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cultura, generación literaria, Lilliana Ramos Collado, literatura puertorriqueña contemporánea, promociones culturales, realidad social
por Lilliana Ramos Collado
El espacio que ocupamos nos define… y nos delata. Nos define y definimos el espacio que abandonamos. También, el que usurpamos. Ocupamos, abandonamos y usurpamos espacios de espacios. La “cultura”, el espacio más abarcador, aún pelea por establecer su existencia inclusiva, tratándose como se trata del universo que todo lo incluye: nuestra experiencia de la construcción de la realidad social, nuestra experiencia como sujeto, nuestra experiencia vicaria como objeto de un sujeto Otro.
Hablamos de la estrechez de nuestro campo cultural posiblemente porque tenemos una idea muy estrecha de lo que es cultura. Todavía la ponemos a pelear con las ciencias naturales o sociales y, al crear fronteras que excusan el antagonismo, parcelamos la cultura, la reducimos a parienta pobre de las ramas del “verdadero” saber: una pobre parienta bufonesca y decorativa de las ciencias. Y ¿hasta dónde podemos defender lo que de facto y de iure despreciamos, ese cuerpo roto y disgregado de la “cultura”… como si de ella se pudiera uno escapar hacia la química, la etnografía o las artes militares?
Digamos un simplismo: la cultura es el sistema general de organización de saberes y valores, registro de prioridades, las líneas de demarcación con las cuales una comunidad estratifica su quehacer, aprovecha y expone el pasado para validarse como culminación de una genealogía y establecer, mediante extrapolación, su profecía. El privilegiar las ciencias por sobre las humanidades, por ejemplo, es parte de una “cultura” que se define a sí misma por su desprecio de todas las actividades humanas que rehúyen definición nítida de su objeto de estudio. Muchos supuestos humanistas, recostados cómodamente de esa dicotomía entre las “humanidades” y las “ciencias”, piensan que el capricho y el caos son inherentes a sus disciplinas y así le roban a su trabajo “cultural” toda seriedad y consecuencia.
Ocurre, pues, que si ya partimos de una priorización de actividades que arbitrariamente formularon la nomenclatura para llamarle “cultura” sólo a ciertas parcelas del quehacer humano que están en manos de elementos que tienden al caos y a la egolatría, no podemos más que aceptar —con amargas, aunque cultísimas, lágrimas— que nuestro espacio “cultural” sea sumamente estrecho. ¿Y cómo no va a ser estrecho, si hemos renunciado todos a la pradera sin término? Habiendo renunciado voluntariamente al espacio mayor de la cultura (nótese que esta vez va sin comillas), ¿qué espacio reclamamos los humanistas para nuestro quehacer? Porque hay espacios y hay espacios.
Todos los espacios son susceptibles de cambiar su status de privilegio y todos son iguales, aunque unos sean más imaginarios que otros. Se me ocurre uno singularmente equívoco y falsificador: el espacio que llamamos generación literaria. La ausencia de una imagen clara de cuál es el alcance de la productividad cultural nos hace caer en la cómoda coartada de la periodización de la “cultura” (la estrecha y pequeña que debo marcar con comillas), como ya dije, de las llamadas generaciones. ¿Y qué son las “generaciones literarias”? Primero que nada, son la especialización de un tiempo, la eternización sincrónica de una tajada de historia. De ahí que se hable de las generaciones sucesivas como si pudiéramos estudiar la cultura haciendo un corte transversal para observar, con la mirada del arqueólogo, sus capas geológicas. En suma, una “generación literaria” se define por su capa específica en la cubierta “cultural” planetaria, y así, inevitable y geológicamente, una “generación literaria” está abocada a enterrar a la “generación literaria” anterior. Como puede observarse, no hay mucha diferencia entre la geología y Sigmund Freud.
Pero, ¿en qué momento preciso muere una “generación literaria” aplastada por la próxima? Tal vez sea por eso que cuando estudiamos la Generación del ’30 (llamada “del tránsito y trauma”), nos parezca que exhumamos huesos de un asentamiento indígena. De la llamada Generación del ’60, ni se diga. La visión de “generación literaria” como estrato geológico nos presenta los diferentes momentos de la historia literaria como cosas muertas, aisladas en su propia capa de tierra, cada una “en su polvo”. Para nosotros, parece ser que nuestra “cultura” pasada no es algo vivo, como si no existieran flujos de continuidad. Todo queda oculto bajo la pesada capa de basura geológica.
Por este imaginario geológico que configura lo que para nosotros es la “cultura”, quizás pensemos que cada “generación literaria” debe tratar de sobrevivir no cediendo a la próxima “generación literaria” ni un ápice de su precaria superficie terrena. Esta mañana [el presente ensayo fue leído en 1996 en Aguadilla; ver la nota al final] tuvimos esa experiencia cuando Carmelo Rodríguez Torres, exaltado y virulento, al defender a la Generación del ’60, le negó la existencia a toda “generación literaria” futura: ¡es como haber estado fuera del tiempo durante 30 años! Francamente, quedé muy impresionada con el empeño con el cual esa Generación del ’60 ha pretendido y pretende sobrevivir como LA “generación literaria final y definitiva” en Puerto Rico.
¿Y cuál es el mecanismo de preferencia para mantener la “generación literaria” postmortem? Pues… es sencillo: uno se aferra a las formas que estableció en su juventud, propone su ideario como dogma que define lo que es “literatura” (me refiero a la literatura empobrecida y pequeña, que debe ir entre comillas) y establece su grupo de escritores como los legítimos representantes de la “cultura” del país. De ahí el que mucha de la producción de nuestras “generaciones literarias” comience siendo poesía joven y, con el andar de demasiados años, sea sencillamente poesía inmadura, truncada en su desarrollo. Somos acaso la isla de los jóvenes literatos eternos.
La llamada “Generación del ‘60” parece creerlo así. No solamente dejaron de crear, sino que dejaron de leer. Madurar parece ser, en esta “cultura” estrecha de la “Generación del ‘60”, alejarse de la “verdad” descubierta en la infancia, traicionar el origen. De ahí que, al perder la vigencia, dicha “generación literaria”, a los que vinimos inmediatamente después, nos fuera tan fácil enterrarla. Agarrase a las formas y a los manifiestos como tablas en el naufragio, negarse a crecer, renunciar a la vigencia de la producción, es, en última instancia, salirse del tiempo. Cosa terrible pues, si hay algo efímero en la sociedad es el estado político… Aquí hay, sin duda, una contradicción interesante.
Las generaciones se entierran ellas solas. Nadie tiene que venir a ayudarlas. Naturalmente, cuando una “generación literaria” se encierra en su propia doctrina, excluye a la próxima “generación”. Al erigirse como eternamente joven y nueva, niega necesariamente que exista otra gente que vendrá después, que serán precisamente más jóvenes y más nuevos. Para la nueva “generación literaria”, la vieja “generación literaria” suele aparecer como una vieja ridícula que actúa, se maquilla y se viste como una monstruosa jovencita. La desproporción absoluta, y la absoluta falta de decoro en la altura del ruedo y el descote en el pecho, nos empuja hacia la risa.
Cada “generación literaria” sucumbe por la hipertrofia de su propia caricatura. Hay un elemento que necesariamente acompaña a esa ceguera, a estos empecinamientos “generacionales”: la ausencia de crítica en el seno de muchas de estas “generaciones literarias”. Quizás por la inmadurez programática misma de estas “generaciones literarias” sea que los críticos han sido por lo general excluidos. En nuestra isla, la crítica, con muy pocas y honrosas excepciones como Juan Martínez Capó y Juan Antonio Corretjer, es género universitario aséptico dedicado con preferencia a las letras de otras tierras, ya canonizadas simplemente por ser “otras”. No es hasta la década de 1970 que surge entre la supuesta “”generación literaria de esos años, la crítica como actividad asidua y envolvente, como un género literario vivo, cultivado sistemáticamente por el grueso de una promoción que se dedicó primordialmente a la poesía.
Bien pudiera argumentarse que la mía, la “promoción del ‘70” (“promoción” es un término más modesto, menos atrincherado en una específica tajada de historia, pero igual lo pongo entre comillas), se hizo espacio a la cañona, después de que se nos acusara repetidamente de falta de patriotismo y compromiso político-social. Recordemos que para la “generación literaria” anterior, la del ’60, el compromiso era un enunciado que se profería según códigos muy específicos y mágicas fórmulas políticas. Este rechazo que sufrimos, más el hecho de que se trató en general de un grupo que buscó su lugar en la academia, nos motivó a asumir el deber de evaluar, de leer, de buscar los hilos comunicantes que conforman eso que pudiera llamarse “literatura puertorriqueña” y que necesariamente rebasaría las mezquinas parcelas dogmatizadas que solemos llamar “generaciones literarias”.
Muchos de los escritores llamados “del ‘70” mostraron una generosidad esplendente: Joserramón Melendes y otros como él dedicaron su tiempo a crear editoriales, antologías extra- e inter-generacionales, ediciones cuidadas de nuestros autores “clásicos”, a crear una masiva biblioteca de “autores puertorriqueños” fueran o no amiguitos nuestros. Siguió Áurea María Sotomayor, cuyo ingenioso Hilo de Aracne se presenta hoy en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico [en 1996]. Para los que nos agrupamos durante la década de 1970 —si es que puede hablarse de un grupo tal— el ejercicio de la crítica y la constante renovación de la producción literaria lo han mantenido vivo, vigente, pertinente. No puede hablarse de la producción de 1970 como la que surgió de una “generación literaria”, sino como una producción que se dio durante ciertas fechas y que no ha terminado de producir.
Al leer las producción de Rosario Ferré, Olga Nolla, Iván Silén, Edgardo Rodríguez Juliá, Joserramón Melendes, Yvonne Ochart, Áurea María Sotomayor, Jorge Morales Santo Domingo, José Luis Vega, Etnairis Rivera, Vanessa Droz, Manuel Ramos Otero, entre otros, circulada desde la década de 1970, catamos obras que siguen madurando, obras que han aumentado su radio de acción, que han asumido nuevas formas, que han promovido el cambio, que se han apropiado nuevas tecnologías literarias, que han apechado con otros temas y ampliado el diorama substantivo de nuestras letras. Nadie de entre los que consolidamos o comenzamos la tarea de la literatura en la década de 1970 ha tenido que matar su voz o enterrarla entre los pañales infantiles, como sí lo hicieron tantos escritores de la “Generación del ‘60”. De hecho, a las voces del 1970 se han unido las que despuntaron en 1980, y las que se alzaron en 1990, y en el 2000, y las más recientes voces voraces de la década aún naciente, del 2010. Pienso en Rafael Acevedo, Mayra Santos, Noel Luna, Aixa Ardín Pauneto, David Caleb Acevedo, Yolanda Arroyo Pizarro, Karen Sevilla, entre tantísimos otros que convivimos en extraña mezcolanza y en constante revuelo relacional.
La poesía de la “promoción del ‘70” se ha mantenido en cartelera porque nunca fue la “poesía del ’70”, sino la poesía de los ’80, los ’90, los 2000 y los ‘2010. Está claro que nosotros queremos llegar a viejos, y esto se ve en la constante renovación de la obra de gente como Joserramón Melendes, Néstor Barreto, Esteban Valdés, Nemir Matos, Lilliana Ramos Collado, todos del ’70; Rafa Acevedo, Mayra Santos, Juan Carlos Quiñones, del ’80; Aixa Ardín, Noel Luna, del ’90; y Yolanda Arroyo Pizarro, Zuleika Pagán, Xavier Valcárcel y tantos otros de los de los 2000 o más, que convivimos lo más campantes. Esa compuerta hacia la convivencia a-generacional la abrió ese grupo que se lanzó a hacer algo diferente durante la década de 1970. De ahí que las revistas de la época todavía contengan material útil: Zona de Carga y Descarga, Ventana, Alicia la Roja, Penélope, Reintegro de las Artes y la Cultura, Postdata, Nómada, Bordes, Filos… veo una clara correspondencia en la apertura que define estos ejercicios de colectivismo arriesgado: nacen y mueren sin pataleo, muy distinto a la aparentemente inmortal y siempre mortalmente obsoleta Guajana.
Sólo hubo un momento de resentimiento generacional, y fue a mediados de la década de 1990. Negando por un tiempo toda relación con las escritores anteriores, algunos escritores de los ’90 se quejaron de que no les dejábamos nuestro espacio, de que no queríamos crear las editoriales para publicar sus libros y de que no queríamos escribir la crítica sobre ellos. Esa pequeña promoción intermedia, producto de la gratificación instantánea de MTV y del consumo masivo, no quiso, por un tiempo, tomarse la molestia de enterrarnos poniéndonos sus obras encima. Debíamos, como ballenas viejas, ir a suicidarnos a las playas del olvido. Si la similitud estructural entre los reclamos de estos escritores del ’90 con los del ’60 auguraba un mal final, lo cierto es que, andando el tiempo y bastante pronto, los escritores del ’90 también se disolvieron en la cultura mayor de las letras puertorriqueñas cuyas señas van más allá del mero año de publicación del primer libro de cada cual.
A estas alturas, la lección está clara: en la lucha caníbal y depredadora que caracteriza la pequeña “cultura” que divide su historia en “generaciones literarias”, el gesto de usurpar, con carácter de exclusividad, el espacio lineal que es el tiempo lineal, empobrece la cultura. ¿Quién acaba quedándose con la parte del león? ¿El que fluye, el que está constantemente evitando caer en autoengaños, el móvil, el autocrítico…? ¿O el inmóvil, el crédulo, el suspicaz, el acrítico? Según esta lección, las capillas están abocadas morir porque, ¡para qué perder el tiempo construyendo castillos de arena junto al bravío y traicionero mar de la historia! Al igual que todas esas utopías del pasado, la “generación literaria” como eterna juventud eterizada en el presente, no hace más que abolir todo futuro.
La “generación literaria” de 1960, como solía ocurrir, inventó a sus precursores y sacó del pasado a Hugo Margenat, pero no a José María Lima. Las razones me parecen obvias. Lima tuvo que esperar por el espacio plural de la década de 1970 para hacerse escuchar. Ángela María Dávila, que mucha gente gustaba de chiquitear llamándole “Angelita”, sufrió similar suerte. No fue hasta que los feminismos obligaron a los próceres de 1960 a incluir mujeres, que ellos finalmente dieron espacio a Dávila. La pregunta huelga, pero ahí va. ¿A qué “generación literaria” pertenecen Luis Palés Matos, Julia de Burgos, Juan Antonio Corretjer, J. I. de Diego Padró, Manuel Ramos Otero, Ana Lydia Vega y José Liboy? El caso de Corretjer me parece interesante: habiéndose dedicado febrilmente a multitud de actividades políticas y culturales, su obra cruzó las “generaciones” y los “movimientos” sin entregarse a capilla alguna. Vale notar que , a pesar de la admiración que le tenían los del ’60, fueron los del ’70 los que se ocuparon de recoger, anotar y publicar su obra: José Luis Vega y Joserramón Meléndez.
Me pregunto yo, ¿es todavía útil el concepto de “generación literaria”? ¿Es válido recurso de periodización? ¿Nos ayuda a comprender nuestra cultura (sin comillas)? ¿Es algo fijo, delimitable, o la falsificación acomodaticia del grupito que más grita? ¿Por qué no someter el concepto de “generación literaria” a un proceso de análisis crítico y, de paso, reescribir en una nueva clave la historia de la literatura puertorriqueña? Si ese concepto viabiliza aún hoy la usurpación de espacios y la existencia agresiva de entes de ficción que actúan como prisiones y mecanismos de exclusión para victimizar todo aquello que no caiga en sus dogmas, pues, ¡abajo con la idea de “generación literaria”! Porque aquellas que así se proclaman están, desde ya y desde siempre, bien muertitas.
[La primera versión de este ensayo fue leída en el Primer Congreso en Torno a las Fronteras Generacionales y el Contenido del Discurso, Aguadilla, Puerto Rico, 19, 20 y 21 de marzo de 1996. La ponencia fue publicada en el tomo conmemorativo de Carmen Cazurro García y Mario R. Cancel Sepúlveda, Enfoques generacionales / Rumbos postmodernos. Aguadilla, 1997, pp. 105-111.]



















Este articulo mio del 2009( sobre la obra de Nemir) decia ya lo que tu descubres. Mi articulo sobre Soto en 80 grados(2011) decia lo mismo. Mi estudio de la obra de Josefina Alvarez ya decia lo mismo en los anyos 80. Mi estudio de Corretjer en el homenaje de los 80 en Boston decia lo mismo. Hello, Liliana….Tu lees la critica literaia de los sexiliados?
Estimada colega, noto en su argumento una incomprensión fundamental de mi artículo sobre la generación literaria, cuya versión original fue una conferencia ofrecida en Aguadilla en 1996 que se publicó, según aclaré en la nota al pie, en 1997. Como usted comprenderá si lo lee de nuevo con sosiego, se trata de un testimonio personal de lo que me ocurrió a mí en mis relaciones con miembros de la llamada Generación del ’60, y luego con mis amigos en tiempo y en espacio desde 1970 en adelante. Mis conclusiones sobre el concepto “generación literaria” vienen de mi experiencia vital y viva, y no de la lectura de libros o de comentarios de terceros. Me resulta difícil comprender cómo puede ser que algo que me ocurrió a mí pudiera haber sido ya escrito o comentado por usted antes de que me ocurriera, o que pudiera usted haberlo escrito antes de que yo lo hubera testimoniado por escrito luego de que me ocurriera. Francamente, lo que usted plantea no tiene sentido.
Mucho antes de que usted escribiera sobre el issue de la generación literaria, esta cuestión ya estaba implícita de facto en las publicaciones de Joserramón “Ché” Melendes realizadas a principios de la década de 1970: “Puño de Poesía”, y los primeros trabajos de lo que luego se convertiría en “Poesíaoi: Antología de la sospecha”. Precisamente porque Ché Melendes no creía en las generaciones literarias incluyó entre los primeros títulos de su editorial qeAse los libros “Fuera de trabajo”, de Esteban Valdés, y “Animal Fiero y tierno”, de Angela María Dávila, ambos escritores que debieron haber sido contados entre las filas de los del ’60… pero que fueron omitidos por sus propios coetáneos. Claro, desconozco si usted alguna vez ha tenido en mano el valioso trabajo de Ché Melendes.
Del mismo modo, Ché se dedicó a publicar la obra crítica de Juan Antonio Correjter (“Laurel negro”) y uno de sus poemarios fundamentales en edición crítica y anotada (“Yerbabruja)”, y a dictar conferencias sobre él desde muy temprano en los ‘80s, actuando por convicción propia sobre la urgente necesidad de establecer una biblioteca seria de nuestros “clásicos”. Por eso, también preparó un espléndido tomo con los primeros libros poéticos de Francisco Matos Paoli, con múltiples notas filológicas. Esta cuestión de la generación literaria fue un concepto que, entre mis amigos de los ‘70s, nos dedicamos a destruir como acto cotidiano y necesario, y porque estábamos en la isla apechando con las guerras literarias a comienzos de la década de 1970. Claro, mientras otros se expatriaban por diversas razones, la mayoría de nosotros se “empatrió”, pues entendimos que alguien se tenía que quedar en Puerto Rico a dar cara y, sobre todo, a dar la batalla por nuestras letras. Aurea María Sotomayor y Vanessa Droz también escribieron sobre Corretjer y sobre José Luis González, por ejemplo, y sobre exiliados como Manuel Ramos Otero y, más tarde, Nemir Matos. De hecho, Áurea incluyó un excelente ensayo sobre Nemir en su libro de 1987, “De lengua, razón y cuerpo”, mucho antes de que usted se interesara en el trabajo de Nemir. Claro, no sé si usted ha tenido en mano el valioso y pionero trabajo de Áurea María Sotomayor publicado en 1987, referencia obligada para mí y todo el que esté interesado en el tema de las “generaciones literarias” en Puerto Rico, sea expatriado o no.
En suma, si usted escribió primero “lo mismo que” yo acerca de la generación literaria, la felicito por su interés en el asunto y por la extravagante coincidencia de que a usted le ocurriera lo mismo que a mí con Vicente Rodríguez Nietzsche y con José Manuel Torres Santiago, los cabecillas de la Generación del ’60. Aunque quizás eso no pudo haber sido posible. Entiendo que durante esa década crucial de 1970, usted ya no estaba en Puerto Rico pues se había “(s)exiliado”…
Soy una persona generosa con mi espacio, pero no he creado un blog para competir con nadie o desde donde maltratar a mis lectores o desde donde mis lectores me maltraten. Usted me ha enviado ya tres comentarios y he decidido publicar sólo este, pues los demás redundan sobre lo dicho o están dirigidos a otras personas: le sugiero que los envíe directamente a quienes les conciernen, pues mi blog no es un muro de Facebook, sino un proyecto intelectual dedicado a la cultura, y no a las personas “en su persona personal”.
“Bodegón con Teclado” es mi mesa, y apreciaré que todo el que venga a comer o a tomar café conmigo respete las buenas maneras y demuestre la debida cordialidad y buena fe. Contesto sólo este comentario suyo para aclarar su confusión en cuanto a mi conferencia de 1996, en cuanto al origen de ese testimonio y en cuanto a su alcance. Quizás sea buena idea que usted publique en su blog esos frutos de su ingenio que usted “escribió primero” que yo, y así podamos apreciarlos en su valía. Después de todo, eso es lo que estoy haciendo aquí: poniendo en manos de los lectores aquel trabajo mío que considero digno de leerse y comentarse porque ya ha sido leído y comentado en su momento de origen.
By the way, no tengo una lista de “(s)exiliados”. No sé si es una categoría útil o indispensable para comprender la literatura puertorriqueña, por ejemplo. Tampoco conozco a nadie más que se anuncie bajo esa categoría porque haya tenido que huir de nuestra isla por persecución “sexual”… De modo que no sé si leo o si he leído a algún otro que se reconozca a sí mismo bajo esa etiqueta.
Gracias por este recorrido histórico y un poco disolver o al menos problematizar la definición común de generación literaria. Ha sido muy instructivo y me alegra poder, de forma limitada, presenciar la co-existencia de gente que producen literatura irrespectivamente de la década en que los encerraría una definición rigurosa. Fue interesante también el reconocimiento de la apertura que han tenido algunxs a la constante renovación. He aprendido un montón.
Pienso, Yoryie, que son ciertos grupos los que se autoproclaman como “la generación literaria” de su momento, y así invisibilizan a todos sus otros coetáneos. Creo que, desde la década de 1970, en Puerto Rico no ha habido más generaciones literarias. Gracias por leer!!!!!!!!!!!!!