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por Lilliana Ramos Collado

Claro, yo lo llamaría “carne proescrita” por erguida, irritada, florecida en rosal de dura espina, levantada desde antes, señalando lo que vendrá: la otra carne, la trama de un amor, la cita saqueda amorosamente del gélido friso de la memoria poética. Pero, claro también, éste no es libro mío, sino de Miguel Angel Náter, y la carne a la que alude sin cesar, “proscrita” se halla. Es decir, se encuentra por proscrita. Prohibida como práctica, la carne señalada como “ésta” quizás no se sabe prohibida, o lo está porque no la vemos, sino que la leemos, de modo que la palabra, su postscriptum, la delata como hoja vuelta, página pasada. Esta carne proscrita que entretiene los versos de Náter, desterrada está, destinada a habitar la página como reverberación de la fugacidad de sí, como rastro de una caída del ícaro cuerpo en el mar de tinta de la página.

¿Se podrá hablar de la carne? ¿Será el placer legítimo tema del poema? ¿Podrá el poema acomodar el espasmo y su olvido o serán siempre espasmo y olvido traicionados por la letra inveterada? Quizás lo que me llama la atención de este laberinto de ausencias, de este jardín de vacíos que es Esta carne proscrita, es precisamente, el rastro pálido del placer, moribundo entre palabras. Para Náter, el poema es sarcófago que se engulle el poema, o es la estatua de la carne que fue, o es escombro de la carne extinta, o cadáver, o muerto putrescente, que, resurrecto, se hiergue en sus palabras.  Así, los versos delatan esa carne por siempre desterrada de la vida, postergada, proscrita, relegada al mundo en blanco y negro del poemario, en el cual los besos oscuros se manchan de tinta, la noche oscura se escribe con tinta, la sombra que asombra se ensombrece de tinta, y se liba el amor en vino tinta.:“Yo te amo y te busco por entre los escombros, / por entre las palabras”, o “Ahora siente el espanto que sintiera Selene /  al ver a ese muchacho envuelto entre mis versos”. Que nada nos sorprenda: una y otra vez, el poema, y luego, el libro, nos escamotea la experiencia, en vivo, de la carne, y se ceba del muerto secretante de palabras. Este libro, secretado y secreteado, que narra el amor que no se atreve a decir su nombre, está por siempre destinado a ser la huella que nos da el contorno exacto de la carne que ya no es.

Así, el poema de la vida yace en el poema sarcofágico, el poema que se come la carne. El poema “al itálico modo” que reza: “afásica, / la grotesca luna / y la carne que amamos / descubierta / en la fuente” yace sepultado dentro del poema que comienza “Solamente los solos, / los verdaderamente muertos / amarían.”  En este sarcófago poético, “gotas de la carne muerta” yacen entre las guerras, y la palabra va “pudriendo su recuerdo”. Para Náter, la palabra poética no es espacio redentor del pálido vestigio de la carne, sino la lija que la vence, el vitriolo que la hiere, la destempla y la borra. Pura cal que, luego de la carne, deja el mero hueso de la palabra. Que no nos extrañe que Náter clame “Violines que celebran antídotos del SIDA y del POEMA”: ambos liquidan todo vestigio de inmunidad a la muerte. El SIDA y palabra la dan, dan la muerte.

Así, también, la palabra cincela, de la carne, en friso sus estatuas y Náter advierte asombrado “la estatua descolgada de [sus] labios”. La palabra poética, dicha o escrita, lo sigue siendo y su producto también escamotea la experiencia carnal. En un poema que bien pudiéramos considerar una “poética de la estatua”, Náter nos dice:

“Y cruzas Tú vestido de David, / travestido de Armando, de Jesús, de Reinaldo perdido en el correo electrónico, sistro / Del esquivo mirar en que se duerme Eddie / … Cavan en la fosa los geranios / cansados de leer esa lápida roja  que separa tus labios de los míos / este hastío del caos / para alzar el silencio con sus alas negras / de sus salas negras. / Se desangran las letras de esa lápida herida en el costado. / Ganímedes asciende con todas sus preguntas. / Y por este poema devolvemos la vida a aquella carne ausente que nos perteneció.”

Ese David, posiblemente el de Michelangelo, es la estatua modélica de la belleza efébica, y traviste en toda esa retahíla de nombres propios de muchachos “reales” cuya carne secretante devendrá tinta negra, único subterfugio para devolverle la vida a “aquella carne ausente que nos perteneció.”

A lo más que puede llegar el poema en su misión de escamotear y resucitar la carne “sida” es a enterrar la experiencia en el mecanismo poético. Un ejemplo me deslumbra: “Los corceles oscuros del jardín, encabritados / gladiadores, perversos / disquetes, infectados / perfumes, suspensivos al final de tu ser…/” El placer de montar al otro deviene el placer de encabalgar el verso. Y así el poema termina “…y cuando Tú me esperas, / temeroso / por entre las palabars de un poema deforme sin ser Tú.” De nuevo, ese tú de la carne otra, la apetecida, la que se busca recuperar, pero la que apenas se encabalga en las propias palabras que la nombran.

Quizás debido a esa muerte, anunciada reiteradamente por  estos “versos clausurados”, al comienzo del verso encontramos signos de pregunta o exclamación, y luego no los encontramos al final: La pregunta y la exclamación son actos ilocutorios que atacan la sobriedad declarativa del lenguaje: toda duda preguntona y toda pasión exaltada van a morir al punto final y nunca se cierra la pregunta y muere exangüe la exclamación que no se cierra: “¿Habrán hallado al fin el estero infinito.” El aliento a la pregunta se le acaba, la exaltación se agota al progresar el verso. El pathos muere in transit.

Pero la péndola nos revela su estirpe, cálamo con alas. Quizás por eso, Náter no puede renunciar a la tentación de revelar su proyecto de borraduras sucesivas del cuerpo. De hecho, Náter no puede renunciar, me parece, a su proyecto de empujar el cuerpo con el corpus: “El cuerpo es una gruta / en la que se retuerce el agua de la arcádica fuente / surgida de los cascos ígneos / del Caballo con Alas.” A esas alturas del poemario, pórtico del epílogo, ya sabemos de ese caballo que confunde la péndola erecta con el pene cuyo ojo, arcádica fuente –edénica fuente—surte el agua que alimenta la gruta del cuerpo, que contesta la pregunta shakeasperiana: “But is the fundament a grave?” Es el fundillo una tumba? A esa gruta va a parar la pluma del poeta, su negra agua que mana echa tinta al eyacularse el poema en ese espacio, en ese hueco, en esa ausencia que es la carne una vez echado el poema.

Falta hablar de ese Tú mayúsculo que se rescata en la sarta de liras finales, imitatio Johanne. El hacedor renacentista, Miguel Angel, hablaba de hacer surgir el ser de la piedra al quitar de ella la broza innecesaria. De ahí salía la estatua, nítida, terminada. Los famosos gálatas así lo insinúan en el Museo de la Academia de Florencia, donde flanquean al David, pieza cimera. Del mismo modo, Náter esculpe la carne hasta dejarla en el hueso de la letra. ¿Quién es ese Tú? ¿Quién es ese hombre de letras grandes? Quién es ese Tú mayúsculo, si no el que brota después de dilapidada , proscrita, desterrada la carne-carne? Hay un pene que mata, hay uno que da sida, hay uno que borra la vida de las cosas y que mata la carne y la escribe y la inscribe y la proscribe. Miguel Angel Náter se ocupa de esas cosas.

10 de marzo de 2005

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