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por Lilliana Ramos Collado

Presentación del libro Casa ausente, de Fernando Abruña, Librería La Tertulia, 26 de marzo de 2006

“Intemperie” musita el riesgo de estar ahí afuera, “en el tiempo”. Tiempo como clima, como meteoro fugaz impredecible para el no iniciado. “Intemperie” como estar al descampado, al desamparo, a expensas de los elementos. Lugar de errancias sin término, el afuera invita a trazar rutas, a fundar enclaves, a dar inicios. También invita a dejar atrás, a dar borrón y cuenta nueva, a lanzarse al vacío proceloso que no es otra cosa que “la intemperie”. En nuestra cultura recelosa y privada, amante del encierro y del secreto, la intemperie propone lo aventurado, lo accidental, el encuentro inquietante con lo Otro amorfo y desconocido. Por lo mismo, en la aventura de la intemperie podemos esperar lo venturoso; en lo accidental, la coyuntura incidental; y el encuentro inquietante bien podría traernos la elación mítica de un encuentro feliz, una nueva pasión, una expansión cualitativa y cuantitativa de nuestra subjetividad. Esa es, precisamente, la promesa de la intemperie.

Con su nuevo libro Casa Ausente, Fernando Abruña trabaja la casa como experiencia del límite. Se trata de echarle leña al fuego de una vieja pasión: ya había publicado House à la Miró, hace años, y soñaba una casa permutativa, arrojada al azar sobre el plano del diseño, casa mallarmeana por excelencia para la cual el autor solicitaba del lector que recortarse las formas de cada elemento de la casa, las echara en un envase para agitar los dados, y luego los echara sobre el plano, y, según cayeran, se trazarían como elementos permanentes de la estructura a diseñarse y construirse. Así, podía ocurrir que la columna de la sala cayera atravesando la tapa del piano, o que el inodoro cayera en la cocina, o la cama en el comedor. Con esto, Fernando Abruña nos obligaba a repensar la repartición simbólica de los espacios de la casa, a pensarlos como relaciones accidentales, carentes de Ananke, es decir, de necesidad. El Abruña de House à la Miró quería, literalmente, demoler la casa y empezar como si la casa nos cayera del cielo, arrojada por suerte y carambola por la por la mano de Fortuna. House à la Miró era una casa libre, incluso libre de nuestros propios impulsos, preferencias, y buenas o malas costumbres y tradiciones.

Años después de la publicación de House à la Miró, tuve el privilegio de editar y publicar ¡Casas!, mientras dirigía la editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Sobre su encuadernación anaranjada, su portada en alto contraste que ilustraba un monolito sobre un pedestal como la más primitiva de las construcciones intencionales (e improbables), el título, abrazado por signos de exclamación, daba cuenta de un acometimiento plural del tema. Fernando no quería hablar de la casa, sino que quería presentarnos un repertorio de casas. La pluralidad misma asumía la naturaleza adventicia, móvil, coyuntural, del concepto. Para Fernando, la casa acontece en la encrucijada de tantas condiciones, de tantos deseos, de tantos sueños, de tantos propósitos. Casas libres, cada una de ellas ostenta la impronta de una teoría de la casa. Desafían su uso, su materialidad, su casidad. Empujan, borran, reconstituyen, los límites del concepto “casa”. Así, la Casa Mœbius, madre y maestra de la Casa Ausente, espera que entremos hacia afuera y salgamos hacia adentro, como quería el salserus primus Ismael Miranda. La Casa Fototrópica buscaba aprovechar la reacción de las plantas al paso del sol y así darles forma a tronco y ramaje. La Casa Patio y la Casa Plaza replanteaban los espacios públicos y privados. La Casa Teatro, mi favorita, convertía la fachada de la casa en espacio de proyección y en pantalla de sueños y deseos. El constante cambio de fachada nos lanzaría hacia la errancia del sentido de la casa.

Cada una de las casas de Fernando Abruña viene a desembocar en su Casa Ausente. Casa verdaderamente construida en Toa Alta, la Casa Ausente existe. Fototrópica, se altera su forma por el juego de las sombras que arrojan la luna y el sol; como la Casa Plaza, es más pública y abierta, que privada y cerrada; como la Casa Patio, el espacio de área verde domina sobre todo lo demás. Al igual que la Casa Mœbius, la Casa Ausente solicita al visitante que entre para afuera y salga para adentro. Como la Casa Teatro, su fachada incierta invita a la imaginación desatada del que la observa. Al igual que la Casa Psicotecnológica, la Casa Ausente tiene su alcoba para incubar sueños y proyectarlos astralmente desde su Patio del Sol y las Estrellas hacia el universo entero.

A pesar de esta etimología arquitectónica de la Casa Ausente, lo más importante en ella es su propuesta ecológica. La Casa Ausente no sólo es ausente en cuanto a casa: su escasez de casa es evidente (se trata de una casa es-casa), sino porque está ausente del sistema público de teléfono, de electricidad y de agua y de alcantarillado. Desconectada de la “necesidad”, está, literalmente, “desatada”, y no me sorprendería que un día simplemente levara el ancla —como la famosa compañía de seguros que inventa Monty Python al inicio de su genial película The Meaning of Life—. En la Casa Ausente, no hay espacio de almacenaje más allá de depósitos de agua y energía solar. Su minúsculo espacio habitable no permite el atiborramiento de objetos de consumo, de lujos innecesarios, de souvenirs. Pudiera hasta ser una Casa Sin Historia

Se trata de una casa austera, que invita a placeres que no tienen que ver con la experiencia tradicional de la casa en nuestra cultura. Esta casa da trabajo vivirla, no es lugar de descanso, sino de colaboración con la naturaleza: hay que ayudar a la composta, hay que ayudar a la digestión de los desperdicios, hay que ahorrar eso que a la naturaleza le sobra.

Y así está construido el libro que presentamos hoy. Contrario a tantos y tantos libros sobre cómo hacer y mantener una casa, el manual ecológico de Fernando Abruña nos va indicando —paso tras alambicado paso— cómo construir una casa para que no esté ahí, cómo construir la ausencia de la casa.  Porque lo que persigue nuestro amigo es hacer buena la propuesta de la que hablaba al principio, hacer buena la promesa de la intemperie.

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