de pronóstico meteorológico cuya expresión se asentaba sobre relatos de corte mitológico, a juzgar por el extraordinario y enorme texto antropológico y arqueológico de Fernando Ortiz, El huracán, su mitología y sus símbolos. Ortiz, quien estudia cuidadosamente cientos de piezas arqueológicas que parecen configurar el cuerpo helicoidal de un ser que pudiera asimilarse a la forma del huracán, rescata algunos de los relatos míticos que aluden a la ira incontenible de un dios cuyos territorios han sido transgredidos y cuyo castigo tiene que ver con borrar, mediante la fuerza del viento y del agua, la faz de la tierra.

Lorenzo Homar, “La tormenta” (s.f.)

Las canciones de nuestro folclor que aluden al temporal así lo atestiguan. Los aguacates en flor y cierta luz verde en el horizonte, la quietud del entorno y la desaparición de las aves, abonan al repertorio de augurios que anticipan la llegada fatal del huracán. La impotencia humana ante el cataclismo es la del lamento ante la naturaleza irremediable del fin de todo, de la borradura de la vida. Como la ira divina en Sodoma y Gomorra, como la contundencia del diluvio universal, la tempestad se enseñorea del mundo y lo mata para recomenzarlo bajo nuevos paradigmas.

La inescapable genealogía mítica que opera como matriz hermenéutica de los eventos climáticos no ha perdido su proverbial fuerza persuasiva. La renuencia comunitaria a comprender la urgencia de contener los cambios climáticos que ya está produciendo el calentamiento global atestiguan ese escepticismo que proviene de un continuado sentido de la impotencia humana ante la fuerza de los eventos atmosféricos. Es inconcebible, dentro del discurso mítico predominante, que los seres humanos podamos incidir de modo tan contundente en los asuntos de la naturaleza como para afectar el clima en una dimensión planetaria. Nuestra mítica impotencia humana ante la tempestad nos paraliza ante los hechos científicos que apenas podemos comprender por lo arcano de su lenguaje y lo desconcertante de sus pronósticos. El estribillo famoso de “Temporal , temporal, allá viene el temporal. /¿Qué será de mi Borinquen cuando llegue el temporal?” es sintomático de esa impotencia. La fascinación nuestra por las fotos de la época de San Ciriaco o San Felipe, por las más recientes del azote de Hugo o de Georges, apenas puede soportar el pensamiento de que la humanidad haya causado el incremento en la ferocidad de estos meteoros por causa de la contaminación industrial que ha desembocado en un acelerado calentamiento planetario.

Quizás valga la pena decir que mientras los viejos mitos y su lenguaje apocalíptico dominen la discusión de las consecuencias de este nuevo Apocalipsis, poco podrá la ciencia ocupar el espacio discursivo. Y mientras la ciencia prefiera la especulación experimental al establecimiento de lo que mi colega la Dra. Ivette Fred ha llamado “modos del hacer”, poca esperanza habrá debido a la parálisis sagrada que la fuerza mítica del huracán supone entre sus víctimas. Es imperativo sustituir el miedo por el conocimiento, porque, si bien el conocimiento puede ser aterrador, nos depara una conciencia hábil a la hora de salir a la intemperie desnuda para volver a construir el mundo bajo nuevos (y, por supuesto, mejores) paradigmas.

Anselm Kiefer, “Crepúsculo” (1989).

(Este artículo es una versión expandida de la ponencia que fue originalmente vertida en el Congreso Internacional Gaia sobre Cambio Climático el 19 de abril de 2007, 5:00 p.m., en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. El artículo original se publicó en la Revista Umbral y se obtiene en el siguiente enlace: http://ojs.uprrp.edu/index.php/umbral/article/download/37/25 )

 


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