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por Lilliana Ramos Collado

Imagen por Malapata.

¡Árboles! Italo Calvino diría, en su Barone rampante, que la vida en los árboles es la vida verdaderamente libre, oreada sobre altas copas, rodeada de esa fauna volátil, voladora, que apenas roza la fronda, y de esa otra fauna íntima que muerde la fibra de la madera y la va haciendo nada. Raíz y ala, el árbol es esa estatua que acoge en el seno del sentido esa ortopedia del cuerpo enderezado, esa ambición de anclaje contra el viento, esa esclarecida y elevada ambición de ser techumbre que todo lo protege. Raíz, tronco y rama, Palés decía en su Tun tún, nos dicen enteros. Y Clemente Soto Vélez, en su poemario Árboles, nos pormenoriza ese bosque natural como procerato natural, como ejército fundador de futuros o de nuncas.

¿Habrá una literatura sin árboles? Más allá de la hoja de papel, flámula tersa que ondea al viento de la retórica bajo la lluvia de tinta; más allá de los clisés tipográficos y de los grafismos ornamentales; más allá de la plancha xilográfica, que de su negativo imprime un positivo… el árbol está y sin el árbol nada es. Símbolo de la casa primigenia, abrigo proverbial, combustible, arma, herramienta, sin árbol no hay industria, ni técnica ni arte. Sin el árbol, no.

Portada de “Palo de Lluvia”, por Samuel Medina para Agentes Catalíticos.

En su Palo de lluvia, Xavier Valcárcel recuesta su argumento de ese denso bosque de símbolos que es el árbol, sinécdoque del bosque. Y lo aprovecha —como árbol y como bosque— para una de las exploraciones más audaces que he leído en la literatura puertorriqueña acerca de la subjetividad de la masculinidad, por una parte, y del escritor, por otra. Si cada árbol es bosque, se aúnan en esa figura la enorme multitud whitmaniana que a su vez tenía su mejor representación en ese difícil binomio “yo y el Otro”, o en ese binomio menos difícil, “tú y yo”. Poema tras poema de Palo de lluvia presentan un sujeto hendido al menos en dos que aprovechan para mirarse, cada cual a su turno, desde adentro y desde afuera. La escisión no es entre adentro y afuera, sino entre el adentro y el afuera de cada uno de los dos que en el binomio se cantan y se lloran.

Y está también ese otro bosque baudelaireano, el “bosque de símbolos”, en que se corresponden y confunden los sabores, los olores, los colores, las texturas y lo sonidos, en una experiencia sinestésica que ayuda al sujeto poético a desnudarse del cuerpo que todo lo quiere deslindar para saberse uno y saberse cuerpo. Y para declararse corpus de conocimiento acerca del cuerpo y del sujeto Y es que, en palo de lluvia, ese bosque de símbolos literarios y culturales —esos mensajes del más allá del sentido y de la racionalidad— que siempre regresan anegados de duda y de traspiés, en esa duda y en el tropezón aciago nos ayudan a seguir preguntando por el cuerpo y por el sujeto. Si en este libro escasean las preguntas, hay que decir que son las preguntas las que le otorgan forma. De ahí la constante referencia al hueco palo de lluvia, de ahí la fascinación por la termita, por la raíz, por todo lo que nos ata a la tierra y nos desata de ella. En esta antología de dolores de ser y de estar, de arrancarse o de moverse, la duda cunde como depredadora alimaña, como epidemia de versos erosionantes.

Palo de lluvia clama un orden: Palo que abre; Palo que llueve; Palo que hombre; Palo que duele; Tripa de mar. Constituyen el itinerario de metáforas que proliferan como lo arbóreo prolifera. En estas frases de relativo, el tenor cambia de verbo a nombre, y confunde nombres y verbos. Una vez puesta en crisis la onomástica, no hay nombre en el libro que no sea un verbo posible, y no hay verbo que no esté atado a un palo o que no sea golpeado a palo limpio de lluvia. En esta desestabilización —en el bosque de símbolos todo se confunde y se corresponde—, es el palo la estaca de desde donde suelta amarras el poema: esa yola que al final —palo flotante, tabula in naufragio— salta a lomos del mar, es ese final desamarrase, soltarse de raíz, volverse desatado y radicante. Y en ese sentido, Palo de lluvia es la bitácora de un soltar amarras, de un abandonar aquello que el árbol era: su raíz.

Es tan aguda la insistencia en el ser como un estar en este libro: hay tantas instancias del sujeto sentado y reflexivo, tanto mecerse —como esa yola final— entre un mar de pensamientos, soliloquios que parten en dos al sujeto que piensa y que sabe que se piensa. Típico de estos poemas es esa advertencia confusa entre el yo y el tú, y entre el yo y el otro, que los primeros versos de estrofa son nuestra única orientación en el cambiacambia de subjetividades.  Yo le llamo su xilomancia, pues la talla de la letra rinde su inverso simétrico, y de ahí que varios versos claves del libro estén expresados al revés, como si fueran vistos en el espejo. Porque el espejo devuelve la imagen en simetría inversa, espejo y tabla xilográfica se corresponden.

¿Por qué usar el árbol para expresar duda, debilidad, desconcierto, soledad, la precariedad de la materia y la precariedad de la cultura? ¡Si el árbol cultural es precisamente lo contrario: con él se representa la primera enciclopedia; bajo él los reyes enuncian sus proclamas; si en él se crucifica, desde él se cuelga y con él se atraviesa al criminal y al enemigo! ¿Por qué aquí el árbol es casi soga, y no lanza, casi tela y no madera? ¿Fibra antes que tronco?

Xavier Valcárcel

Ahí veo el acierto, que Xavier Valcárcel afirma en uno de sus últimos poemas: “pero si escribo este poema es / para tener presente que ya escribí lo que no quise.” Hay una íntima negatividad en el árbol, en su capacidad de ser otras cosas sin borrarse por completo, de ser victimario y a la vez víctima, que apenas tiene cuerpo para sí, y entonces no puede darle cuerpo al que es el otro que es él mismo. Ese cuerpo humano que se corresponde con el árbol, que es la víctima del comején de la duda, y que en su fronda ofrenda su cabellera como nido a la fauna de la imaginación, no es el otro que el hombre usado como otra cosa, como el árbol que será silla o que será mesa, que se verá perpetuado en tanto enajenado de sí mismo. Y aunque este sujeto arbóreo “no escogió esa carne destinada a los serruchos”, sólo en el serrucho asegurará su pervivencia, truncado de sí, y separado de sí a los cuatro vientos. Que valga esta lapidaria afirmación: “Entonces que me arranquen. / uno no crece para uno. / no he crecido mi cuerpo para mí.” No: arrancado seré, no uno sino muchos, y no mío sino transitivo y universal.

El exquisito diseño del libro advierte, con gran tino, estas reflexiones: la puerta del libro, su portada, está tan hendida como el sujeto, cortada en el lomo, roído su amarillo por la termita. En la foto de contraportada, a la rama le crecen palillos de ropa, y las rémoras de ciertas plantas parásitas. El árbol ya es leña alimentaria, pasto de feroces palillos de donde se agarran, parásitos. En el canto de las paginas, tallada está  la frase “Palo de lluvia te han tocado los pescadores de la isla”. Está tallada sacaboqueando lo oscuro para acabar en blanco: el negativo xilográfico: la frase al revés. En las primeras páginas se segregan las sílabas del título, como se segregará el tronco en tablas para hacer mesas, paredes, techumbres. De nuevo puestas en “reverse” para recordarnos que hemos sacado la corteza para dejar la pulpa a la intemperie. Este poemario está tallado en la piel y así lo consigna el hermoso diseño de Samuel Medina.

Creo que Palo de lluvia es un libro perfecto: destruye la mitología cultural del árbol al asimilarlo a la debilidad del sujeto, y no asimilando al sujeto la fuerza del árbol. Este libro es perfecto desde su forma, que la presenta como una poesía que está tallada en la página como sinédcoque del árbol. Este poemario es un bosque de poemas, donde podemos perdernos y perder nos. Este poemario es perfecto porque sabe que no sabe que vendrá después del desarranque, y aunque sabe que puede mentir, como nos advierte desde el principio —es tan cómoda la mentira— no se amilana ante todas esas voces que al final lo empujan a perderse en ese nuevo bosque de símbolos donde todo es blando y cuyo fondo no puede tocarse: el mar.

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