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por Lilliana Ramos Collado

Ángel Darío Carrero

Lo cruel del arte es lo cruel del amor: el tener que conformarse con la intrincada gimnasia de atrapar lo inasible. Es la trabajosa coreografía, la tensión de los músculos, la irritación de los nervios y la generosidad del sudor lo que avisa el avance de un proceso que terminará siendo vestigio de sí mismo. La andadura del arte es el arte, y el amor corre igual suerte. En la lucha del artista contra la materia, asistimos siempre al fracaso que acosa a todo traductor, a todo el que busca, con mayor o menor desesperación, saltar entre mundos. Son esos los retos del arte: la fabilidad y la visibilidad. Esperamos, tal vez, demasiado del lenguaje, demasiado del gesto plástico. Y siempre regresamos con las manos llenas de otra cosa, de lo que no era, de aquello que nos recuerda que no alcanzamos lo que era. Materia memorística de que siempre perdemos la ruta. El único gusto que, sin embargo, es grande, es, precisamente poder echar mano siempre de esos vestigios, de esa arqueología rumorosa de intentonas, de obras cuyo contorno no es otro que el esfuerzo y el saberse no arribado, inconcluso. Y de nuevo echamos a andar.

Por eso, el arte es el gesto más modesto. Asume como su premisa la inefabilidad y la invisibilidad, siempre asentadas en objetos, en signos que apenas marcan aquello que no era lo que queríamos que brotara de nuestro corpus, de nuestro cuerpo. Palés lo dijo mejor: “sombras de sentido”. Y punto.

Ángel Darío Carrero, Ivelisse Jiménez y Fernando Colón hoy despliegan ante nosotros ese esfuerzo laborioso de la andadura del arte. El lenguaje de los pájaros pone en acto un meticuloso proceso de desfiguración, trabajando en conjunto desde la poesía y desde la plástica para vincular sus impresiones, responderse, acceder a una desasosegada complementaridad: suscitar, precisamente, el lenguaje de los pájaros.

No es nuevo que Carrero, cuyo poemario Perseguido por la luz es el contexto de las obras de Jiménez y Colón, haya dirigido su poesía por la vía mística. Si recordamos ese “quedéme y olvidéme” de San Juan de la Cruz, ya estaba aceptada esa desfiguración sin la cual no hay la iluminación, sin la cual no se alcanza la experiencia de rebasar límite. Porque lo místico se resiste a la figuración y acaba recurriendo siempre a las alegorías de la elipsis. Sobre la página blanca, la tartamudez, los espasmos, el síncope del místico insinúan que lo que se quiere decir habita en las cesuras, en los intersticios. El místico es apenas el arqueólogo de la lengua perfecta, de esa lengua natal, prelapsaria—la lengua de Dios—donde reinan la transparencia aérea y la armonía interpenetrante entre dios y su criatura. La página del místico no habla: más bien se ofrece a la mirada escrutadora del intérprete de signos. Y la lengua de Dios se escabulle por esos amplios espacios desnudos de tinta, por los espacios en blanco.

Los artistas plásticos Ivelisse Jiménez y Francisco Colón.

Leer lo blanco, como bien sabía Dante, no es otra que interpretar la luz que clarea a través de los renglones. Leer al místico es atisbar el lenguaje que refulge allá, del otro lado de la tinta, donde la luz descansa de sí misma. El poema no es otra cosa que la orla que enmarca ese excedente de sentido que no se pudo decir, que no se pudo atrapar. Siempre queda todo por decir. El poema es trampantojo, el inverso elocuente de esa lengua perfecta, su sombra. La página blanca está preñada siempre de lo indecible, resistiéndose su luz a lo que Bécquer llamaba con desdén “el cerco de hierro de las palabras”.

Sin duda, y lo repito, hay una inmodestia inmanente en el hacer del blanco de la página la huella visible de la mudez. Como el blanco, la mudez es auroral. Es lo que se asoma, lo inédito y lo ineditable. Estas palabras que se dispersan sobre la página asumen el blanco como su elemento. Son su atmósfera fulgente, su medio de alzarse en huida hacia una perfección de la cual, quizás no regresarán. Estas palabras en alzada son lo que está a punto de decirse, lo que prefigura la figura. Así es el lenguaje de los pájaros: una fuga de sentido, es “lo que se alza y huye y tal vez nunca regresa”. La pregunta que se me ocurre es cruel: ¿Por dónde, en la escritura, se revela la escritura revelada? ¿Por dónde, en el lienzo, se alzan las visiones? La contemplación, ¿qué contempla?

Rasgo definitorio de la poesía de Carrero es su asumirse como nuevo rumor en viejas selvas de palabras. Casi todos los poemas llevan citas de escritores anteriores, citas que con frecuencia anclan el poema, y que con frecuencia también se ven desfiguradas, abolidas por Carrero para alzarse en otra dirección. Carrero lo sabe: asumir la poesía es saberse parte de una carrera de relevo en esa búsqueda de la lengua de Dios. Gracias a la equivocación, a la falta de sutileza o a la imprecisión de los poetas anteriores, vamos enfilando la ruta y afilando el lápiz. Nos consuela pensar que todo fracaso anterior nos acerca a la meta. Y al igual que Carrero se alza desde las cenizas de Holderlin, de Wittgenstein, de Miguel Angel, de Valéry y de tantos otros, Jiménez y Colón también se han lanzado al ruedo, a la competencia de los pájaros a ver si ellos también se alzan sobre los textos de Perseguido por la luz. Por eso, la riqueza extravagante de este soneo acordado, al decir de Gonzalo de Berceo, de este cacareo que es la exposición que se ha titulado El lenguaje de los pájaros.

Los trabajos de Fernando Colón se sitúan entre figura y fondo. No sabemos si el plano pictórico presenta un fondo ondulante abrumado por una figura envolvente que lo comprime, que lo reduce a un trazo que apenas puede crear una fina embocadora. O si acaso el fondo sea ese enorme plano de color surcado por el trazo redundante, interminable, de la serpiente que se muerde su propia cola y signa la eternidad. Caminos infinitos o tersas superficies maculadas por un trazo. Letras de un lenguaje in statu nascendi, signos cuyo código se ha perdido. Lengua vieja de la que sólo queda el gesto y no el sentido. Las obras de Colón desfiguran las cómodas y consoladoras oposiciones entre la abstracción y el mimetismo, entre el garabato y la letra, entre el fondo y la figura. La constante del trazo que se envuelve y regresa sobre sí mismo, recortándose sobre un fondo de color plano que en general le destaca y contradice, nos tienta a seguirlo en sus convulsas rutas repetidas. El recorrido es la figura, o quizás el desgaste del fondo hacia el fuera. El esteroscopismo que crea el choque de color en algunas de las obras de Colón nos invita a reconsiderar el orden de la lectura, a confundir lo de adelante con lo de atrás. El vaivén marea, como marejadas parecen algunas de las formas recortadas o trazadas o desgastadas sobre el lienzo. Como Carrero, Colón se sabe arqueólogo de la forma, y no hace más que volar sobre el vórtice abierto en la figura misma. El contorno duro y angular del bastidor, tan ajeno a la sinuosidad del brochazo, propone un espacio de encierro de lo que ya estaba encerrado.

Las estratas transparentes de Ivelisse Jiménez trabajan la transparencia mística del poema como palimpsesto de luz, como acumulación de espacios que la luz recorre con la poca interrupción de manchas de color. Ver a través, o no poder ver a través es el drama de estas obras. Piel sobre piel, película sobre película, las piezas de la pieza avanzan hacia el espectador. El sentido de profundidad, la tridimensionalidad de la composición, proponen también esa arqueología del sentido primero, para recordarnos que la obra no es más que esa acumulación de marcas sobre la piel sucesiva de un esfuerzo por hacer la obra misma. ¿Estará la obra acabada? ¿Qué permutabilidades pueden aún sobrevenir a esta superficie que espera convertirse en fondo un día? ¿Cuándo estará terminada la obra? ¿Cuándo le tocará al espectador hacer su parte? ¿A qué profundidad de pieles sucesivas empezaremos a perder la luz, cuándo se nos perderá aquella primera tabula rasa, que es ahora tabula in naufragio? Cada obra de Jiménez, en su laboriosa reconfiguración, se va desfigurando en su simultaneidad de edades y de estadios, de planos y texturas. El lienzo deviene palimpsesto y lo único que puede hacer es decirse todo totalmente, aturullarse detrás de su exceso.

La página blanca es transparencia y obstáculo. Esperanza de un ver y un decir totales, o amargura de no poder añadir nuestro trazo en vuelo alzado a lo ya dicho y hecho visible por la mano. Acaso la nostalgia de la figura, la nostalgia de la totalidad, sea condición necesaria para este nervioso asedio de estos tres artistas al gesto del arte, que no es otro, como ya dije, que la intentona feliz, la paradoja nuestra de cada día. La materia siempre gana la batalla, y no podemos más que seguir alzando vuelo sobre ella. Siempre.

febrero de 2008

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